Héctor Jr. se recostó hacia atrás en la silla desvencijada, cruzando las piernas con calma. A su alrededor, la penumbra de aquella casa abandonada olía a humedad, a madera carcomida y a los miedos viejos de quienes habían pasado antes por allí. Le gustaba ese ambiente: le recordaba que, incluso en la ruina, el poder siempre podía construirse. Frente a él, el padre de Lía permaneció con los puños apretados sobre las rodillas, mirando la copa de whisky como si fuera un espejo de sus demonios. La ironía era clara, Héctor no necesitaba ni amenazarlo para verlo temblar. Bastaba con poner el alcohol frente a sus ojos para quebrarlo. —Vamos —dijo, alzando la copa y girando el líquido ámbar bajo la luz amarillenta de una bombilla desnuda—. Una sola no te va a matar. Al contrario, puede devolvert

