Las luces de la ambulancia todavía parpadeaban en el jardín cuando Ethan entró en el hospital, atravesando las puertas automáticas con paso furioso. El olor a desinfectante lo golpeó como una bofetada, pero no se detuvo. No le importaban los protocolos ni los rostros sorprendidos de las enfermeras al verlo irrumpir con el ceño fruncido. Su madre estaba en una camilla, luchando por respirar, y nada más importaba. Los paramédicos lo habían dejado con un nudo en la garganta. “Pérdida de conocimiento, contusiones en la cabeza, signos de lucha en la habitación”. Eso último era lo que lo tenía al borde del colapso. No había sido un simple desmayo, alguien había estado allí. Cuando al fin llegó a la sala de urgencias, la vio. Evelyn, tan frágil como nunca la había visto, con la máscara de oxí

