Rowan no era un hombre que perdiera el tiempo. Apenas colgó la llamada con Ethan, ya estaba de regreso en su oficina, con tres pantallas encendidas y una taza de café olvidada en una esquina. Con el teléfono pegado a la oreja y la otra mano moviéndose sobre el teclado de su portátil. Había trabajado para Ethan Blackwell lo suficiente como para saber que, cuando su jefe pedía algo con ese tono, no había margen de error ni espacio para excusas. Su jefe le había pedido la verdad, y él sabía que eso no significaba pistas, ni sospechas. Significaba pruebas, imágenes, hechos que no pudieran discutirse en ningún tribunal ni ante ninguna prensa. —Conéctame de inmediato con seguridad del complejo vacacional —ordenó a su equipo, sin levantar la vista de la pantalla—. Quiero acceso remoto a todas

