El silencio que siguió al crujido de las ramas era tan espeso que casi podía sentirse en la piel. Ethan permaneció allí, con las manos aún levantadas, mientras Lía trataba de ordenar el caos que hervía dentro de ella. Su respiración era corta, irregular, como si cada inhalación le costara una batalla. Sofía seguía con sus dedos entrelazados con los de su hermana, mientras miraba a Ethan con una expresión esperanzadora y una seriedad extraña que no correspondía a sus años. No necesitó palabras; sus ojos decían todo. “Ya yo hice mi parte, confío en ti para que hagas lo tuyo”. —Sofi, vamos —murmuró Lía, dando un paso hacia atrás, buscando alejarla de esa figura que parecía conjurar demasiados fantasmas. Pero Sofía negó con la cabeza y, con un gesto que sorprendió a ambas partes, soltó l

