La luz de la mañana se filtraba entre las cortinas con una suavidad casi indecente. El reloj en la mesita apenas marcaba las ocho cuando Lía abrió los ojos y lo primero que vio fue el rostro de Ethan, dormido a su lado. No era la primera vez que lo veía así de cerca, pero sí la primera en la que podía detenerse a observarlo sin rabia, sin reproches, sin miedo de que al despertar él se desvaneciera como un espejismo. Ethan tenía el ceño relajado, como si todas las guerras internas que llevaba tatuadas en el rostro hubieran decidido darle tregua. Lía se descubrió repasando el contorno de su mandíbula con la mirada, el leve crecimiento de la barba, las pestañas que se curvaban oscuras contra la piel clara. Un calor inexplicable le subió por el pecho: esa era la cara de un hombre que había

