Lía no dejaba de dar vueltas en el despacho, como un animal acorralado, apenas cortó la llamada. Sus manos se apretaron a un lado de su cuerpo, su respiración era irregular, interrumpida por sollozos que no terminaban de salir. —Tengo que ir —dijo al fin, deteniéndose de golpe frente a Ethan—. ¡Tengo que ir por mi papá! La voz le salió rota, pero firme, con la determinación de quien no ve otra salida. Ethan, que se mantenía de pie junto al escritorio con el teléfono aún en la mano, la miró en silencio. Había visto miedo en muchas personas, lo había olido en sus enemigos, pero en ella era diferente, ese miedo estaba mezclado con amor, con culpa, con esa vulnerabilidad que lo desgarraba por dentro. —Lía —empezó con calma, aunque sus ojos oscuros brillaban de tensión—, no puedes ir sola

