Ethan se acercó a ellos, su rostro era de evidente preocupación. —Nos vamos —no fue una pregunta, sino una afirmación. Ella asintió, sin pronunciar palabra. El aire del pasillo parecía haberse vuelto demasiado denso para respirar. Lía sentía que, en cualquier momento, sus piernas iban a fallarle. Quiso sostenerse de la máquina expendedora, pero sus dedos apenas respondían. Ethan avanzó un par de pasos hacia ella. —¿Estás bien? —preguntó, con la voz grave, intentando sonar sereno. Lía levantó la vista apenas un segundo y volvió a bajarla de inmediato. No podía permitir que él leyera en sus ojos lo que acababa de escuchar. El corazón le martilleaba tan fuerte que temía que su secreto quedara al descubierto solo por el temblor de sus manos. —Sí, claro. —Forzó una sonrisa mientras le en

