6.Detrás de mi maquillaje

1265 Words
Caitlyn Harper No cabe duda de que llamar a Oliver como refuerzo fue una decisión brillante. Ese hombre, además de increíblemente atractivo, es un verdadero caballero. Un gran amigo al que conocí en circunstancias poco comunes: en un hospital en Italia, entre sábanas blancas y el sonido intermitente de monitores cardíacos. Cosas del destino. Aunque lo conocí en Roma, resultó ser tan británico como una taza de té a las cinco. Y tan encantador como un duque en una novela romántica. —Preciosa, ¿estás lista? —pregunta, golpeando suavemente la puerta de mi habitación. Pues sí, también se está hospedando en la casa que el tío Alan compró con esa extraña mezcla de excentricidad y buen gusto que lo caracteriza. —Lo estoy —respondo mientras coloco el último pendiente, unas perlas regalo de mi padre que, modestia aparte, resalta mi elegancia natural. Oliver me observa como si acabara de bajar de una pasarela de Milán. —Estás más que hermosa. Mira que hoy seré la envidia de todos los hombres presentes —dice con una sonrisa de esas que derriten hasta al hielo más estoico. —Lo sé —respondo con una pizca de vanidad, acompañada de una sonrisa ladeada. —Si no disfruto yo de mi propia belleza, ¿quién lo hará? — ambos sonreímos. Oliver es un hombre cálido, con un sentido del humor fino y esa clase de encanto que parece sacado de otro siglo. Su cabello rubio perfectamente peinado, su mandíbula firme y esos ojos verdes capaces de desarmar hasta a una condesa amargada. Un hombre perfecto, dirían muchas. Y no estarían equivocadas. —Tu familia ya se ha ido. Todos están en la casa de la novia.—me informa, extendiéndome su brazo con galantería. —Vamos entonces. Muero por ver el rostro de mi hermano cuando reciba a Eva como su esposa. Seguro se deshace como mantequilla al sol. —Siempre sacando a relucir tu vena romántica —exclama, besando el dorso de mi mano con un gesto tan caballeroso. —Digamos que, aunque sea la Grinch del Amor, aún me conmueve verlo florecer en quienes más amo. —Princesa… eso es porque no me has dado la oportunidad de ser tu novio en serio —responde con tono juguetón, ladeando la cabeza y alzando una ceja con picardía. Ambos reímos. Él sabe que mi corazón, en este momento, está blindado como una bóveda suiza. Y no por falta de pretendientes. —No hace falta que digas palabra alguna. Puedo leer la respuesta en tus ojos —dice, mirándome con esa mezcla de ternura y resignación que solo alguien que realmente te quiere puede sostener sin quebrarse. —Vamos… —susurro, intentando dejar mis emociones en la habitación, bien dobladas junto a mi ropa de dormir. La ceremonia, como era de esperarse, fue una postal romántica: camelias por doquier, un cielo que parecía pintado a mano y sonrisas tan genuinas que daban ganas de creer otra vez en los cuentos de hadas. Yo, mientras tanto, me repetía mentalmente como un mantra: Soy un roble. Nada me duele. Nada me afecta. Hasta que lo vi… Sí, enfundado en un traje azabache que le sentaba con el mismo porte impecable que su uniforme militar. De pie, con esa postura que siempre imponía respeto y, al mismo tiempo vulneraba voluntades, era imposible no notarlo: destacaba entre la multitud como una sombra que se arrastra elegante y serena en medio de la luz. Pero lo que verdaderamente me conmovió fue la imagen que lo acompañaba: dos pequeños niños, quizás de tres o cuatro años, a quienes les dedicaba sonrisas cálidas y palabras suaves. Se agachaba, les hablaba con ternura, hacía ver que su mundo entero se había reducido al universo diminuto de esas manitas inquietas y esos ojos grandes que lo miraban con devoción. Y entonces, mi corazón—ese traidor que creía domado—sangró silenciosamente. ¿Y si…? «¿Y si hubiera sido diferente…?» Pero antes de que mi mente se lanzara en picada al abismo de los “hubieras,” Oliver apareció como un faro que me devolvía al presente, ofreciéndome una copa de vino tinto y una sonrisa traviesa. —Otra vez viajando a tu planeta de los pensamientos tristes —bromeó con suavidad, como solo él sabía hacerlo. —No todos pueden vivir en la burbuja color pastel de tu cabeza, Oliver —le respondí, intentando sonreír, aunque sabía que él podía ver las grietas detrás de mis labios pintados. Él era mi amigo. Mi ancla. Y la única persona que sabía con precisión cuánto dolor se escondía bajo mi maquillaje, mis risas y mis silencios bien ejecutados. —Bailemos, princesa —dijo con una exageración teatral, ofreciéndome la mano. No pude evitar sonreír, esta vez con autenticidad. Le tomé la mano. Y bailamos. Bailamos con esa clase de locura elegante que solo los corazones rotos pueden permitirse. Saltamos, giramos, nos dejamos arrastrar por la música como si el ritmo pudiera curarnos. Por un instante, el mundo se volvió ligero, casi hermoso. Era increíble cómo dos almas heridas podían encontrar un pedazo de alegría en medio del desastre. Por un rato… lo olvidé todo. Y, créanme, de verdad me divertí. Cuando el cansancio me venció y el sudor comenzaba a perlar mi frente, sentí la necesidad urgente de refrescarme. —Oliver, voy al baño —le dije entre risas, aún con la respiración agitada. —¿Quieres que te acompañe? Puedo protegerte de los monstruos del espejo —bromeó, alzando una ceja con dramatismo. —Gracias, pero creo que puedo con mi reflejo esta noche —le guiñé un ojo, dejándolo riendo detrás de mí mientras me alejaba, tarareando una de esas canciones pegajosas que habíamos bailado como si tuviéramos diez años menos y el doble de ilusión. Pero entonces… Sin previo aviso, un brazo fuerte me sujetó con brusquedad. Antes de que pudiera reaccionar, fui arrastrada unos pasos más allá, y la puerta del baño se cerró tras de mí con un golpe seco. El aire se volvió más denso. Más íntimo. Más peligroso. La puerta del baño se cerró con un estruendo contenido. El eco del golpe se quedó flotando en el aire, junto con el perfume caro que conocía demasiado bien. Él estaba allí. Tan real. Tan cerca. Tan equivocado. Era Gabriel… el capitán Gabriel Lancaster. Sus ojos me miraban con la ansiedad de quien ha esperado toda la noche. Había en su mirada la urgencia del que ha contado los minutos, el peso de alguien a quien parecía importarle mi presencia. Y eso, justamente eso, era lo más peligroso de todo. —¿Qué demonios crees que estás haciendo? —pregunté, aunque mi voz no sonó tan firme como hubiera querido. Porque temblar no era parte del plan. Dejar que viera que aún me afectaba definitivamente no era una opción. Él no respondió de inmediato. Sólo me observó. Parecía que trataba de memorizarme, pero con un gesto de dolor… ¿qué era lo que realmente le dolía? —Tenía que verte a solas. Aunque fuera así —murmuró al fin, con una voz baja, rasposa, rota. Y entonces lo supe. Nada de lo que había querido pretender esta noche —ni mis risas con Oliver, ni mi vestido impecable, ni el vino que me adormecía los sentidos— sería suficiente para protegerme de lo que vendría después. Porque lo peor no era que él estuviera allí. Lo peor…era que, a pesar de todo lo que me esfuerce en fingir, había una parte de mí que había estado deseando exactamente esto.
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