El ascensor subía como una bala en cámara lenta. Lía sentía el zumbido del motor como un eco de su furia. Las manos le temblaban, los nudillos blancos de tanto apretar la bolsa con los documentos del hospital. Pero no se detuvo. No parpadeó. No respiró profundo. Solo avanzó, empujada por un incendio que ni la lluvia había logrado apagar.
Cuando las puertas se abrieron en el piso 48, el silencio elegante del corredor no la intimidó. Caminó como un vendaval contenido, cruzando el mármol brillante, ajena a las miradas de las secretarias, y a todo.
Rowan Mercer, el asistente impecable, se levantó de inmediato de su escritorio.
—Señorita Monroe, no puede entrar sin cita, el señor Blackwell está ocupado…
—Pues que se desocupe —gruñó Lía, empujando la puerta sin esperar permiso.
Ethan estaba de pie junto al ventanal, con una copa de whisky en la mano y el traje perfectamente alineado, como si la tensión fuera solo un accesorio. Ni se inmutó. Solo giró la cabeza hacia Rowan.
—Déjala pasar.
La voz fue tranquila, firme, como si la estuviera esperando.
Rowan, sorprendido, se detuvo. Lía cruzó el umbral como un huracán vestido de rabia.
—¿Quién te crees que eres? —disparó, sin preámbulos—. ¿Quién demonios te dio derecho a meterte en mi vida?
Ethan apoyó la copa sobre la mesa con una lentitud irritante. No respondió. La miró como si la estudiara.
—¿Te molesta que tu hermana esté viva? ¿Qué tenga una oportunidad de recuperarse?
La frase cayó como dinamita. Lía parpadeó, atónita. Luego apretó los puños con tanta fuerza que sus uñas se clavaron en las palmas.
—¡No te atrevas! Esto no tiene que ver con Sofía. Esto tiene que ver contigo... ¡Y tu manera de meterte en mi vida! ¿Quién, carajos, te dio el derecho de hacer eso? ¡Yo no necesito limosna!
Ethan avanzó un paso. No alzó la voz. No se defendió.
—¿Estás enfadada porque ayudé a tu hermana sin pedir permiso? ¿O porque ahora no sabes cómo verme?
—Estoy enfadada porque no soy una maldita causa de caridad —escupió ella—. No quiero deberte nada. Nada.
Ethan entrecerró los ojos. El silencio que siguió no fue cómodo. Fue denso, casi físico.
—No lo hice por ti, Lía.
Eso la detuvo por una fracción de segundo.
—Lo hice por ella —continuó él, sin apartar la mirada—. Pero si te molesta tanto… si tu orgullo vale más que su salud, puedo llamar al hospital y cancelar la donación.
Lía lo miró como si acabara de abofetearla. Su expresión se quebró por una milésima de segundo, pero enseguida volvió la máscara de acero.
—¿Crees que puedes comprar a la gente con una transferencia?
Él ladeó la cabeza, como si observara una obra de arte que aún no terminaba de entender.
—Si tanto te molesta, ¡págame! —preguntó con la calma más irritante del universo—. Puedes ser… mi dama de compañía.
Lía lo miró como si acabara de insultar a su madre.
—¿Estás loco? ¿Me estás proponiendo que me acueste contigo?
Ethan entrecerró los ojos, divertido.
—¿Yo te hice esa oferta? Porque no recuerdo haber mencionado sexo. Pero si lo estás pensando, no tengo problema en complacerte.
—¡Eres un cabrón! —escupió ella, roja de furia, de vergüenza, de algo más que no supo nombrar.
Él sonrió, fue apenas una línea torcida en sus labios, pero dolió como si la acariciara con fuego.
—Tú también me importas más de lo que debería. Ese es el verdadero problema, ¿no?
El aire pareció congelarse entre ellos. La tensión era tan densa que si alguien abría la puerta, seguro quedaba noqueado.
Lía apretó los puños. Dio un paso atrás.
—No vuelvas a meterte en mi vida. No soy tu responsabilidad. No soy tu maldito experimento.
Se giró y salió sin esperar respuesta. Cerró la puerta como quien lanza una granada.
Ethan se quedó en silencio. Rowan no dijo nada desde su escritorio, pero lo miró al pasar.
—¿Desea que llame seguridad la próxima vez? —preguntó, solo por protocolo.
Ethan negó con la cabeza, mientras se servía otro trago.
—No, Rowan. Quiero que siga entrando.
Y bebió. Porque Lía Monroe le había dejado claro que el juego había empezado. Solo que las reglas… aún estaban por escribirse.
*****
Lía salió del edificio como si le quemaran los pies. Caminaba sin ver, sin sentir. Solo quería que el aire frío le apagara la rabia. Pero no lo hizo.
Las palabras de Ethan seguían rebotando dentro de su cráneo.
“Si tanto te molesta, ¡págame!
“Quizá el problema no es mío.” “Me importas más de lo que debería.”
¿Quién se creía que era? ¿El dios del Olimpo disfrazado de magnate con trajes de miles de dólares y alma de hielo?
Tomó el metro sin mirar la dirección. Bajó en la estación equivocada. Tuvo que caminar ocho cuadras bajo la lluvia que había empezado a caer. Y solo cuando el cansancio le ganó a la furia, se encontró frente a la entrada del hospital St. Joseph.
No recordaba haberlo decidido. No recordaba haberlo planeado. Solo… estaba ahí.
Y tenía que verla.
Subió hasta la habitación 407-B con el cuerpo empapado, el alma hecha jirones y el orgullo revolcado en el suelo.
—¿Lía? —preguntó Sofía, desde la cama, con la voz suave.
Estaba despierta, con un libro entre las manos. La enfermera le acariciaba el cabello.
Lía forzó una sonrisa y se acercó.
—Hola, ratoncita —murmuró, sentándose a su lado.
Sofía la miró con esos ojos grandes, siempre demasiado sabios para su edad.
—¿Por qué estás mojada? ¿Te caíste en un charco?
—Más o menos —dijo, sin ganas de mentir ni de explicar, llevaba una ropa en el bolso y se cambió.
La enfermera les dejó un momento a solas. Lía le quitó el libro a su hermana con delicadeza, le arregló el suero, la peinó con los dedos. Todo en automático.
—Hoy vinieron muchos doctores —contó la niña, bajito—. Dijeron que iban a cambiar mi tratamiento, por uno mejor, más costoso y efectivo. Y que quizás… quizás podría entrar en la lista de trasplante antes. Dijeron que fue gracias a alguien que donó mucho dinero.
Lía tragó saliva.
Sintió el golpe seco en el estómago.
—¿Y tú qué piensas de eso?
Sofía encogió los hombros.
—No sé. Pero… cómo me siento mejor, está bien, ¿no? Aunque me gustaría tener a esa persona al frente para agradecerle… es un ángel.
Lía le acarició la frente. Sintió las lágrimas arderle detrás de los ojos. Se sintió culpable y entonces, se rompió.
Fue un quiebre suave y silencioso. Se recostó al lado de su hermana, abrazándola con cuidado, como si ese cuerpecito frágil pudiera absorber todos sus miedos.
—Perdóname, Sofía —susurró, apretando los dientes para no llorar en voz alta—. Perdóname por ser tan torpe, por no saber qué hacer, por enojarme, incluso cuando alguien nos ayuda. Y no te preocupes, yo le agradeceré por ti.
—¿Estás llorando?
—Un poco —admitió, y la niña la abrazó más fuerte, como si eso pudiera protegerla de lo que dolía afuera.
No dijo el nombre de Ethan. Ni lo iba a decir. No delante de ella. Pero dentro de su pecho, la rabia se mezclaba con la gratitud, en una mezcla tóxica, confusa y peligrosa.
¿Cómo se supone que debía odiarlo si había hecho lo que nadie más había hecho por ellas?
¿Y cómo se suponía que debía perdonarlo si la había hecho sentir… comprada?
Se quedó allí largo rato, escuchando el corazón de su hermana. Solo cuando la respiración de Sofía se volvió pausada, se levantó.
Salió de la habitación sin mirar atrás.
Y por primera vez, no sabía si quería volver a verlo… o si solo deseaba que él la mirara y viera a la mujer, no al problema que había resuelto.
****
Cuando Lía llegó en su horario habitual, iba vestida con su uniforme impecable, el cabello atado y el rostro perfectamente neutral. Parecía cualquier otra empleada, de esas que pasan desapercibidas entre los pasillos de acero y vidrio. Pero por dentro, todo era distinto. Su corazón aún llevaba el zumbido de la furia, la incomodidad de la deuda y esa frase maldita clavada entre las costillas.
"Tú también me importas más de lo que debería".
No sabía qué le dolía más. Sí, la arrogancia con la que la había desafiado o la forma en que su voz se le había quedado grabada bajo la piel.
Tomó el ascensor sin saludar a nadie. Tenía que enfocarse, trabajar y sobrevivir al día. Nada más.
Cuando las puertas se abrieron en el piso 31, ella no supo cómo, pero Ethan Blackwell estaba allí.
Él estaba en una sala, rodeado de ejecutivos que hablaban de cifras y estrategias. Pero su mirada no estaba en ellos, si no en ella que había entrado.
En Lía Monroe, con el ceño ligeramente fruncido, los hombros tensos, el paso firme. Se movía como si no quisiera ser vista, pero él no podía evitar verla. Cada movimiento suyo le generaba una punzada incómoda… algo que se parecía demasiado a la ansiedad.
Rowan, que estaba a su lado, le murmuró algo que él ni siquiera escuchó, porque sus ojos seguían fijos en ella.
Hasta que ella giró la cabeza… y sus miradas se cruzaron.
Fue apenas un segundo. Un destello. Pero bastó.
Lía lo miró como si no hubiera pasado nada. Como si no lo recordara. Como si no se le hubiera roto el alma en su oficina el día anterior.
Pero sus ojos… sus ojos tenían fuego.
Y Ethan lo sintió. Como un golpe al pecho.
Ella desvió la mirada. Entró a un despacho auxiliar. Y desapareció.
Rowan volvió a hablarle. Ethan no escuchó.
El mundo entero se calló por un instante.
Hasta que una palabra lo sacó del trance.
—¿Señor Blackwell? —era la voz de uno de sus ejecutivos.
Ethan parpadeó. Se acomodó la corbata, su mente ya no estaba allí. Estaba pensando en cómo alguien podía mirarlo así… y hacerlo temblar sin tocarlo.
—Lo siento, pero continuamos luego, tengo algo que hacer.
Mientras tanto, en el interior del despacho, Lía apoyaba las manos sobre el escritorio vacío, con la respiración agitada.
Sabía que la había visto. Sabía que él también había sentido algo.
Y por eso, juró que no le daría el gusto de verla rendirse.
Pero justo en ese momento, la puerta del despacho se abrió con un golpe. Apareció Ethan, sin mediar palabra, la tomó por la nuca y la besó.