A veces hay profecías que se hacen realidad

1978 Words
—¿Hay algún lugar al cual puedo acercarte? —Estoy bastante confundido y no tengo tiempo para detenerme a pensar en su especie de visión psíquica o lo que sea. —No. Aún no tuve tiempo de buscar un hotel y no conozco nada por aquí —Se encoge de hombros. Suspiro cansado, sé que me voy a arrepentir de esto, pero algo dentro de mí me impulsa a hacerlo. —Si no tienes dónde quedarte, puedes quedarte conmigo un par de días mientras decides qué hacer y compras el boleto de regreso a tu casa o a donde sea que decidas ir. —Gracias —me ofrece una amplia sonrisa que de alguna forma me pone nervioso. —Subete. —Entro al asiento del piloto e intento disipar las emociones que esta niña está provocando. Ocupa el asiento del copiloto minutos más tarde y no dice nada en el corto trayecto hasta la casa. Es subir la colina y ya estamos en la casa. Veo que observa la fachada a medio pintar y entonces recuerdo que esta mañana no he podido terminar. Ya será mañana que me dedicaré a hacerlo. —Siéntete como en tu casa. Tomaré una ducha rápida. —Ella se queda observando la sala y yo dudo acerca de dejarla sola pero no tengo tiempo que perder así que subo las escaleras y me meto en la ducha para retirar los restos de grasa y polvo de mi cuerpo. Limpio con avidez cada parte de mi cuerpo y al terminar, enrollo una toalla en mi cintura mientras lavo mis dientes y quito los restos de grasa de mi barba incipiente. Cuando salgo de la ducha, no escucho ningún ruido proveniente de abajo así que corro a mi habitación y rebuscando en los cajones para colocarme lo primero que consigo, bajando las escaleras a toda prisa, por el temor que sea una ladrona profesional y que al bajar encuentre la casa desvalijada. Estoy cavilando en las maneras en las que podría hacerlo sin hacer ruido cuando la encuentro sentada en el sofá revisando su teléfono, es un Iphone última generación. Lo que me da un indicio de esta chica, debe ser de una posición económica privilegiada; eso explicaría su ropa que de lejos se ve que es de alguna marca exclusiva que tanto hace suspirar a las mujeres, así como la facilidad para comprar un billete de avión a Argentina desde otro país del mundo, sólo por el capricho de un sueño acerca de una maleta roja. —Y estoy listo —anuncio y entonces me detengo a pensar en qué no sé qué haré con ella.  —Está bien. —Se levanta del sofá guardando su teléfono en el bolsillo de su vestido y se acerca despreocupadamente hasta la puerta. —¿A dónde crees que vas? —Voy contigo. —Oh, no. No lo harás. —Sí, lo haré. No hay nada que puedas hacer para evitarlo. —Me mira decidida y yo estoy a punto de perder la calma. Miro el reloj de pared de la sala y al ver la hora me revuelvo nervioso. No tengo mucho tiempo. Debo estar en menos de media hora en la pista y son casi veinte minutos de camino. —Está bien —suspiro resignado—. Pero harás justo lo que diga. —No, no lo haré. —Sale de la casa encogiéndose de hombros y yo me arrepiento de haber accedido. Esta niña va a hacerme la noche más complicada, eso lo sé. No dice nada en todo el trayecto. La observo varias veces de reojo girando los anillos que tiene en los dedos índice, tiene la vista perdida en la carretera. De esa forma se ve mayor, madura, como si hubiera pasado por situaciones que nadie a su corta edad ha experimentado. No tengo la menor idea de cuántos años tiene, pero apenas aparenta ser mayor de edad y eso para mí es bastante joven. En especial, después de haber cumplido veinticuatro años y haber pasado por las cosas que yo he pasado. Llegamos al lugar a tiempo para la carrera. Hay mucha gente congregada, mucha más que la vez pasada y creo que se debe a que se corrió la voz de que le gané a Mateo y quieren ver cómo sucede de nuevo. Observo a Mateo apoyado en el capo de su Camaro n***o. Tengo que conseguir que la próxima vez apostemos al auto del perdedor. Con las modificaciones que tengo en mente, ese auto sería invaluable. Me detengo a su lado y lo veo sonreír confiado mientras se levanta y camina hacia mi dirección. Me giro buscando a la niña pelirroja pero ella ya no está, sólo escucho el portazo que da. —Pensé que te habías arrepentido y aceptarías que lo tuyo fue solo suerte —Se sonríe de lado y yo solo quiero borrarle esa sonrisa de un golpe, pero decido que es mejor hacerlo en la pista. —No tengo inconvenientes en hacerte morder el polvo una vez más. —Salgo del auto y me detengo frente a él. Yo le saco casi una cabeza de estatura. Creo que en parte por eso su ego está tan herido. Algunos hombres intentan compensar sus flaquezas de otras formas y la de Mateo son las carreras. —Eso lo veremos, Sanders. Eso lo veremos. —Acabemos con esto de una vez. —Subo de nuevo al auto y él hace lo mismo sin quitarme la mirada de encima. Una de las chicas que siempre marcan las salidas y llegadas, se para a unos metros ubicada en el espacio que queda entre ambos autos. Lleva una corta minifalda de cuero n***o y unas botas de vértigo, junto con un diminuto y ceñido top n***o con brillos. Va excesivamente maquillada y lleva la cabellera rubia atada en una alta coleta alisada. Creo que su nombre es Cristal y me acosté con ella alguna vez. Aprieto con fuerza el volante y mantengo la vista al frente concentrándome en lo que sucederá a continuación. Escucho el conteo que todos los asistentes gritan y al sonar el disparo piso el acelerador con fuerza. Le saco ventaja a Mateo por un par de metros. El rugido del motor me lleva a acelerar más, después de los arreglos que le hice, su potencia es mucho mayor. Sonrió al sentir como acelera y la adrenalina aumenta. Todo iba bien, hasta que Mateo consiguió alcanzarme. El muy cabrón debió haberle hecho mejoras a su auto también. Lo veo sonreír cuando comienza a rebasar y yo fuerzo más el motor. No puedo permitir que me gane, eso nunca. Nos estamos disputando la delantera cuando de pronto pasamos por una parte en la que el pavimento está muy mojado. Siento que pierdo el control del auto y las palabras de Elizabeth resuenan en mi mente: “Un accidente, varios heridos. Sangre y una ambulancia. Vi un accidente. Conducías en una carrera pero algo no iba bien en el pavimento, lo que provocó que perdieras el control e impactaras a otro auto. Pero este iba tan rápido que salió disparado dando vueltas en el aire. No creo que quien iba dentro consiguiera sobrevivir”. Clavo mis pies en los frenos asiendo con fuerza mis manos en el volante para retomar el control. El auto de Mateo se colea y lo veo girar en círculos pero consigo frenar a tiempo antes de impactar contra él y cumplir la profecía que aquellos labios de fresa profesaron hace unos minutos. Todo esto parecía demasiado irreal. El corazón parece que va a salir de mi pecho y veo a todos correr acercándose preocupados. Mateo sale del auto un poco mareado y vomita en el pavimento. Después de todas las cervezas que se debió tomar antes de comenzar la carrera,no me resulta nada extraño que volcara el contenido de su estómago al bajar del auto. Cristal lo ayuda a enderezarse y ambos entran en el auto, regresando al punto de partida. Hoy no habrá carrera. Giro con cuidado y regreso a pocos metros de distancia detrás de ellos. —¡Esta vez te has salvado! —lo escucho gritar mientras baja del auto y yo simplemente le muestro el dedo del medio. —Jódete, Mateo. —Salgo del auto con la cabeza a punto de explotar. Todo esto me sobrepasa. Busco con la mirada una cabellera roja pero por más que me adentro en la multitud no la encuentro. Un leve temor me invade. Esa niña no conoce a nadie en este lugar y en parte me siento responsable por haberla traído hasta aquí. No soy su padre, ni mucho menos, pero como le llegue a pasar algo no creo que pueda perdonármelo. Escucho unos gritos cerca de dónde he dejado el auto y regreso corriendo, con los peores pensamientos cruzando por mi mente. Al llegar la veo caminar hacia donde me encuentro con una sonrisa de suficiencia. —¡Tú te lo pierdes! —escucho gritar a Mateo y lo veo arrodillado en el suelo con una mueca de dolor. Mi mirada viaja hacia Elizabeth y después a él. Ella simplemente se encoge al llegar a mi lado. —Él se lo ha buscado al intentar ponerme una mano encima. —No, no lo hizo. Una creciente cólera bulle dentro de mí y no entiendo de dónde ha salido. No es que ella y yo tengamos algo que ver. Me desconozco en estos momentos. —¿Qué? —No he podido articular algo más inteligente. —Nos ha visto llegar juntos, así que ha dicho algo como qué debía aspirar a tener lo mejor o estar con el mejor y que tú no lo eras. Posterior a eso, se acercó queriendo besarme. —Hace una mueca de asco y una parte de mi se alegra de que le resulte repulsivo—. Así que le otorgué una oportunidad de valorar su hombría. —Lo miro nuevamente y al enderezarse mantiene una mano en sus pelotas, lo que provoca que estalle en una carcajada. Esta niña está resultando ser toda una caja de sorpresas. —¿Quieres comer algo? —Ella me mira como si me hubiesen crecido tres cabezas por mi repentino ataque de amabilidad y no es para menos con la impresión que le he dado al inicio. No es nada personal, sólo tengo demasiada mierda en la cabeza para compartirla. —¿Habrá veneno en ella? —No lo sé. Tú dímelo. Eres la psíquica. —Sonrío y ella abre la boca frunciendo el ceño. La tomó por sorpresa mi respuesta. No esperaba que le creyera tan pronto. Pero, luego de haber estado a punto de poner a alguien al borde de la muerte, no tengo otra opción que creer en sus palabras. —Espero que no. Caminamos en silencio hasta un carro de comida rápida donde están preparando hamburguesas y perros calientes. Yo mantengo las manos dentro de los bolsillos de mi chaqueta porque el frío es cada vez mayor y porque necesito algo de tiempo antes de tener otro encuentro con lo sobrenatural o lo que sea que ella represente. —¿Entonces me dirás cuál es tu historia? —pregunto al encontrar un lugar lejos del bullicio para sentarnos a comer. Sus grandes ojos se posan en los míos y muerde su labio inferior debatiéndose acerca de decirme o no la verdad. Yo aguardo en silencio porque reconozco que no me he ganado esa confianza. Pero necesito entender ¿por qué todo la trajo hasta mí? y ¿por qué yo he querido que así sea? —Está bien, pero debes intentar mantener la mente abierta. —Suelta unos minutos después y algo me dice que lo que ha pasado hasta ahora no es nada comparado con lo que va a ahora a salir de sus labios.
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