Capítulo 1.
- Hija, espero que tengas cuidado por ahí –se sorbió los mocos-. Quién sabe si te van a querer hacer daño.
La preocupación de mi madre me hacía dudar de mis propias decisiones, cosa que no me gustaba, pero tenía razón. Tenía que andar con cuidado a cada paso que daría.
- Mamá, estaré bien. Me van a cuidar como a una más de ellos, no lo dudes –intenté calmarla.
- Desde que Pablo ya no está has cambiado mucho, casi no te reconocemos hija –se volvió a sorber los mocos, llevaba ya un rato así, cosa que no entendía.
- Por favor, deja de mencionar a Pablo porque no es necesario… y la gente cambiar por cualquier cosa, no solo por ser viuda.
Así era, con 22 años que tenía era viuda. Mi marido murió hace dos meses en un accidente de trabajo y mi vida había cambiado completamente. Pero lo que menos necesitaba ahora mismo era que mi madre me lo ande recordando cada vez que llora conmigo al teléfono.
- Bueno, entonces esto es una despedida, ¿no?
- Te llamaré siempre que pueda, tendré mi móvil conmigo siempre. No seas tan dramática, mamá –puse mis ojos en blanco a pesar de que no hubiese nadie ahora mismo mirándome.
Colgué la llamada y respiré hondo. Agradecí haber preparado las maletas la noche anterior para poder tomármelo todo con calma esta mañana.
Al sitio al que iba era un tipo de monasterio reformado donde aceptaban gente nueva para la iniciación a la vida de monja. Sí, ya sé que es una decisión muy descabellada para una chica tan joven como yo, pero no me quedó nada tras la muerte de mi marido.
Me levanté del sofá y cogí las dos maletas que me esperaban en el pasillo para irme. No sabía cuánto tiempo estaría ahí dentro, pero sabía que iba a ser un tiempo largo.
Metí mis maletas en el maletero de mi coche y emprendí el camino. El Monasterio de Santa Sofía estaba a más de una hora de mi casa en Madrid norte. No me molestaba dejarlo todo así sin más y empezar con algo distinto porque no había nada mejor que me distraiga ahora mismo.
Mi matrimonio era de las únicas cosas que me mantenía una sonrisa en la cara. Mi familia venía de una pobreza casi inaceptable y cuando conocí a Pablo, de una clase media pero bien posicionada, las cosas cambiaron. El amor floreció también a la vez que nuestras vidas mejoraban, pero ahora que él ya no está, prefiero hacer algo distinto con mi vida.
Lo de ser monja lo consideré incluso antes de conocer a Pablo a mis 18 años, pero casarme también era una cosa que mi corazón deseaba. Ahora lo que más deseo es cambiar radicalmente mi vida, aunque no crea en nada divino necesariamente, simplemente para distraer mi mente y hacer algo distinto con mi miserable vida.
Cuando llegué delante del Monasterio me fijé en lo imponente que parecía este desde las vistas que tenía en el coche. Unas murallas de unos 20 metros de altura rodeada de pinos también altos. Salí del coche y anduve unos diez metros hasta el portón n***o para ver si alguien me podía indicar cualquier cosa.
Pegué tres golpes fuertes al no ver ningún timbre o manera de llamar educadamente y no tardaron en abrir la puerta.
- ¿Quién es usted? –un hombre vestido de guardia me miró de arriba abajo.
-Soy María Soles, avisé de mi llegada hace dos días –le sonreí, pero él mantenía su expresión bastante seria.
- ¿Con quién habló exactamente? –sacó su móvil del bolsillo trasero y empezó a mirar algo.
-Con el Clérigo Antonio –asintió con la cabeza.
-Vale, todo está bien, ¿tiene maletas? –miró a mi alrededor.
-Sí, ahora las traigo –me di media vuelta.
-No se preocupe, se las llevaremos nosotros a su habitación.
Salieron dos guardias más que seguramente estaban apoyados en el interior de la puerta y el guardia que habló conmigo empezó a caminar hacia el edificio haciéndome señas para que lo siga.
Nos recorrimos todo el camino de piedra hasta las puertas del edificio y pude admirar lo grande que era este recinto y la cantidad de árboles y hierba que había.