La chica y la maleta roja

2223 Words
Escucho unos pasos que se aproximan, pasan cerca del auto, pero desde dónde estoy no consigo verlos. —¡Está cerrado! —grito desde debajo de mi Mustang. He tenido que esperar a que el taller cierre para poder darle los últimos toques a mi nave. Después de los arreglos en los que estuve trabajando desde ayer, sin duda Mateo morderá el polvo. Esta noche voy a ganar una buena pasta. Ya llevo casi una hora debajo del auto, pero al menos me ha mantenido la mente ocupada y los recuerdos de estas fechas no me han estado superando. Sólo quisiera un día en el que no tuviese que sentirme tan enojado y con esta enorme presión sobre mis hombros todo el tiempo. Y las pesadillas, sólo una noche sin pesadillas representaría un alivio, sin embargo sé que no es algo a lo que puedo aspirar. En parte es por esa razón que acepté el trabajo en el taller, un motor es algo que sí puedo arreglar. Los daños que le hicieron a un auto en el pasado puedo resolverlos, en cambio nada de lo ocurrido antes puedo arreglarlo y las heridas que dejaron, permanecerán ahí para siempre y eso creo que incluye a las pesadillas. Doy un último vistazo a mi auto desde esta perspectiva y satisfecho por el trabajo realizado me impulso con los pies para que la carretilla ruede lejos del auto. Tomo la toalla y la paso por mi rostro retirando parte del sudor que cubre mi cara. Al ponerme de pie abro los ojos encontrándome con una incómoda sorpresa dentro de mi auto. —¿Quién es esa que está dentro de mi auto? —mi voz sale casi en un susurro. Tengo una relación muy estrecha con mi auto, nadie más que yo se sienta del lado del piloto y ahí está esa chica que no sé de dónde demonios ha salido. Esto no puede seguir así. —¡Creí haber dicho que estaba cerrado! —Al parecer pensaba que estaba vacío porque apenas me escucha sale del auto con rapidez. Es una chica bastante menuda, de contextura delgada. No creo que llegue al metro setenta de estatura, tiene una cabellera rojiza que cae en una abundante cascada por su espalda y hombros. Su piel es tan blanca que casi puedo ver todas sus venas, tiene unos ojos grandes como una muñeca, y al detallar su boca roja como una fresa, me hace pensar en una muñeca de porcelana. Me observa como un conejo asustado en su vestido estampado de flores que esconde bajo un grueso suéter gris. La observo de arriba abajo detallando que lleva unas botas que me hacen pensar lo difícil que le debe haber resultado llegar acá con esos zapatos. No parece ser de aquí. Se me queda viendo temerosa sin decir nada, mientras en sus manos sostiene las llaves de mi auto. Lo que me falta es que esta chica haya pensado en robarme el auto. Cómo si eso fuese posible. — Está cerrado. Si necesitas alguna cosa, puedes regresar mañana a las nueve. Y debes devolverme mis llaves. —Me limpio las manos que aún están llenas de grasa y después de retirar el exceso, extiendo la mano para que me entregue las llaves. Su mirada viaja desde mi cara hasta mis manos. Medita por unos segundos para dejar las llaves sobre mi mano. No tengo la menor idea de cómo lo hace, pero al tocarme aun cuando fueron segundos hicimos cortocircuito. Un corrientazo me atravesó desde la cabeza hasta los pies. Después fue como si ella hubiera hecho algo, no sé el qué, pero me sentí ligeramente diferente, cómo si despejara un poco mi mente y los demonios que me atormentan se silenciaran o adormecieran. —¿Quién eres? —Realmente he querido preguntar qué es, porque me sentí por unos segundos en la dimensión desconocida. Y más después de que observa con fijeza como si un enigma se le revelara hace unos segundos. Esto no me resulta nada seguro. No es que sea una gallina, pero hay cosas con las que no me interesa involucrarme y esta es una de estas. —¿Quién eres tú? —Ella frunce el ceño y veo que es como si quisiera ver dentro de mi lo que me incomoda mucho, por lo que retiro rápidamente la mano metiéndola dentro de mi bolsillo. —Creo que eres tú quién debe dar algún tipo de explicación debido a que estás aquí en el taller dónde trabajo. —¿Eres Logan cierto? ¿Logan Sanders? —Su mirada me dice que necesita alguna especie de confirmación y yo comienzo a dudar acerca de mi memoria. —¿Te conozco? ¿Acaso dormí contigo y no te llamé al día siguiente? —Me rasco la cabeza confundido. Esta chica no despierta buenas sensaciones en mí, no me agrada—. Lo lamento si ha sido así. Debo pedirte que te vayas. —No. Nunca dormiría contigo. —Se ríe como si fuera lo más gracioso de esta vida. No sería algo tan horrible acostarse conmigo, le gusto a las chicas, así que es algo ofensiva su risa. Aunque sin querer me encuentro detallando su risa, es algo cantarina y relajante. No, no debo ir por ahí ¿quién demonios es está chica que me pone tan nervioso? —¿Entonces quién eres? ¿Y qué demonios haces en mi taller? —Me cruzo de brazos porque necesito de alguna forma establecer una barrera entre ambos. Es como si su presencia causara que todas mis defensas amenazaran con desaparecer. Nunca antes experimenté algo similar y no estaba preparado para hacerlo con una total extraña. —Soy Elizabeth, mis amigos me dicen Beth. —Extiende la mano con una amplia sonrisa y yo simplemente asiento con la cabeza. No le daré la oportunidad de qué haga nuevamente lo de las llaves. —¿Qué quieres Elizabeth? —pronuncio su nombre con suficiente seriedad para que le quede claro que no tengo intenciones de ser su amigo. Lo único que quiero es que me diga qué hace aquí para que se largue y nunca regrese. —Esto puede ser un poco difícil de creer pero... —Hazlo sencillo y explícate —le interrumpo con severidad y ella me da una mirada molesta. La veo tomar una gran bocanada de aire intentando calmarse antes de poder responder. —La versión corta. Estoy en este taller porque tú me trajiste aquí. —Yo la miro incrédulo esperando que sea una especie de broma. Nunca antes había visto su rostro, mucho menos la traje aquí. Estallo en risas. Debe ser la hermana menor de alguna mujer con la que me he enrollado y esto es una especie de venganza retorcida. —Mira Elizabeth, no te conozco, mucho menos te traje aquí. Así que si ya terminaste con esta —la señalo a ella con desdén— interpretación, puedes irte. Tengo cosas más importantes que hacer, niña. —Esto no es ninguna interpretación. —Al parecer mis palabras la han molestado bastante, frunce sus colorados labios formando casi una línea y yo me encojo de hombros mostrándole lo poco que me interesan sus palabras—. Y tengo la prueba de ello. —A ver, ilumíname. —Me cruzo de brazos una vez más y la miro expectante. Quiero ver esa prueba que ahora ha inventado. Abre la pequeña mochila negra que lleva en un hombro y abriendo un libro que me resulta extrañamente familiar extiende un boleto de avión para que lo coja. —Dejaste este boleto en este libro, —Levanta el libro cuyo título dice “Señales del más allá” y yo me acerco extrañado—, para que yo lo encontrara. Leo el boleto que me ha entregado y es un tiquete de avión, de Buenos Aires a Ushuaia y tiene mi nombre. Recuerdo perderlo en el aeropuerto y al llegar a la zona de embarque tuve que regresar y comprar otro billete. Esto no puede ser cierto. Levanto la vista para encontrarme con sus ojos ambarinos que me observan impacientes. No hay mentira en ellos. Me entrega el libro para que lo tome y cuando toca mis manos de nuevo sucede, esa corriente que me atraviesa pero esta vez es diferente. Es un maldito dejavu. —Y dejaste este recibo. —Me pasa un ticket de papel y es como si un velo hubiese caído. Recuerdo entrar en esa tienda, comprar una bolsa de papas, una gaseosa de cola y al pasar por los estantes vi ese libro que no tengo la menor idea de por qué decidí comprarlo. Pagué al encargado y mientras buscaba mi billetera para pagar, metí el boleto de avión entre las páginas del libro. Pagué los artículos y me fui de ahí, no recordaba haber comprado el libro ni mucho menos dejarlo ahí. —Esto no puede ser verdad… —El pulso se me dispara y yo no dejo de mirar las cosas que me ha dado. ¿Cómo es posible que lo hiciera y no recordarlo?, peor aún, ¿cómo ella ha dado con todo? y ¿por qué ha decidido venir aquí? —Esto… —Le regreso las cosas—, no responde mi pregunta —aclaro la garganta un par de veces y volviendo a mirar esos enormes ojos de muñeca intento responder mis dudas—. ¿Qué quieres? y ¿qué demonios haces aquí? —¿Tienes una maleta roja? —pregunta y yo no entiendo. Qué tiene que ver la bendita maleta en todo esto. —¿Qué..? —¿Tienes o no una maleta roja? —repite insistentemente. —Si, pero… —He tenido este sueño con una maleta roja rodando en el suelo frío de un aeropuerto. En el sueño lo único que veo es la maleta, los asientos y el nombre en un anuncio del aeropuerto de Buenos Aires, nada más. He tenido este sueño durante más de un año. —¿Todo esto por un sueño? Esta chica debe estar bien loca o mucho tiempo libre. Aunque… es el mismo tiempo que tengo con esa maleta. No, eso es sólo una coincidencia, intento convencerme. —Lamento que hayas hecho un viaje hasta aquí por nada. No deberías haberte dejado llevar por una maleta roja —me río y doy por terminada la conversación. Paso por un lado cuidando no tocarla, he tenido suficiente de estas cosas. Levanto el capó de mi auto y comienzo a revisar el estado del motor. No quiero que se me pase nada esta noche. Tengo que ganar, no hay opción. Mateo quiere la revancha y yo estoy más que dispuesto a demostrarle una vez más que soy mejor que él. —¡Así que simplemente decides pasar por alto las señales! —vocifera ella y yo me río. No puedo creer que en verdad soltara esa estupidez de las señales. Quienes creen en esas cosas son personas muy idiotas o demasiado ingenuas, espero que ella sea lo siguiente, no creo que sea tan tonta. —Creo que pasaré esta vez. —¡Eres un obtuso! —la escucho gritar, saco las manos del motor dispuesto a cantarle las cuarenta a esta niñita y en eso el capó cae sobre el motor cerrándose de un sonoro golpe. Veo sus manos sobre él, de no haber quitado las manos me las hubiese cortado. Está pirada. Aunque decido creer que vio que retiré, mis manos porque la alternativa es que quería matarme. —¿Qué demonios te pasa? —Giro para encararla y veo que su rostro palidece como si hubiera visto un fantasma. Sus manos tiemblan sobre la pintura de mi auto y la veo tragar con dificultad. Su mirada perdida hace que se me erice la piel. Esto no me da para nada buena espina. —¿Qué sucede? —Me acerco a ella temeroso cuidando de no tocarla. Al escuchar mi voz, parpadea varias veces como si despertara de un trance. Sus ojos se posan en los míos y después de humedecerse los labios su voz sale casi en un susurro. —Un accidente, varios heridos. Sangre y una ambulancia. —No consigo entenderte. —Ella parpadea como intentando recuperar la conexión boca – cerebro. —Vi un accidente. Conducías en una carrera, pero algo no iba bien en el pavimento, lo que provocó que perdieras el control e impactaras a otro auto. Este iba tan rápido que salió disparado dando vueltas en el aire. No creo que quien iba dentro consiguiera sobrevivir. —Esas palabras me estremecen de miedo. Es que la forma en que sus ojos se oscurecieron al decirlas me puso la piel de gallina. ¿Cómo supo que yo correría esta noche? ¿Sería alguna noviecita de Mateo haciéndome recular para no pasar vergüenza esta noche? —Creo que debes ir al lugar donde te estés quedando. Yo debo arreglarme porque tengo algo que hacer. —¿Correrás de todas formas? —Veo preocupación en su mirada, parece real. No puedes fingir de esa forma, no cuando tus ojos se apagan de esa forma. Y si es toda una farsa, es una actriz digna de un Oscar, porque si algo he aprendido es que los ojos no mienten, son la ventana del alma.
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