No se supo quién se acercó primero. Sí, fueron sus pasos o los de él. O los dos al mismo tiempo, o si, en realidad, nunca dejaron de estar demasiado cerca. Ethan la miraba como si intentara memorizarla. Como si no supiera si debía besarla o pedirle perdón. Pero al final no dijo nada. Solo acortó la distancia con esa forma suya de moverse: seguro por fuera, temblando por dentro. Cuando sus manos tocaron su cintura, Lía no retrocedió. Tampoco lo empujó. Había aprendido que con Ethan las peleas terminaban siempre igual: quemándose por dentro. Así que dejó que la rozara. Que sus dedos se deslizaran por su costado, por la tela fina de su blusa, como si buscara asegurarse de que estaba ahí, que era real. El primer roce de sus labios no fue una invasión. Fue una pregunta. Una tregua muda en m

