5.¿Quién diablos es él?

1559 Words
Gabriel Lancaster Al día siguiente sabía que todos se reunirían por lo que fui uno de los primeros en llegar a casa de Eva, movido únicamente por el deseo de verla a ella. Me aferraba, por más ingenuo que pareciera, a la esperanza de contemplarla,aunque fuera a la distancia, de dejarme envolver por su sonrisa, aunque ésta no fuera dedicada a mí. Pero el tiempo avanzaba con una lentitud cruel, y cada minuto sin su presencia caía sobre mi pecho como una piedra más. La ansiedad comenzó a apoderarse de mí, primero de mis manos, luego de mi respiración, hasta invadir incluso los rincones más discretos de mis pensamientos. La alegría contagiosa de los presentes, las bromas, los abrazos y las risas, eran un contraste cruel frente al silencio que yacía en mi interior. Me encontraba ahí, físicamente, pero mi mente vagaba en un universo paralelo, uno donde tal vez aún tenía el derecho de esperarla. Y cuando ya había empezado a aceptar que no la vería, cuando la resignación comenzaba a acomodarse con un suspiro, apareció. Su presencia, como siempre, iluminó el ambiente. Esa alegría chispeante que parecía brotar de su esencia misma, ese andar ligero, despreocupado, tan propio de ella… pero esta vez no venía sola. De su mano, avanzaba un hombre impecablemente vestido, de rasgos nítidos y modales refinados. A leguas se notaba su origen británico. No podía negarlo: el tipo era elegante, de apariencia pulida. Pero su presencia… era plana. Casi monótona. No había en él esa efervescencia natural que ella merecía a su lado. Sin embargo, ahí estaba, sujetando su mano con la familiaridad de quien ha sido invitado a quedarse. Sentí un estallido tórrido en el pecho. Una mezcla de celos, frustración, que generó un dolor tan amargo como profundo. Un nudo burbujeante de emociones contenidas me revolvía las entrañas. «¿Quién diablos es él?» Pensé, mientras mi mandíbula se tensaba con violencia contenida. La idea de investigar su vida entera me cruzó por la cabeza con una claridad inquietante: nombre, ocupación, historial médico si era necesario. Todo. Nigel, siempre atento a mis cambios de humor, se acercó con discreción y puso una mano en mi hombro. —¿Estás bien? —Podría estar mejor —murmuré entre dientes, esforzándome por mantener una expresión neutra, aunque sabía que mi mirada ya me había traicionado. Saludaron a todos los presentes con naturalidad, como si se tratara de una pareja consolidada, perfectamente ensamblada en ese escenario de alegría compartida. Fue entonces cuando ella, con la voz cargada de emoción, hizo su anuncio: —Les presento a Oliver Esler —dijo con una sonrisa luminosa—. Es mi novio y acaba de llegar para acompañarnos a celebrar la unión de Nigel y Eva. Cada palabra cayó en mí como una descarga silenciosa. Sentí que algo se quebraba por dentro, aunque por fuera mantuve el gesto sereno, fingiendo que nada se había movido en mi mundo. Me pregunté, casi con resignación, cuánto tiempo más podría resistir a este tiroteo emocional. Cuánto más podría soportar verla feliz, ahora junto a otro hombre, sin que mis propias ruinas se hicieran evidentes. La respuesta fue clara: no por mucho. Cuando finalmente se acercaron a saludarme, me puse de pie. Era más alto que él, un detalle insignificante quizá, pero que en ese instante me dio un falso orgullo, un pequeño consuelo efímero. Por un momento me sentí más fuerte, más presente. Sin embargo, esa leve sensación se desvaneció de inmediato, como un suspiro tragado por el viento, cuando Caitlyn se acercó a Oliver y le dirigió una sonrisa suave, casi íntima, antes de volverse hacia mí con un tono formal y distante. —Señor Lancaster, un gusto saludarlo. Me encogí por dentro. No físicamente, pero emocionalmente me sentí reducido, arrinconado, como si su cortesía fuera un recordatorio doloroso de lo lejos que estaba ahora de lo que alguna vez compartimos. La sonrisa que alguna vez me perteneció en un campo de batalla, ahora se la entregaba a otro, sin reservas. Y en medio de ese torbellino interno, no pude evitar preguntarme, con una tristeza resignada, si algún día tendría la oportunidad de ser yo quien esté a su lado… si alguna vez volvería a mirarme con la calidez con la que ahora lo miraba a él. Eva notó mi desconcierto, quizá por la forma en que, sin mucho preámbulo, me despedí del grupo y anuncié que me retiraría al departamento de Ellah, donde me estaba quedando. No era solo el cuerpo el que me pedía descanso, era la mente, el alma… todo en mí necesitaba silencio, una pausa. Pero cuando crucé la puerta, para mi sorpresa, Eva salió tras de mí. Su voz, serena pero firme, me alcanzó como un bálsamo cálido en mitad de la tormenta. —Gabriel —dijo, deteniéndose a mi lado—, no te desanimes. Sé que estás pasando por un momento difícil, pero Nigel me enseñó algo que nunca podré olvidar: cuando una persona está destinada a ti, no hay fuerza en este mundo que pueda apartarla de tu camino. La miré en silencio, con la garganta cerrada y el pecho apretado. Su voz no era solo un consuelo, era una chispa de esperanza, un recordatorio de que tal vez el amor verdadero no se pierde, solo se extravía por un tiempo. —A veces —continuó ella, con una sonrisa suave—, solo hay que mantenerse firme, creer más de lo que se sufre. Porque si esa mujer todavía habita en tu pensamiento, es porque aún queda historia por escribir. Asentí, sin poder decir nada, con la mirada fija en un punto invisible, pero con el alma ligeramente menos rota. —Gracias, Eva —murmuré por fin. —No me lo agradezcas, haz que valga la pena —respondió con un guiño, dándome una palmadita en el hombro antes de volver adentro. Me quedé allí, de pie, observando cómo la puerta se cerraba lentamente tras Eva. El sonido del cerrojo pareció sellar no solo su entrada, sino también una pequeña grieta en mi interior. Me recosté contra la pared del porche, metí las manos en los bolsillos y solté el aire como si fuera el peso de una semana entera. ¿Y si Eva tenía razón? Tal vez el destino no es un mapa trazado con líneas rectas, sino un laberinto de errores, pausas, silencios y reencuentros. Tal vez perder ahora no significa el final, sino una tregua que te obliga a mirar dentro de ti, a decidir si vas a luchar o simplemente a dejar ir. Pensé en Caitlyn. En su risa sin filtro, en su fuerza arrolladora, en ese modo tan suyo de hacer que el mundo pareciera una película caótica… pero vibrante. Pensé también en su mirada cuando me rechazó, tan cortante, tan fría. Y, aun así, debajo de ese hielo, juraría que vi un destello de todo lo que alguna vez compartimos. Me pregunté si todavía pensaba en mí. Tal vez al despertar. Tal vez antes de dormir. Y si no lo hacía… entonces, ¿por qué yo seguía haciéndolo? «El amor no se suplica», me dije. Recordé lo que mi padre solía decirme: “el verdadero coraje no está en marcharse cuando todo duele… sino en quedarse, en reconstruirse sin garantías. En seguir intentando, incluso cuando la otra persona ya no esté lista para ello.” Miré al cielo. Un avión cruzaba el horizonte, no pude evitar pensar que todo lo que vuela siempre encuentra un lugar donde aterrizar. Dentro de mí, entendí que quizá aún no era mi momento…pero tengo la certeza de que, si esto es real, si hay un nosotros, se abrirá el camino de regreso. No podía permitir que todo terminara así. Siempre he sido un hombre de acción, forjado en el combate, acostumbrado a enfrentar el peligro con el cuerpo y con el alma. Y ahora… me preparaba para la batalla más crucial de mi vida. Esta vez no empuñaría un arma ni daría órdenes. Porque, aunque me considero verdaderamente ignorante, por decir lo menos, en temas del amor, no puedo seguir ignorando el caos que ha ocasionado su llegada a mi vida… más aun, los estragos de su partida. Se perfectamente en esa ignorancia, perdí la primera batalla. Pero no la guerra. Al ir descubriendo mis sentimientos comprendí que la nueva misión en la que me embarcaría, no estaba escrita en ningún protocolo militar, ni respondía a ningún deber impuesto. Era una cruzada íntima, personal, profundamente humana. Soy un soldado marcado por el arrepentimiento, pero también por la convicción de que todo hombre merece una segunda oportunidad. Y si el destino me concede siquiera una rendija para alcanzarla, juro —por todo lo que aún late dentro de mí— que no la desperdiciaré. Porque esta vez, esta vez, era mi felicidad lo que se debatía en línea la de fuego. Esta vez, el enemigo no llevaba un arma: llevaba un nombre que ella pronunciaba con ternura. Oliver. Pero el nombre que yo seguía repitiendo en silencio —como una oración que no caduca— era otro… «Caitlyn.» De pronto la vibración de mi celular se hizo presente un mensaje llegó… “Ya llegamos a Dinamarca, vamos a hospedarnos en el Hotel d’Angleterre. Te esperamos.”
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