9

4872 Words
«Narrador» Dejó el fajo de billetes sobre el gran escritorio de madera y se quitó la gorra negra, mostrando una larga y lacia melena rubia que cayó en cascada sobre su espalda. Sacudió su cabeza para alborotar un cabello y luego se pasó varios mechones rebeldes por detrás de sus orejas. Odiaba cuando el cabello nublaba su campo de visión. Sus ojos azules se clavaron en el reloj digital del despacho y refunfuñó al ver que ya eran las tres menos cuarto de la madrugada. —Mierda—maldijo. Había tardado más de lo previsto en vender la mercancía de aquella noche y odió haber perdido otro día entero rodeada de drogadictos degenerados y borrachos que se arrastraban por los suelos por una sola mota de María. Soltó un par de palabrotas al recordar como el último cliente se había atrevido a manosearla como a un monigote aún viendo las pintas de marimacho que se gastaba. Cada día estaba mas convencida de que ocultar su cabello y usar ropa ancha de tío, no convencían lo suficiente como para que no se acercaran a ella. Torció sus labios en una mueca de desagrado y miró asqueada la mancha de vómito que se había derramado en su chaqueta tras golpear al borracho que después de recibir un buen golpe en las costillas se había atrevido a potarle encima. —Hijo de puta—masculló, arrancándose la chaqueta de un solo tirón. —La próxima vez les hago beberse el vómito. Menudo cerdo. —Ya estás de vuelta— una segunda voz se escuchó a sus espaldas. El cuerpo de la muchacha se tensó de inmediato y como si se tratara de la voz del mismo diablo, quedó paralizada por el miedo. —Empezaba a preocuparme. —Sí— respondió. —Los clientes de hoy han estado más repartidos que de costumbre— se fue girando poco a poco hasta que finalmente pudo mirar a la mujer que la había criado desde que apenas era una niña. —La próxima vez no estaría mal concentrarlos a todos en un mismo sitio. —Oh, Odette, mi niña, eso llamaría demasiado la atención—la mujer, entrada en sus primeros años de cuarentena, emprendió la marcha, caminando hacia su escritorio a pasos lentos y elegantes. Su sofisticado abrigo de pelo rojo destacaba entre la negrura de la noche y una nube de humo devoró la estancia cuando irrumpió por completo. —¿Cómo se ha dado la noche? ¿Han pagado todos? —Síp. Han aceptado muy bien la cantidad que les pedí—la chica se llevó ambas manos a la espalda y comenzó a juguetear con ellas. —Ni siquiera se han atrevido a regatearme. —Mejor así—la mujer agarró el puñado de billetes y pasó su dedo pulgar por el grosor de estos para verlos pasar uno por uno. —Las deudas son un engorro—se metió el taco en el bolsillo de su impecable abrigo y abrió un cajón de su escritorio para sacar una botella de vino tinto. —La policía nos dio un buen susto la última vez. La rubia observó el vino caer sobre la reluciente copa de cristal y esperó a que su superior le diera la siguiente orden que, al poder ser, esperaba que fuera la de retirarse a su cuarto. —Por cierto, he reservado una cita para mañana por la noche con un señor muy especial, está de paso en París y en dos días regresará al norte. Irás a verlo al hotel donde él se hospeda —la mujer apagó el cigarro en el cenicero y recorrió a la joven con un brillo de lascivia reluciendo en sus ojos. —Me temo que vas a tener que cambiar esa ropa de hombre de calle por algo más… revelador. La joven se mordió el labio inferior y agachó la cabeza. —¿No estás contenta? —insistió la más mayor. —Vas a poder volver a lucir tu figura femenina. Hacía tiempo que no te conseguía un cliente tan poderoso— en sus iris negros se vio reflejado el símbolo del euro y el deseo por el dinero de dicho señor la hicieron salivar del hambre. —Ese tipo se baña en oro. Está forrado. Ya verás cómo te va a pagar muy bien—la señaló con el nuevo cigarro que se había encendido y le dio una buena bocana. —Así que más te vale complacerle cómo se merece. —¿Y puedo saber quién es él? — se aventuró a preguntar. —Un empresario— gesticuló con la mano que sujetaba el cigarro y el humo que emanaba de él comenzó a hacer formas que finalmente se perdían en el ambiente del cuarto. —El jefe de una empresa de vinos. —Y supongo que también será otro viejo verde como todos los que me frecuentan— ese detalle también era importante y lo único que le interesaba, de hecho. —¿Mmm? —la mujer se encogió de hombros y su majestuoso abrigo de pelo cayó por el lado derecho, dejando su hombro al descubierto. —Bueno, eso depende de a quienes consideres viejos verdes. La chica enarcó una ceja. —Tiene cuarenta y nueve años— se sentó sobre la mesa de su escritorio y se cruzó de piernas. —Es madurito, pero tiene su punto—le sonrió, casi con ternura como si en realidad le estuviera haciendo un gran favor. —Sin duda es de los hombres más atractivos que te he conseguido. —No me importa si ese tío es atractivo o no— dio media vuelta para darle la espalda y se abrazó así misma, recordando la sensación de ser tocada por unas manos desconocidas y besada por unos labios lascivos que buscaban únicamente placer carnal en su cuerpo. —Ya sabes que esto no me gusta. Prefiero mil veces vender la mercancía. Soy buena como recadera y sabes que jamás te he buscado problemas con la policía. Soy discreta y muy eficiente, además. —Y estoy completamente de acuerdo con eso. Eres de las mejores en este oficio y sabes que siempre he reconocido tus méritos. Escuchó el sonido de sus tacones contra el mármol reluciente del suelo y supo que aquella horrible mujer a la que llamaba ama y señora estaba detrás de ella. —Pero también eres espléndida con los hombres—apartó su larga melena rubia y la hizo caer por su hombro izquierdo, dejando su cuello al descubierto. —Les encantas—agachó ligeramente la cabeza y aspiró el dulce olor que la muchacha desprendía. —Los hechizas con esa cara de ángel que tienes. Esbozó una mueca de malestar al notar los labios de la mujer puestos en su cuello. —Sería un desperdicio si te dejara recorrer las calles vestida de hombre—recorrió con sus labios su piel tersa y lamió la parte baja del lóbulo de su oreja. —Aunque confieso que a veces sufro la tentación de reservarte solo para mí. Dejó el cigarrillo caer al suelo y dio un paso al frente para pisarlo y apagarlo, a la vez que se apegaba aún más a la chica, para apresarla con su brazo y atraerla hacia ella. —Pero luego recuerdo que compartir es de sabios y tú… mi pequeño cisne me das demasiada plata. —Por favor, no hagamos esto hoy…— pidió la más joven, cogiendo la mano de su señora para apartarla de su cintura. La mujer soltó un gruñido y frunció el ceño—He acabado muy tarde y estoy cansada. En cuanto encontró un hueco libre, se escabulló del agarre de su opresora y se dio media vuelta para mirarla. —Quisiera dormir un poco. Mañana tengo que madrugar…— se frotó las manos con nerviosismo y volvió a morderse el labio inferior. —Recuerda que empiezan las clases en… —Sí, sí, las clases de esa universidad tuya, ya me acuerdo—interrumpió, ocultando su abrigo y ocultando su hombro con mal humor. —Está bien, ¡Ve, anda! Ve un duerme un rato. Ese campus también me interesa bastante—se llevó una mano al mentón pensativa y bebió un gran trago de vino. —Será un foco de clientes muy muy grande. Una panda de jóvenes que apenas habían entrado en la edad adulta eran lo que necesitaba para impulsar su negocio al éxito. Los universitarios rozaban aquella edad en la que se creían que podían hacer de todo por el simple hecho de ser adultos. Se creían poderosos e invencibles y por eso eran tan necios como para caer en la tentación y el la adicción del peor de los manjares. —Lo será y prometo no defraudarla—aseguró la menor. —Sera una mina de dinero. • • • Agarré un puñado de cereales y los vertí sobre mi gran tazón de desayuno. Los copos se sumergieron en la leche y un sueño de narices, los removí. ¿En qué momento se nos ocurrió dormirnos tan tarde? Solté un quejido lastimero y sujeté mi cabeza para que no cayera hacia delante sumida en un profundo sueño. Al final llegamos antes de la diez a casa. La pizzería estaba prácticamente vacía y los camareros no tardaron ni diez minutos en traernos la comida. Aunque, tardamos aún menos en devorarnos todo especialmente porque yo estaba ahí para aspirarlo todo. Llegamos al apartamento sobre las diez menos cinco, el tiempo justo para ponernos el pijama y esperar la llamada de la bruja de Irina. Todo fue sobre ruedas hasta que le propuse a Scarlett ver a través de la ventana del cuarto las luces de París y las estrellas reflejadas en el cielo. Al final no llegamos a ningún acuerdo sobre quien se quedaba con cada habitación. Las luces brillantes y la inmensidad de la ciudad nos distrajeron durante horas y horas y tuvimos la necesidad de hablar sobre las particiones del piso. Cuando el sueño nos dominó, las dos caímos dormidas en la cama. Yo amanecí tendida como una estrella de mar en la alfombra de terciopelo y Scarlett tan tranquilamente en una esquinita de la cama. Sin duda, fue una primera noche en París bastante peculiar. —No tuvimos que quedarnos hablando hasta tan tarde—se quejó Scarlett, restregándose los ojos con el puño de la camiseta de su pijama. —Qué sueño tengo. —Y que lo digas…— metí una cucharada de cereales en mi boca y mastiqué sin hambre. —No recordaba lo que era despertarse con sueño. Desayunamos con la tele puesta a nuestras espaldas, con las noticias hablando de un supuesto asesinato y un secuestro en Niza. —Parece que ha pasado un caminó por encima de mí— me estiré con pereza y maldije no poder volver a aquellas mañanas de verano en las que me podía despertar a la hora que quisiera. —Deberían pagarme por esto. —¿A qué hora tienes la presentación? —preguntó Scarlett. —A las ocho y media— sonreí con ironía y levanté el dedo pulgar. —Maravilloso, ¿verdad? Scarlett liberó una risotada. —Bueno, piensa que así tendrás toda la mañana libre— razonó ella, dándole un buen trajo a su zumo de naranja. —Según tengo entendido las presentaciones de los alumnos de ingreso no duran más de una hora. Solté una maldición y le di vueltas a la leche con la cucharilla. —En ese caso, no entiendo que trabajo les cuesta ponerla un poco después— refunfuñé, sacando la cucharilla para terminarme el vaso de un solo trago. —No pido mucho—dejé la taza sobre la mesa y me limpié con una servilleta. —Una horilla más tarde tampoco hace daño. —Puede que las horas posteriores las dediquen a los estudiantes de grupos posteriores— aseguró ella. —Las primeras horas estarán reservadas para los de primero, seguramente. —Claro— espeté. —Los de primero… ¡Lo más pringados! Me puse en pie y apilé los platos y las tazas mientras dejaba que Scarlett se terminara el zumo. —Por cierto, ¿tú no tenías la presentación por la tarde?— pregunté. —Sí— respondió. Le dio el último trajo a su zumo y se levantó para ayudarme a recoger. —A las cinco. —¿Y qué narices haces levantada tan temprano? —exclamé, deteniéndome en seco. —Espero que no lo hayas hecho para acompañarme, porque sino ya te puedes ir yendo a la cama otra vez. —También quería bajar temprano hoy. Llegamos a la cocina y entre las dos fregamos los cacharros. Yo fregaba y ella secaba. —¿Y eso? — pregunté curiosa. —¿Papeleo de la uni o algo así? —No— Scarlett negó con la cabeza. —Quiero entregar mi curriculum a varios restaurantes de la zona y mamá me dijo que daría una mejor imagen si lo hacía a primera hora de la mañana. —Osea, ¿qué piensas trabajar mientras estudias? —Sí— colocó los platos en su respectivo mueble y lo cerró. —Tengo las clases en la tarde y quisiera aprovechar la mañana para no estar de brazos cruzados. —Vaya…— murmuré fascinada. Aquella chica era una máquina. —Al parecer, lo tienes todo bien organizado. —Sí, quisiera poder cubrir los gastos del apartamento yo misma—musitó. Su voz fue tan suave que apenas la pude escuchar con claridad. Fruncí el ceño y enjuagué la taza aún con la mirada puesta en ella. Hubo algo en sus palabras que no me gustó. Como si hubiera algo oculto tras ellas. —Eso es genial— dije, tratando de animar la situación. —Ganar dinero propio te da mucha independencia. —Sí— una pequeña sonrisa quedó en el aire cuando se mordió su labio inferior. —Aunque primero deben contratarme. —Lo harán—afirmé de inmediato. —Estoy segura. —No sé yo… Nunca había trabajado antes. —Siempre tiene que haber una primera vez para todo y te ves una persona muy responsable. Harás un buen trabajo. Agarró una taza con la timidez e inseguridad tan características de ella y se giró con las mejillas sonrojadas. —Espero que tengas razón— murmuró. —Enserio, necesito conseguir trabajo lo más pronto posible. —Si termino esa estúpida presentación pronto, iré a buscarte para ayudarte a recorrer la zona— dije. —Entre las dos encontraremos un buen sitio donde puedas trabajar. —Gracias. —No es nada—jugueteé con la taza, colgándola del aña en mi dedo y balanceándola de derecha a izquierda. —Será divertido recorrer París jun… ¡TAS! La taza se escurrió de mis dedos y a pesar de los ridículos malabares que me gasté para atraparla al vuelto, esta terminó en el suelo hecha añicos. —Pues empezamos bien el día…— musité, observando los miles de trocitos esparcidos por el suelo. —Ya tienes otra razón más por la que acompañarme— dijo Scarlett.—Comprar una taza nueva. Ambas estallamos en carcajadas y entre las dos recogimos el desastre que yo mismo había armado. Solo pude pensar en una cosa: la suerte que tuve de poder conocerla. • • • El autobús de línea estacionó en una parada cercana al Instituto. Las puertas del vehículo se abrieron y junto con otras cinco personas más me bajé. La parada estaba a tan solo una esquina del edificio y solo tuve que caminar unos pasos para llegar a la deciudad de la moda y el diseño (City of fashion and design) . Comprobé el nombre de la calle en mi móvil, temiendo meterme en el edificio equivocado y leí 34 Quai d'Austerlitz. —Aquí estoy— murmuré emocionada, apretando el móvil contra mi pecho. Y poco a poco, mi mirada se fue alzando y mi boca comenzó a abrirse del asombro al contemplar impactada la imponencia de un inmenso edificio que se extendía a lo largo de la calle, simulando con una preciosa cristalera las aguas y las corrientes de un río. —Dios mío… —aquello era un sueño. Debía tratarse de un maldito sueño del que todavía no lograba despertar. Ya había visto varias veces aquella escuela. Lo busqué tantísimas veces en Google que cada vez que me metía en el buscador, lo primero que me aparecía era: Instituit Francaise de la mode. Me pasaba horas y horas en casa observándolo a través de fotos y soñando como me vería yo entrando en un lugar tan maravilloso como aquel. El diseño y la estructura de aquel edifico parecía de otro mundo. Era irreal, elegante y insólito, tanto que parecía que los cristales te engullirían con sus olas como las aguas del propio río Sena, que de hecho, estaba al pie de este fascinante palacio. Sentí que mis ojos se cristalizaban al leer personalmente el título de mi universidad. Hacía años que escuchaba su nombre y no paraba de leer su logo una y otra vez y por esa razón, poder estar allí plantada leyendo el distinguido nombre de aquel lugar, era como un maldito sueño hecho realidad. Me quedé plantada en el sitio observando todo cuanto me rodeada, con la emoción burbujeando en mi estómago. Había personas por todas partes, algunas más perdidas que otras y que caminaban en círculos o tomaban una dirección que finalmente les obligaba a dar media vuelta. Otros, en cambio, se dirigían hacia la entrada de cada edificio con una seguridad desbordante que llegué a envidiar. A mí me tomaría meses memorizar cada pasillo y clase a la que tendría que asistir. Mi antiguo instituto no era ni la mitad de grande de lo que era aquel, de hecho, juraría que ni siquiera suponía una cuarta parte del Instituto de la Moda. Tampoco contaba con la elegancia y clase que caracterizaba dicha universidad. El instituto era elegante, sublime e imponente y sin duda rendía homenaje a todos los grandes diseñadores que vieron su magia crecer en dicho edificio. Las piernas me flaquearon durante unos segundos y me obligué a mí misma a no cometer la estupidez de desmallarme en mitad de la pequeña plazoleta. —Venga, Lorette, tú puedes—agarré el asa de mi mochila colgada en mi hombro y me entremezclé entre la masa de estudiantes que tomaban la misma dirección que yo. El ambiente del lugar me golpeó la cara en cuanto puse mi primer pie dentro. Desde allí, ya podía sentir la ansiedad que me estaba atravesando desde que llegué. Atravesé la entrada que comunicaba el interior con el exterior y cuando finalmente irrumpí en el hall principal, mi corazón martilleó mi pecho. Las paredes y el suelo eran de un color suave, del color de la crema o café con mucha muchísima leche, lo que otorgaba una gran amplitud y serenidad que se vio engullida por la gran masa de estudiantes que se amontonaron en busca de sus respectivas aulas. La luz entraba por todas partes gracia a los grandes ventanales con espectaculares vistas al rio Sena y una fila de sillones de color n***o se extendían en fila india para que los huéspedes pudieran relajarse con las aguas del río mientras esperaban a ser atendidos o el inicio de la siguiente clase. Reconozco que me hubiera gustado probar alguno, pero lamentablemente todos estaban repletos y lo peor de todo es que la mayoría estaban ocupados por gente que solo miraba el móvil. Bueno, ya tendría oportunidad de sentarme en alguno. Continué recorriendo con la mirada todo cuanto me rodeaba, y cada cosa que veía, cosa que me asombraba más que la anterior. La decoración era sublime, con maniquíes portando vestidos y trajes que pude reconocer de inmediato. Todos eran diseños de grandes artistas. Ninguno me fue indiferente y no aguanté la excitación al ver el flamante vestido de gala que Jean Paul Gaultier diseñó para Jennifer Lawrence en la ceremonia de los Oscars. Los cuadros de las paredes eran impolutos y ninguno sobraba. Todos estaban en perfecta conformidad y coordinación, en el lugar exacto para atribuir a la sala un ambiente refinado y moderno. Llegué al pie de una gran escalera que conducía al piso de arriba, aunque realmente, esta apenas ocupó un segundo de mi tiempo. Mi atención ya estaba puesta en un colosal monumento que nacía del mismísimo suelo y que se extendía hacia arriba como el tronco de un árbol retorcido que terminaba su trayecto en techo del piso superior. No estaba muy segura sobre el tipo de material del que estaba hecho, pero las miles y miles de motitas de diferentes colores decorándolo me parecieron fascinantes. Puede que, para una persona con poca afinidad al arte, aquella escultura tan peculiar fuera una reliquia más bien hortera cuya función era únicamente la de quitar espacio, pero en mi caso, tuve el complejo de mono para poder subir al piso de arriba escalando en él en lugar de tomar las escaleras. Venga, Lorette, no es momento de perder el tiempo fantaseado con ser un mono. Me acerqué a un plano que había en la entrada y que indicaba la ubicación de cada aula del edificio y comprobé que el auditorio al que debía ir estaba en la segunda planta. Me giré una última vez para poder gozar de las grandes vistas del hall principal y me puse al pie de la escalera para buscar mi aula. No perdí la oportunidad de desperdiciar las alturas para tener un nuevo ángulo de visión de aquel paraíso. Lo dicho. Se me acababan de abrir las puertas al mismísimo olimpo. La segunda planta no tenía nada que envidiarle a la primera. Los pasillos también estaban adornados con maniquíes, desnudos pero elaborados con un metal rústico que embellecía su pose y me tentaba a cargarlos en mi hombro y llevármelos a mi habitación de adorno. Otros, por el contrario, portaban bonitos vestidos despampanantes que no cualquiera se pondría, pero igualmente me parecieron preciosos. Un grupo de gente alrededor de una mesa rozó mi curiosidad y a pesar de que faltaban menos de diez minutos para que mi presentación diera comienzo, no dudé en acercarme para ver de que se trataba. Me hice paso entre la gente amontonada y localicé a una preciosa modelo tumbada sobre una mesa blanca y con una única sábana cubriendo su cuerpo. En frente de ella, una mujer dibujaba a trazos firmes y certeros su silueta. Sin embargo, lo más maravilloso del dibujo, no era el retrato de la chica en sí, sino el vestido que estaba diseñando a raíz de una única sábana puesta sobre el cuerpo de una modelo. Los flashes de la cámara me deslumbraron levemente, pero pude ver con claridad la magistral obra de arte que aquella señora dibujó de la nada y en tan solo unos minutos. Pensar en la idea de que muy pronto yo formaría parte de aquella comunidad de artista me puso a full de la emoción. —He oído que el director ya ha llegado— la conversación de dos estudiantes que pasaron a mis espaldas me trajo al mundo real. Me giré hacia ellos y comprobé que se dirigían hacia la misma aula que yo. —Sí y también que los sitios de primera fila están volando—dijo la otra chica. —¡¿De verdad?! ¡No fastidies! ¡Entonces corre antes de que nos quedemos sin lugar donde sentarnos! Madre mía. Menudas prisas. Así una no podía ni disfrutar de las vidas. Esbocé un guifo con mis labios y antes de seguirles los pasos a esos chicos, le eché un vistazo a la modelo y a la diseñadora. Espero volver a verlas en otro momento. Con un poco de suerte, podría ver el espectáculo desde el principio. • • • El salón de actos en el que nos reunieron a todos los novatos era inmenso. Se trataba de una sala semicircular con los bancos y asientes al estilo congreso, cada uno a una altura diferente para que todos los allí presentes pudieran ver todo sin perder ni un solo detalle. Los estudiantes que encontré en el pasillo tenían toda la razón. La mayoría de los asientos de las primeras filas estaban repletos de estudiantes. Eran como cientos de hormiguitas removiéndose alborotadas por la excitación del momento. La sala entera estaba repleta de murmullos y conversaciones que se fundían unas con otras y desde mi posición pude ver diferentes grupitos de personas hablando entre ellos. Una punzada incómoda atravesó mi pecho. La imagen de mis antiguos compañeros de clase me cayó como un jarro de agua helada e inmediatamente, mis manos se volvieron sudorosas al imaginar la misma historia repitiéndose de nuevo. Bien era cierto que Scarlett supuso una sorpresa agradable que allanó mis miedos a la hora de conocer nuevas personas, pero ella no estaría en clase para apoyarme, ni mucho menos acompañarme en mis ratos libres entre clase y clase. Suspiré y me senté en el primer hueco libre que encontré. No era de los primeros asientos, pero tampoco estaría al final del todo como una presencia invisible. Los lugares ubicados en el medio era la mejor opción para pasar desapercibida ante los profesores. Jamás me habían gustado las preguntas sorpresa. Siempre que el profesor me preguntaba algo, no tenía ni idea de como responder y finalmente terminaba haciendo el ridículo. En mi caso opté por obedecer al dicho de: mejor prevenir que curar y me senté en el lugar donde pasaría más desapercibida entre la maragunta de estudiantes. La gran sala continuó llenándose hasta los topes y me sorprendió en gran medida ver como todos los lugares eran ocupados sin dejar ni un suelo hueco vacía. Allá debía de haber al menos trescientas personas apretujadas unas con otras. Parecíamos el público de las gradas de un partido de fútbol súper importante. Abrí mi mochila y saqué mi libretita para hacer todas las anotaciones importantes y no obviar nada. Quería estar preparada para todo y aprovechar la gran oportunidad que se me estaba ofreciendo. Ahora que había visto el Instituto tan de cerca, era más consciente de lo afortunada que era por poder formar parte de aquella comunidad de diseñadores y artistas. Y estaba segura de que si me esforzaba, podría convertirme en una persona especial a la que admirar y desear sus diseños. Quería hacer feliz a mamá con mi ropa, pero también a la gente que quisiera lucir especial. Cuando vi que el asiento de mi lado era ocupado por un muchacho de más o menos mi edad, mi cuerpo se tensó enterito, especialmente al verlo tan solo como yo. «Esta es mi oportunidad» —¡Hola! — saqué toda la energía que tenía contenida para saludarle y la exclamación fue tal que hasta sonó demente. El pobre muchacho pegó una encogida y me miró con extrañeza. —Esto…— miró a su alrededor, asegurándose de que, en efecto, le saludaba a él y luego me volvió a mirar. —Hola.. —¿También vienes a la presentación de los de primero? Un hurra por ti, Lorette. Menuda maestra de la conversación estás hecha. —Estoy aquí— el chica hizo un gesto de obviedad con sus brazos y se acomodó sobre su asiento. —Es obvio, ¿no? —¡Claro! Claro, claro—me di un pequeño golpecito en la frente y me encogí de hombros. —Está claro que vienes a la presentación—señalé el podio y fingí que mi pregunta había sido de lo más normal. —Es decir, ¿por qué estarías aquí sino? —Por eso mismo— sacó sus cascos y como si quisiera evitar mis tonterías, se colocó uno en cada oreja y pulsó su playlist para aislarse del mundo exterior. «Menudo soso» Esbocé una mueca, disgustada por mi fallido intento de hacer un nuevo amigo y me recosté sobre mi asiento con los brazos cruzados. Ni que fuera la única persona de la sala. Debía haber decenas de personas con más gracia que él. Me centré en mi libreta y comencé a hacer dibujitos en las esquinitas para matar el tiempo. Si él se aislaba, pues oye, yo también lo haría. Cada uno tenía sus trucos para ignorar a alguien. Estaba haciendo un pequeño boceto de una falda/pantalón cuando las luces de la sala se apagaron de golpe, aumentando el volumen de los murmullos. Cerré mi libreta curiosa por el repentino giro de los acontecimientos y me incliné hacia delante. Un foco de luz blanca recorrió la estancia entera hasta que se detuvo en un punto concreto del podio rodeado por los cientos de estudiantes expectantes. —Damas y caballeros— un hombre enfundado en un elegante smoking apareció en mitad de majestuoso escenario. —Mis pequeños y pequeñas futuros diseñadores… ¡Nos complace darles la bienvenida al increíble y espectacular Instituto Francés de la Moda! Una lluvia de confeti cayó sobre nuestras cabezas, como una creativa lluvia que inundó la estancia de color, magia y luz. —Preparen sus prodigiosas mentes porque aquí en París, las haremos brillar con un simple chasquido.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD