7. Mi oportunidad

1915 Words
Gabriel Lancaster Estaba decidido. Aprovecharía que hoy es la boda de Eva y Nigel para hablar con Caitlyn, sin excusas ni evasivas. La incertidumbre ya no podía seguir siendo mi refugio. Mis padres y mi hermana habían llegado la noche anterior, aunque traté de mantenerme sereno, la mirada inquisitiva —aunque sutil— de mi madre terminó por exponerme. —¿Estás bien, hijo? —preguntó con esa suavidad propia de quien conoce cada grieta de tu alma. —Sí, mamá —mentí, ocultando el temblor bajo una máscara cuidadosamente esculpida. Para esta ocasión, elegí con precisión el traje que vestiría. n***o, formal, elegante. Mi color favorito. No por superstición ni por vanidad, sino porque me sentía más yo dentro de su sobriedad. La tela se ceñía a mi cuerpo entrenado, moldeado por años de disciplina militar. Y aunque nunca he sido presumido, conozco mi porte, sé el efecto que puede provocar una espalda recta, una mandíbula firme, una mirada decidida. Me coloqué una de mis colonias favoritas, esa que ella alguna vez elogió, como quien revela un secreto, en voz baja, salí decidido a enfrentar el día. Junto a mi familia fuimos a casa de Eva. La ceremonia estaba a punto de comenzar. Saludamos a los presentes: amigos, familia, aliados improbables en este universo de emociones, heridas y redención. Mi padre, Bruce Lancaster —militar retirado y ahora CEO de una prestigiosa empresa de seguridad privada—, se mostró particularmente orgulloso al felicitar a Nigel. James se unió poco después. Aunque la tensión con mi hermana todavía flotaba en el aire, los pequeños, sus hijos, eran el pegamento tácito que obligaba a la cordialidad. Él, al menos, parecía genuino en su intento de recuperar el tiempo perdido. Todo se desarrollaba según lo previsto, hasta que noté un vacío. Faltaba ella…. faltaba Caitlyn. Pero como el universo estaba decidido a regalarme un asalto al corazón más, llegó. Justo un minuto antes de que la ceremonia comenzara. Dios…suspire. Lucía simplemente espléndida. Un paisaje casi irreal. Su vestido celeste, de un corte elegante y sutilmente audaz, acariciaba su figura con delicadeza. El azul cielo acentuaba aún más el profundo océano de sus ojos, que parecían capaces de detener mi mundo. Me perdí en ella, sin pudor… en su escote pronunciado, pero sin dejar de verse fino, en la tela vaporosa que la hacía una visión más etérea, en esos labios que por el brillo lucían aún más apetecibles. Era otra versión de Caitlyn. Una que aún no terminaba de descubrir. Más madura. Más fuerte. Tan irresistible como inaccesible. Y mientras mis ojos se seguían paseándose en ella sin reparo, mi padre me dio un ligero codazo, como queriendo recordarme que la ceremonia estaba por comenzar. Los votos fueron intensos, honestos, cargados de emoción. Dignos de ser aplaudidos como lo fueron al final, por todos los presentes conmovidos. Todos, menos yo. Porque mi alma estaba en otra parte. En ella. La miré bailar, reír, disfrutar. No conmigo, sino con ese tal Oliver. Cada vez que su risa estallaba en el aire y sus ojos se entrecerraban de felicidad, sentía que el whisky en mi garganta se volvía lava. Ardía por dentro, pero no por el alcohol. Ardía por la impotencia de verla feliz con otro. Por no ser yo quien despertara esas carcajadas. Una vez más, era testigo de cómo ese otro hombre se convertía en la fuente de su alegría. Mi padre se acercó en silencio, con dos copas en mano. Me ofreció una sin decir palabra. —¿Estás bien, hijo? —preguntó finalmente, con voz baja pero firme. —He estado mejor —respondí, tragando el nudo que no bajaba con el licor. Bebimos en silencio. Dos Lancaster marcados por el peso de lo que no se dice. Entonces, sin mirarme, murmuró: —Si la sigues mirando así, todo el mundo va a saber que lo único que deseas es devorarla, y más allá de la mirada. Lo miré, sorprendido por la crudeza de su observación. —¿Por qué dices eso? —Porque soy tu padre, Gabriel. Y conozco cada uno de tus silencios. No necesito explicaciones para saber que esa joven de vestido celeste ha conquistado tu alma. No sé quién llegó primero a su vida, si tú o él, pero lo único que te puedo decir desde la voz de la experiencia es que no desperdicies el tiempo. Yo tuve que esperar quince años para vivir mi historia con tu madre. Quince años de vacíos, de preguntas, de sueños postergados. No cometas el mismo error. Guardé silencio. Mis pensamientos eran un enjambre. —Padre… ¿tú crees que uno puede tener una segunda oportunidad? ¿Es posible redimirse… aunque el daño parezca irreversible? Él sonrió, como si esa pregunta le hubiera atravesado alguna herida antigua. —Claro que sí, hijo. Lo sé porque lo viví. Y porque el amor, el verdadero amor, no desaparece… simplemente se transforma. A veces se oculta. A veces duele. Pero nunca muere. Y si logras alcanzarlo por segunda vez, tienes que aferrarte con todo lo que tienes. Porque no hay garantías de que te lo vuelvan a ofrecer. Me giré hacia él, con los ojos clavados en los suyos. —¿Y cómo sé si esto es amor verdadero? ¿Cómo supiste que mamá era la mujer de tu vida? —Verás hijo, tuve que verla sonreír al lado de otro —respondió sin titubeos—. Y casi te puedo apostar que sentí exactamente lo que mismo que tú estás sintiendo ahora. Ese dolor agudo en el pecho. Esa rabia que no tiene a dónde ir. Esa certeza de que, si no haces algo, te vas a arrepentir toda la vida. Sus palabras cayeron sobre mí como una revelación. El eco de una historia que podría ser la mía si decidía callar. —Escúchame bien, Gabriel —dijo, con gravedad—. Si ella es tu alma gemela, si su presencia se siente en la sangre que corre por tus venas, no la dejes ir. Pídele perdón si es necesario. Arrodíllate si hace falta. Porque te hablo con la voz de los años y desde la cicatriz que queda con el tiempo: cuando un Lancaster ama… lo hace una sola vez en la vida. Y si pierde ese amor, nunca vuelve a ser el mismo. No dije nada. No podía. Mi corazón palpitaba con una fuerza casi violenta, como si esas palabras hubieran desenterrado algo que creía muerto. «¿Acaso de eso se trata todo esto que estoy sintiendo?» Bebí otro trago de whisky, aunque ya había perdido la cuenta. Y mientras el licor ardía en mi garganta, sentí que algo dentro de mí empezaba a despertar. Un fuego antiguo, intrínseco. Una certeza innegable. No podía seguir observando desde la sombra. Me puse de pie, dejando el vaso a medio terminar sobre una mesa. La música sonaba suave al fondo, el murmullo de las conversaciones era una pared indistinta de sonidos, sin embargo, sólo ella ocupaba mi campo de visión y controlaba el resto de mis sentidos. «Caitlyn.» Tan hermosa como inalcanzable… riendo con ese tal Oliver, con la cabeza ligeramente inclinada hacia él, como si sus palabras fueran la melodía más dulce del lugar. Mi corazón ardió. Comenzó a alejarse caminando con gracia contenida, ajena a la revolución que su sola presencia provocaba en mí. Se dirigía al fondo del pasillo, en dirección al baño. Era mi oportunidad. Actué. La seguí con pasos silenciosos, como un depredador que reconoce su presa, pero no con intención de devorarla, sino de suplicarle que recuerde que alguna vez… fue mía. La observé abrir la puerta, sin poder contenerme, la sujeté del brazo con una firmeza quizá un tanto brusca, pero inevitable, impulsado por una determinación feroz. La empujé suavemente hacia el interior, cruzando el umbral con ella. Cerré la puerta detrás de nosotros con un giro rápido y decidido, sellando cualquier intento de escape. Ella se giró con sorpresa, los ojos ampliados por el impacto. No tuvo tiempo de reaccionar. Cerré la puerta tras de mí y puse el seguro con un movimiento firme. —¿Qué demonios crees que estás haciendo? —susurró, en tono tembloroso, aunque su cuerpo aún no decidía si retroceder o permanecer estático. —Tenía que verte a solas, aunque fuera así...—dije con voz baja, rasposa, ronca no solo por el licor consumido. Me acerqué un paso. Ella retrocedió apenas un centímetro, pero su mirada no me esquivó. Esa era Caitlyn. Valiente incluso en la incertidumbre. Inspiré profundamente. Su aroma me envolvió como una memoria viva. Aquel perfume sutil, con notas de jazmín…y algo salvaje, algo que siempre la acompañaba… esa mezcla entre dulzura y peligro que tanto me había obsesionado en el pasado. Cerré los ojos un instante, tatuando en mi alma ese momento. Cada respiración suya era una llamada, cada latido, un eco del mío. —Estás cruzando límites… —murmuró, aunque su voz no era de reproche. Era la voz de quien aún no ha decidido si quiere que la detengan… o que la empujen al abismo. —Ya no puedo fingir que no me importa. No puedo seguir pretendiendo que esto no me duele —dije, y mi tono fue más grave, cargado de esa rabia que arde cuando algo que es tuyo se escapa de tus manos—. No vine a rogarte nada, Caitlyn. Solo vine a recordarte lo que alguna vez fuimos… y preguntarte si, al menos por un segundo, lo sigues sintiendo…. Ella parpadeó lentamente. Sus labios entreabiertos parecían tener todas las palabras que no se atrevía a decir. El silencio se volvió espeso, cargado de historia, deseo, arrepentimiento. —Gabriel… —murmuró. Sin esperar más la besé. No fue un beso tierno. Fue una explosión. Un arrebato de posesión, de dolor acumulado, de deseo rabioso que había estado guardando demasiado tiempo. La sujeté por la cintura con una mano firme, pegando su cuerpo al mío, mientras con la otra me abría paso con brutal delicadeza por el escote de su vestido. El mismo escote que me había atormentado toda la noche. Besé su piel desnuda, justo donde el vestido se hundía en una provocación silenciosa, y ella jadeó, sus dedos crispándose contra mi pecho. No se apartó. No me detuvo. Mis labios recorrieron ese rincón prohibido, con reverencia desesperada por querer poseerla. —Dime que no lo sientes… —susurré contra su cuello—. Mírame y dime que no te estás consumiendo al igual que yo. Ella cerró los ojos. Una lágrima se deslizó por su mejilla. Yo no la solté. No esta vez. No cuando cada fibra de mi ser gritaba su nombre. Abrió sus ojos para dirigirme una mirada afilada y a la vez dolida… —¿Qué quieres de mí, Gabriel? —murmuró, su voz quebrada, su respiración agitada, su alma expuesta. Y justo entonces, cuando el momento parecía volverse eterno, alguien golpeó la puerta con fuerza. —¿Caitlyn? ¿Estás bien? —era la voz de Oliver, preocupado… molesto… amenazante. Ella me miró. Y yo, con la mano aún en su cintura, con mi cuerpo respirando contra el suyo, no me moví. Ese era el momento. El punto sin retorno. —Respóndele si quieres —susurré cerca de su oído, mi voz ronca, rota por lo que acababa de suceder—. Pero si sales de aquí sin mirarme de nuevo, sin decirme si aún queda algo entre nosotros… sabré que te habré perdido.
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