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3707 Words
Lorette         Saqué la llave del apartamento y la introduje en la ranura, haciéndola girar sin siquiera emoción en explorar el que sería mi nuevo hogar. Me atemorizaba la posibilidad de que aquella espantosa mujer aún siguiera en el piso y se abalanzara hacia mí con preguntas de mal gusto e indirectas que llegaban a mis puntos más sensibles. Ya había tenido suficientes con lo que me quedaba de día.      La ranura emitió crujido y con desgana empujé la puerta para irrumpir en el oscuro pasillo.      Suspiré ante la ausencia de luz y vitalidad tan característica de mi antiguo hogar y cerré la puerta a mis espaldas. El interior se vio tan apagado. Tan vacío. No había vitalidad ni energía. Las paredes no eran más que simples muros carentes de calidez.      Sin mamá, mi hogar estaba incompleto.      Evité derramar una lágrima rebelde que amenazaba con salir al recordar el autobús que se había llevado a mi madre y respiré hondo. De nada servía lamentarse. De ahora en adelante esta sería mi nueva vida y debía acostumbrarme si no quería que mis estudios se vieran afectados por mi falta de independencia.       Le hice una promesa a mamá y estaba dispuesta a cumplirla, comenzando por demostrarme a mí misma que estaba lo suficientemente capacitada como para apañármelas yo solita.      Asentí para mí misma, dándome ánimos mentales y atravesé el pasillo a grandes zancadas. Si Irina me estaba esperando en el salón para hacerme un nuevo análisis de ultra rayos x, que así fuera. No me dejaría intimidar por nadie, ni siquiera por una loca maniática con la ropa más hortera de los años ochenta.     Irrumpí con la cabeza bien alta en el salón principal del apartamento. Más me valía parecer dura y segura mí misma si quería hacerme respetar. Hice un recorrido rápido a toda la estancia, buscando al enemigo mientras me preparaba mentalmente para la batalla.     Cuál fue mi sorpresa al no ver cotillas desagradables en la costa.     La estancia estaba tranquila, con tan solo una persona sentada en la alfombra, sacando varias cosas de su maleta. Reconocí su preciosa melena pelirroja de inmediato y de inmediato bajé la guardia.     En cuanto se percató de mi presencia, Scarlett levantó la cabeza para mirarme. Estaba sacando un peluche naranja con forma de pez payaso de su maleta, lo que me pareció de lo más tierno y a la vez divertido.      —Hola—esbocé una amplia sonrisa y dejé las llaves junto con mi bolso en la mesita de la entrada.      —H-Hola—se abrazó a su pez de peluche con fuerza y agachó la mirada, tímida y con miedo a mirarme.      Me quité mi chaqueta vaquera y pensé durante varios segundos donde dejarla. Aún no habíamos decidido cual sería nuestra habitación y no tenía un lugar fijo donde dejar mis cosas. Así que opté por dejarla colgada en una silla del comedor por el momento. Miré a mi nueva compañera por encima del hombro y comprobé que todavía seguía abrazada a su pez, como si mi presencia impidiera seguir haciendo sus quehaceres.      Respiré hondo y cerré los ojos durante un instante. No la conocía de nada. Lo único que sabía de ella, es que su madre era una auténtica arpía, aunque lo poco que había podido ver en ella, me hizo sospechar que entre madre e hija debía existir un umbral bien grande separándolas.      Tenía muy buen ojo para las personas y de Rossaline aprendí a leer las vibraciones que cada ser humano desprendía, así como adivinar si eran positivas o por el contrario negativas.     Las vibraciones de Scarlett eran muy leves casi imperceptibles, pero no había nada negativo perturbando su aura.      Sonreí para mí misma y caminé hacia ella.      Sus ojos azules se abrieron levemente al ver mi sombra cada vez más próxima a ella reflejada en el suelo.  Tomé asiento a su lado y me estiré para agarrar mi maleta para hacerla rodar hasta mí.      —A mí también me quedan por desempacar algunas cosas—abrí mi maleta y la coloqué junto a la suya. —¿Te importa si me uno?      La chica pestañeó un par de veces extrañada por mi repentina cercanía, pero enseguida asintió con la cabeza, sin pronunciar palabra alguna.      —¡Genial!— me incliné un poco y comencé a sacar los geles de baño, los champús y las esponjas. —Así es más divertido, ¿verdad? — giré mi rostro para mirarla y la vi dejar su vez a su lado mientras asentía con la cabeza. —Por cierto, me encanta tu pez de peluche. Me recuerda a Nemo.       —G-Gracias.       ¡Bien! Por fin consigo que me hable.      —Lo compré con esa intención—una pequeña sonrisa apareció en sus labios y vi cómo me miraba de reojo con timidez. —Adoro los peces payaso. El color de sus escamas me parece precioso.      —¡Sí! Y ese de ahí es una monada—cerré la cremallera donde tenía guardado todos los productos del aseo y me incliné sobre mis rodillas para sacar todos los amuletos que Rossaline me había metido dentro. —Yo también tenía algunos peluches en mi cuarto—pensé en la mariquita y el gato n***o de peluche que tenía en el cabecero de mi cama y sonreí mentalmente. —Una mariquita y un gatito.      —¿De verdad? Y, y, y ¿Los has traído? —preguntó y cuando la miré, pude ver la curiosidad reflejada en sus ojos. Su interés en los peluches me hizo gracia, pero sobre todo, me ilusionó.      En mi instituto, mis compañeros tendían a reírse si llevabas una mochila de la Hello Kitty. La cara de estúpida que se me quedó cuando dos chicas cuchichearon a mis espaldas sobre mi estuche se me quedó grabada en la mente. Se trataba de un estuche de mi serie favorita. Mamá me lo compró por mi cumpleaños. Me gustó tanto que trasladé todo mi material escolar de inmediato para poder lucirlo al día siguiente. Y lo único que recibí fueron cuchicheos y risitas divertidas.     «Mira su estuche», decían algunas.     «¿Pero eso no es de una serie de niños?» añadieron otras. —Creo que vi a mi prima de cinco años viéndola en Disney Channel el otro día»     Ni siquiera esperé a que la primera clase terminara, saqué el lápiz y la goma de borrar y oculté el estuche en mi mochila. No volví a sacarlo en toda la mañana y al llegar a casa, regresé todas mis cosas a mi antiguo estuche.      —No—respondí, recordando las burlas y desprecios de aquellos que no comprendían mi actitud, aparentemente tan infantil. —No cogieron en mi maleta y mamá me aconsejó coger lo más esencial.     Mentira.     En realidad, tuve miedo. Temí que mi nueva conviviente me juzgara como mis antiguos compañeros hicieron y me tachara de infantil y ridícula. Cuando mamá mejoró su estado, me sentí libre de aprovechar la infancia que me había sido arrebatada. De niña no pude ser yo misma, entre otras cosas porque tenía la obligación de cuidar de mi madre. Pero cuando todo terminó, me sentí libre y no volví a contener la energía que tanto tiempo tuve guardada.     —Jo, pues qué pena— se quejó con los hombros caídos. Su queja me sonsacó una sonrisa. —Me hubiera encantado verlos—. Aseguró. —Yo conté a Flanders como una de las cosas principales que debía tener en París.      —¡Vaya, ¿se llama Flanders?! ¿Cómo el pez de la sirenita? — pregunté motivada. —Pensaba que se llamaba Nemo.      Me encantó escucharla hablar con tanta naturalidad sobre películas animadas y peluches. Scarlett hablaba con vergüenza porque era tímida por naturaleza y parecía tener problemas para comunicarse con gente nueva, pero no se avergonzaba de tener a un pececito como compañero ni de hablar de dibujitos animados.      —Sí— miró a su pez payaso con ternura y sus pequeños labios se curvaron. —De pequeña siempre me decían que me parecía a la sirenita—confesó, tomando con cuidado la punta de su coleta y comenzó a juguetear con su cabello. —De hecho, me lo decían tanto que hasta terminé creyéndomelo.      Una melodiosa risotada resonó en todo el salón.      —¡Oye! ¡No te rías! —exclamé, arrastrando mis piernas hacia la derecha para poder mirarla de frente. —Razón no les bastaba. Serías una Ariel muy buena. Estoy segura de que si hicieran una versión live action, tendrías el papel con los ojos cerrados.      Asentí, orgullosa por descubrir a la sirenita en carne y hueso. De hecho, eran tan parecidas, que hasta daba miedo.      —No, no—Scarlett negó con la cabeza. —Nos parecemos en el pelo, nada más.      Su mirada se oscureció, como si el recuerdo de una escena del pasado le hubiera caído como un jarro de agua fría.      —¿Y acaso eso no es suficiente? —mis ojos azules se quedaron fijos en su preciosa melena rojiza. —No hay muchas personas con esa tonalidad de rojo—razoné —Bueno, sí es cierto que me he topado con algún que otro pelirrojo, pero era más tipo color zanahoria— esos también eran bonitos, pero el color escarlata de Scarlett devoraba con creces el tono anaranjado. —Debes sentirte especial, seguro que muchos te lo habrán dicho.      Sus manos quedaron suspendidas en el aire, con una bufanda azul oscuro colgando entre sus dedos. Su mirada quedó perdida en la nada y ante su repentina quietud, no tuve más remedio que callarme.     —Para serte sincera…— murmuró despacio. —Preferiría no ser tan especial.     Fruncí el ceño y seguí sus movimientos, viendo como colocaba la bufanda perfectamente doblada sobre una pila de ropa.      —Llamo demasiado la atención…— terminó diciendo. —Y no todas las opiniones son tan halagadoras como las tuyas—levantó su mirada y una sonrisita iluminó su rostro. —Por eso te agradezco el cumplido. Del lugar de donde vengo, escasean bastante.      —¿Lo dices enserio? — tiene que estar de broma.      Scarlett asintió y continuó desempacando sus cosas, ahora más incómoda que hace unos segundos.      —¡Pues menuda panda de ineptos! —exclamé indignada. —Me vas a perdonar la expresión, pero, siento decirte que la gente de tu ciudad tiene el gusto en el trasero. ¡Ya puedes mandarlos al diablo! —sacudí mis brazos irritada y continué con mi monólogo—Parece que hoy en día el mal gusto está de moda—puse mi atención en mi maleta, molesta porque pudiera haber gente tan hipócrita como para criticar todo cuanto estaba fuera de lo común. —¿Sabes qué? No los conoceré de nada, pero desde lejos puedo ver que, lo único que tenían, eran celos.        —Su forma de mirarme no decía eso…—cerró los ojos y suspiró.—De pequeña no era muy consciente de lo que ocurría a mi alrededor y llegué a tomarme algunas palabras como un halago, pero con el paso de los años, fui dándome cuenta de los pequeños detalles y las indirectas que antes no supe apreciar.      —Bueno, pues que les den—concluí de mal humor. Por lo visto, su madre no era la única bruja de su pueblo. Aquello debía ser un aquelarre. — Lo importante es que ahora estás muuuy, muy lejos de esos amargados sin gusto y eso es lo único que tiene que importarte ahora. En mi pueblecito la situación era similar y mis años en el instituto no fueron color de rosa, que digamos.      Mis palabras parecieron interesarla, porque dejó de sacar cosas para mirarme.      —Siempre me han dicho que soy…—me tomé unos segundos para pronunciar la palabra mágica que invocaba a Lorette Bellrosse y lancé la mirada al techo. —Infantil. Como una niña de cinco años.      —¿Infantil? — los ojos se Scarlett se vieron comprensivos y un tanto confusos. —¿Infantil por qué?      —Por llevar estuches de los personajes de mis series favoritas, por sentirme incómoda cada vez que los escuchaba hablar de sexo, por hacerme dos coletas en vez de alisarme el pelo con la plancha y por preferir jugar al escondite con mis vecinos pequeños en lugar de ir a los pubs de los pueblos de al lado.      —Pero si eso es ridículo.      —Dímelo a mí—rodé mis ojos y empaqueté mi neceser con el gel, el champú y mi esponja—, que tuve que soportarlos durante seeeeis laaaargos años.       Lancé una pequeña maldición al final que quedó ahogada en el aire.       —Lo siento mucho— musitó en voz baja—. Tuviste que pasarlo muy mal y yo…  te he hecho recordar todo es hablándote de mis problemas.       —¡Ay, no! —tiré todos los botes de baño al suelo y me giré hacia ella. —No digas eso. Al contrario, me ha hecho mucho bien hablar de mis años de instituto contigo. Tengo la certeza de que puedes comprenderme—ensanché mi sonrisa y la cogí de la mano. —Además… Siento que ya eres de confianza.        De repente, caí en la cuenta de que no nos habíamos presentado.      —¡Oye! Acabo de caer en la cuenta de que no nos hemos presentado—dije.      Scarlett frunció y me miró con extrañeza.       —Claro que sí—aseguró. —Te llamas Lorette, ¿cierto?      Negué con la cabeza y escondí mi cuello entre mis hombros, emocionada.      —Y tú te llamas Scarlett, ya lo sé— hice un gesto de obviedad con mi mano y la miré a los ojos. —Pero eso fue lo que nuestras madres dijeron. Yo, personalmente, no he dicho mi nombre.      —Oh—Scarlett se llevó una mano al mentón, pensativa. —Creo que ya entiendo por donde vas.      —¿Verdad? —la señalé con el dedo y me acomodé enfrente de ellas. —Y sabes que tengo razón.      —Sí… —dijo, no muy convencida. —Supongo.      Me aclaré la garganta y preparé mi presentación.     —Hola—saludé con educación. —Me llamo Lorette y he venido a París para estudiar diseño y arte en el  Institut français de la mode.      —¡Vaya! ¿Así que quieres ser diseñadora? — preguntó emocionada.      Asentí, movida por la emoción del momento.      —¡No me digas que tú también quieres estudiar diseño! Porque soy capaz de declararte aquí y ahora mi hermana gemela perdida.       —No—Scarlett soltó una risotada y negó varias veces. —No. Yo iré a la PSL—aclaró. —Estudiaré enfermería.       —¡Ala! ¡Una enfermera! No sabes lo tranquilita que dormiré todas las noches sabiendo que te tengo cerca— solté una risotada. Parecíamos dos crías contándonos emocionadas lo que queríamos ser de mayor. —Ni te imaginas lo torpe que soy, cualquier día de estos, me ves con la cabeza abierta al pie de las escaleras.       —Ay, no —rio por lo bajo y terminó de desempacar su ropa. —No digas esas cosas— su tonó de voz casi sonó como el de mi madre. —Me gustaría no tener que usar mis dotes de enfermera en la mayor medida posible.      —¡Venga, no te preocupes! —hice aspavientos con la mano para restarle importancia y evité preocuparla a lo tonto. —Puede que me vaya comiendo el suelo cada dos por tres, pero aquí donde me ves—me señalé con el dedo orgullosa y sonreí. —Soy más dura que una roca. O si no, ¡mírame! A punto de ser atropellada y aquí estoy vivita y coleando.      —Oh, pues ahora que lo mencionas, quise preguntarte acerca de eso desde el momento que escuché a tu mamá— dijo. —¿Fue enserio eso de que casi te pilla un coche? C-Creí que… lo dijisteis para quitarle tierra al asunto…—se mordió el labio inferior y jugueteó con los dedos de su mano derecha. —Ya sabes… Mi madre no empezó con muy buen pie.     —Tan enserio como decirte que he suspendido el carnet de conducir diez veces— aseguré, sin pestañear ni un solo momento para reafirmar mis palabras.      Sus ojos azules se abrieron a la par, y no supe muy bien si por confirmar mi casi atropello o mi pack completo con diez suspensos.     —¿D-Diez veces? —titubeó, aún asimilando la información.     —Como lo oyes.     —P-Pero, ¿cómo así? E-Es imposible suspender tantas veces,     —¿Qué no?— la miré con una sonrisa orgullosa en la cara. Mejor tomarme mi fracaso con el coche como algo fuera de lo común y no como una desgracia que estaba arruinando mi vida. —Te digo yo a ti que sí.      Una pequeña risotada se escapó de sus labios.      —¡Ay, perdón! —se disculpó, ocultando su boca y sus risotadas, avergonzada. —N-no quería reírme… Pero no esperaba algo como eso.      —Nah, tranquila. Puedes reírte sin problema— Aseguré, riéndome de mí misma —Llega un punto en el que ya no siento dolor. Aunque reconozco que la última vez me enfadé de verdad.      Scarlett me miró entusiasmada, como si le encantara escuchar cada palabra que salía por mi boca.      —Me enfadé tanto, que le rayé el coche al de la autoescuela con las llaves.      —No… —murmuró, abriendo los ojos como platos. —No puede ser. ¿Fuiste capaz de hacer algo como eso? Y-y, ¿qué pasó después? ¿Te descubrieron?      —Obvio—me encogí de hombros y respondí sin pelos en la lengua. —Y me vetaron la entrada, pero como tampoco tenía pensado regresar, pues me dio bastante igual.       Scarlett cruzó sus piernas y se sentó al estilo de los indios, como si se estuviera preparando para escuchar una bonita historia antes de dormir.       —¿Y qué piensas hacer ahora? —preguntó curiosa. —¿Asistirás a alguna autoescuela de por aquí?      Fruncí mis labios y me detuve a meditar la idea por unos instantes.      —Creo que descansaré un tiempo— concluí. —Ya he tenido coche suficiente para lo que me queda de vida. Si no atropello yo a alguien, terminarán atropellándome a mí. —Miré hacia arriba y negué con la cabeza. —No, los coches no son para mí.       —Quizás un descanso te ayude a pensar con más claridad— Scarlett me miró con una sonrisa reconfortante.       —Lo dejaré por un tiempo, eso está claro—cogí aire y luego lo saqué lentamente. Los coches del demonio siempre me ponían de mal humor. Aparté las malas vibraciones de una sentada y realicé una palmada. —Pero ya hemos hablado de mí bastante, venga, ¿qué hay de ti? ¿ya tienes el permiso de conducción?      —No, todavía no tengo los dieciocho—aseguró, escondiendo sus manos por las anchas mangas de su jersey. —Además, mi madre dice que no puedo sacármelo hasta que no tengo al menos los veinte. Así que digamos que todavía me queda unos años antes de poder ponerme delante de un volante.    —¿No tienes los dieciocho? —repetí. Y yo que pensaba que todos los universitarios tenían mínimo dieciocho, justo como yo.     —Los cumplo en diciembre—puntualizó ella. —Ya me queda poco, pero todavía soy menor.      —Entonces eres muy jovencita. Bueno—levanté mis manos, queriendo aclarar mis palabras—No estoy diciendo que yo sea aquí una vieja de ochenta años, pero me ha tomado por sorpresa.       —T-Tú ya tienes los dieciocho, ¿verdad?          —Ajá, los cumplí en mayo y desde entonces no hecho otra cosa que suspender y suspender y forrar a ese profesor de pacotilla que no me enseñó ni a girar el volante.        Scarlett volvió a reír. Cerró su maleta y cuando terminó se puso en pie.       —Estoy segura de que algún día lo conseguirás—me aseguró. —Y yo espero estar ahí para verlo.        Solté un bufido exasperado y renegué sin muchos ánimos.       —Pues quizás cuando los coches vuelen— me levanté y eché un ligero vistazo a todo el desastre que ambas habíamos dejado en todo el salón.      Parecía que cinco gigantes habían venido de visita.      Claro que, yo en lugar de sugerir que recogiéramos todo y nos organizáramos las habitaciones, no se me ocurrió otra cosa que pensar en comida. ¡Siempre en la maldita comida!     —Oye, ¿te parece si bajamos a cenar a la pizzería de la esquina? — sugerí. —De camino hacia acá me llegó un olor delicioso y me entró antojo de pizza.      —¿Salir? —la expresión de Scarlett cambió de inmediato y como si hubiera pronunciado cualquier burrada, se removió incómoda en el sitio. — ¿A-Ahora? ¿De noche?      —Sí— me encogí de hombros sin entender cual era el problema. —No te preocupes, está a unos pasos.      —N-No se si mi madre quisiera que saliera tan tarde.      —De una forma u otra tenemos que cenar, ¿no? Qué más da hacerlo aquí que en la pizzeria de al lado—le hice un gesto con la cabeza en dirección a la puerta y la animé. —Venga, no te preocupes. Solo es cruzar la acera.      Comprobó la hora en su teléfono.      —Las nueve y cuarto—murmuró —y mi madre dijo que me llamaría a las diez.      —Hora justa para estar en casita y arropadas en nuestra cama—le guiñé el ojo y agarré mi chaqueta. —No te preocupes, estaremos aquí para esa hora.      Se mordió el labio inferior y volvió a mirar el móvil, meditando sus siguientes palabras.      —Está bien—murmuró, con la boca pequeña.      —¡Perfecto! En ese caso, ¡decidido! — di un pequeño saltito emocionada y puse mi mano sobre la frente, simulando una visera mientras fingía buscar la pizzería. —Partamos hacia esas deliciosas pizzas hechas y ordenadas por los mismísimos ángeles. 
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