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3131 Words
                                                                                           Lorette Apagué el motor del vehículo y fijé la mirada en el coche aparcado frente a mí con una sensación de hormigueo burbujeando en mi estómago. No quería mirar al hombre sentado a mi lado, mucho menos al tipo que andaba en los asientos traseros y el que se había dedicado a hacer cruces y garabatos en mi examen al estilo pintor demente que se vuelve famoso por hacer cuatro rayajos en un papel en blanco.   Mis manos se aferraron con más fuerza al volante y cuando el examinador abrió la puerta trasera para bajarse me giré hacia mi profesor de autoescuela.    —Supongo que tampoco he aprobado esta vez—musité, aun sabiendo la respuesta.    El hombre soltó un prologado suspiro y con una actitud cansada negó con la cabeza.    —Aún tienes muchas cosas que perfeccionar, Lorette—dijo el profesor. Llevó una mano al picaporte y con desgana salió del coche. —Voy a decir que te renueven los papeles.    —¡¿Qué?!— espeté con una mueca desfigurando mis labios. Me bajé atropelladamente del coche para asegurarme de que pudiera escucharme claramente. —¿Perfeccionar? ¿Q-Qué, que, qué tengo que perfeccionar exactamente? —vi como su espalda se contraía y luego se relajaba nuevamente, elaborando otro de los mismos suspiros cansados que liberaba cada vez que me veía fracasar en una prueba de conducción. Si hasta parecía que le dolía más a él que a mí y eso que era la única allí presente que había cateado un examen nueve veces. ¿Sabéis lo realmente gracioso? Que ya no sentía dolor, de hecho, incluso tenía gracia. — Lo he hecho tal y como usted me dijo. Lo del niño del patinete ha sido un… desliz, nada más.     Y vale, sí, estuve a punto de llevarme a un niño por delante, pero él solito se lo buscó por no mirar antes de cruzar. ¡Si ni siquiera era un paso de cebra!     —Lorette, has estado a punto de atropellar a un peatón— dijo y su frase hasta sonó obvia. —Y eso es eliminatoria directa—negó con la cabeza, claramente decepcionado por mi descomunal metedura de pata— ¡Por dios, criatura! No sé ni como no te sorprende. No puedes tener un fallo como este después de noventa y siete clases.     —No son noventa y siete—le corregí de malhumor. Criatura. ¡Me había llamado criatura! ¡Cómo si fuera un bicho raro! —Son noventa y seis y media. Recuerde que el jueves me tuve que ir media hora antes—me crucé de brazos y me dediqué a dibujar el contorno de las baldosas de la calle con la punta del pie. Mi madre se estaba dejando la piel para costearme el carné y este tipo encima se creía con el derecho de timarme —. Y me sorprende porque no ha sido culpa mía—llevé mis dos manos al cielo y solté una maldición. —El único culpable ha sido ese niño s*****a, que se ha lanzado a la carretera.      —Es un niño, Lorette, ¡Por el amor de Dios!     Y ya estamos con Dios otra vez, ¿lo veis? En menos de treinta segundos ha dicho dos veces esa palabra, y ¿sabéis lo mejor? Que eso no es nada comparado con los veinticinco padres nuestros y los quince Dios te salve maría que recita cada vez que me ve frente al volante.      —No es consciente del peligro que corre.      «…contigo al volante», sí, estoy segura de que censuró esa parte.     —¡Ah, genial! ¡Estupendo! ¿Y cuantos niños hay en el mundo? A ver, déjeme pensar —enumeré con mi mano de uno en uno hasta que me cansé y saqué mis diez dedos a la vez. —¿Cien millones? Sí, ¡Cien millones de niños! ¡¿De verdad tengo atropellar a cien millones de niños suicidas para conseguir un estúpido carné?! —estaba histérica y lo más seguro que todo aquel que pasara por la calle se quería mirándome como si fuera una demente que necesita un pase urgente para el primer centro siquiátrico más cercano. Pero, me daba igual, loca o no, estaba segura de que lo que se estaba haciendo allí era un delito contra mi persona. Una injusticia—¡¿Sabe qué?! ¡Mejor me suicido yo antes!      —Lorette ahora mismo no puedo atenderte— aseguró con voz firme. Estaba enfadado. Yo, Lorette Bellrosse me catalogaba como la única persona en la faz de la tierra capaz de acabar con la infinita paciencia de un profesor de autoescuela que se renunció a ser cura porque descubrió que le gustaban demasiado las mujeres. De ahí que el nombre de la autoescuela era “Santo Thomas de Aquino” un santo más al que le rezaba. —El examinador me está esperando para entregar los documentos.      —Los documentos…—repetí a regañadientes, mirando de reojo a los dos hombres, que como arpías se regocijaban de mi fracaso. —Más bien vais a publicar en rojo sangre las dos palabras «NO APTO» y a reíros de mi desgracia mientras os convidáis en la barra del bar.      Estaba siendo una completa maleducada. Mi comportamiento era como el de una cría de cinco años que se pone a llorar porque le han puesto una mala nota por dejar espacios blancos al colorear. Era plenamente consciente de que mi actitud no era la más apropiada y aun así, me dio igual porque prefería ser una insolente y una niña repelente antes que ponerme a llorar delante de aquellos dos demonios que no se cansaban de suspenderme.      Los ojos me picaban y mi labio inferior temblaba. Sí, esos eran los verdaderos sentimientos que estaba intentando ocultar todo el tiempo.      «No, no, no. Dignidad no me abandones»      Eché un vistazo a los dos hombres y mi mirada de cruzó con la del examinador y lo que encontré no fue la decepción que palpé en los ojos de mi profesor. ¡Se estaba riendo en mi cara! ¡Estaban hablando de mi examen como si fuera una comedia baratera que televisan a las dos de madrugada! Mi profesor estaba incómodo, supongo porque de alguna forma se sentía responsable de mi fracaso, pero el otro tipo… me observaba como si fuera un cerdo en minifalda bailando la hulla hop.      Mis mejillas se encendieron poco a poco, no sabía muy bien si por la humillación o por la vergüenza. El caso es que sentí una cólera inmensa dentro de mí y logró ser más fuerte que mi propia consciencia.     Supongo que fue eso lo que me impidió razonar a la hora de agarrar las llaves de mi casa y rayar con decisión la pintura del coche de autoescuela, dibujando una línea irregular a lo largo de la carrocería.      El ruido del metal de la llave con la superficie del coche provocó un ruido chirriante que hasta a mí me atronó los tímpanos. Los dos hombres interrumpieron su conversación al instante y miraron hacia mi dirección.       Detuve mi magnífica obra de arte y antes de que cualquier de los dos dijera nada, eché a correr como una idiota a lo largo de la larga calle.     —¡Eh! ¡Eh! Pero ¡¿Qué demonios?!— mi profesor se precipitó hacia su coche y se llevó las manos a la cabeza, espantado por el rayajo blanco que había estropeado su impecable pintura roja. —¡¡Lorette vuelve aquí!! ¡¡Lorette!!      Pero yo no hice caso, simplemente continué haciendo lo único por lo que no me podía suspender: correr a pie.                                                                                            •   •   •       No importaba cuanto me esforzara por quitarme de la cabeza aquel estúpido carné de conducir, al final siempre acababa regresando a mi mente para atormentarme como si estuviera en medio de una pesadilla despierta.       Venga, Lorette, ánimo. El mundo no se acababa por un suspenso. Todo el mundo suspendía alguna vez el examen de conducir. De hecho, diría que lo difícil era aprobar a la primera.      Hace poco vi video de una YouTuber muy famosa, la novia de un jugador de fútbol, millonario y bastante guapo. En pocas palabras, la tía debía tener una vida de lujos y facilidades que, por ejemplo, una pringada como yo no tendría en la vida.     Pero ahí estaba el chiste, en el video la chica estaba llorando a mares, como si se estuviera muriendo, lo cual me pareció bastante penoso, a decir verdad, sobre todo porque el motivo había sido suspender el examen de conducir ¡y eso que era la primera vez que se presentaba! Y yo después de diez intentos ahí estaba, tan fresca como una lechuga.    «Pobre inocente» Me daban ganas de enviarle un mensaje por i********: para darle la bienvenida al club. Claro que, dudo que esa chica llegara a superar mis diez suspensos. Eso era una cifra imposible de superar y de la que hasta me sentía orgullosa.     «Bueno, decir que estaba orgullosa eran palabras mayores»     El punto es que si esa “Doña perfecta”, novia de un futbolista famoso y YouTuber del momento suspendía, es porque se trataba de una nueva moda y yo la estaba cumpliendo al pie de la letra como una campeona.       Además, ¿qué más me daba a mí? Estaba claro que jamás obtendría el permiso de conducción. Después de a jugarreta y la marca que les he dejado, jamás me dejarán regresar a esa autoescuela, la única del pueblecito de Gerberoy. Yo solita me había encargado de cavar mi propia tumba y aunque no me arrepentí de haberles rayado el coche, no pude evitar sentirme un poco deprimida por no conseguir ese carné.      —Lorette—la voz de mamá me sacó de mis pensamientos, obligándome a levantar la cabeza para regresar al mundo real. —Lorette, cariño.  Rossaline te está hablando.      Parpadeé un par de veces para acostumbrarme al ambiente del pequeño taller de costura de mi madre y busqué con la mirada a la pequeña anciana que siempre venía a visitarnos y a pedir algún arreglo para sus cincuenta vestidos, confeccionados por mi talentosa madre. La mejor modista de todos los tiempos y la que había logrado acaparar a todas las vecinas del pueblo.      —O-Oh, Rossaline discúlpame—esbocé una media sonrisa y me coloqué detrás del mostrador para atenderla. —Hoy estoy en las nubes—tracé varios circulitos con el dedo sobre el cristal del mostrador y suspiré. —Un día duro, supongo. —hice mis mejores esfuerzos y estiré mis labios, ensanchando mi sonrisa—En fin, ¿en qué puedo ayudarte?      —Ha vuelto a suspender el examen de conducir—soltó mi madre, delatándome como la peor de las traidoras. —Por eso va por ahí como un alma en pena.      Me giré de inmediato y la miré con una expresión de sorpresa mezclada con la traición.      —¡Mamá! —gruñí. Las mejillas se me tiñeron de rojo y sin saber cómo explicar mi metedura de pata, volví a enfrentar a la ancianita que, básicamente, formaba parte de nuestra familia. —P-puedo explicarlo.      Todo el pueblo conocía mi fracaso con el coche, sobre todo en mi barrio, una plaza redonda con un olivo milenario en medio y rodeado de casitas alrededor. Era como una especie de olla donde todos los vecinos éramos los ingredientes que conocían todos y cada uno de los asuntos que se cocían en casa familia.      Esa misma mañana, de madrugada, cuando salí por mi casa lista para ir a la autoescuela, todas las ventanas de la calle estaban abiertas. Mi madre se había encargado de decirle a todas las vecinas que ese día iba a traer el coche a casa y todas se despertaron temprano para desearme buena suerte.     Así que ya podéis imaginar la cara con la que debía mirar a la mujer que se había declarado mi fan número uno y que me había dibujado hasta una pequeña pancarta con un dibujo que supuestamente era yo conduciendo un coche. Bueno, realmente, parecía un humanoide en una camilla de hospital, que curiosamente, representaba muy bien mi estado de ánimo en aquellos precisos instantes.     —Yo iba muy bien, por mi carretera derecha y despacito, pero un niño se me ha cruzado con el patín y…      Rossaline liberó una pequeña risotada y negó con la cabeza, callando mis maravillosas excusas.      —Cielo, eso no es una sorpresa— confesó.      —¿Verdad que no? —mi madre salió del almacén y asomó la cabeza. —Eso mismo le he dicho yo. Pero ella insiste e insiste en seguir arrastrándose por ahí como si fuera el fin del mundo.       —¡Pero bueno! ¡¿Y este ataque doble tan gratuito?!—puse los brazos en jarra. —Ya veo que tenéis grandes expectativas puestas en mí.       —Y las tenemos, cariño, pero está claro que conducir no es lo tuyo y no te enfusques, es algo normal. En la vida no se puede ser bueno en todo—argumentó Rossaline, con su típico tono de voz de sermón.       —Lo dices como si ya fuera un caso perdido—murmuré, inflando los mofletes mientras me cruzaba de brazos. —No soy la única que suspende.       —Ya llegará día que lo consigas, tú tranquila, simplemente tienes que darle tiempo al tiempo. Algunos tardan más que otros y está perfectamente bien con eso. No todo el mundo tiene las mismas facilidades para ponerse frente al volante—Rossaline tomó asiento en la pequeña silla de madera que había junto a la puerta de la tiendecita. Puso su bastón frente a ella y apoyó su mano derecha sobre la otra, adoptando la típica pose de chamana, así es como me gustaba llamarla a mí porque, en parte, lo era.      —Eso no lo tengo tan claro—refunfuñé por lo bajo. —Después de diez intentos, empieza a volverse desesperante— solté un sonoro suspiro y me apoyé sobre la pared de mala gana. —Además, esta ha sido mi décima y última vez presentándome a ese examen. No volveré a esa autoescuela en la vida.      —¡Venga, niña! ¡No seas tonta! Con esa actitud tan negativa ahuyentas hasta a los malos espíritus y mira que últimamente hay unos cuantos revoloteando por aquí. Si te pillan con la guardia baja, pueden volverse en tu contra y ya sabes que odio las posesiones y exorcizar. Los gastos son terribles. La última niña me dejó sin blanca.      ¿Veis ahora por qué la llamo  pitonisa? Esa mujer a veces daba miedo, podía averiguar tu futuro con solo mirarte a los ojos. Estaba segura de al momento de verme salir por la puerta esta mañana, ya sabía que estaba suspensa. Pero claro, decírmelo hubiera supuesto enfadar a los espíritus y según ella tenían muy malas pulgas. De pequeña, más de una vez tuve que dormir con mi madre por culpa de los espíritus de Rossaline.      —Pasaré por alto a los espíritus e iré al grano— dije, cruzándome de brazos. —No voy a volver a esa autoescuela.      —Eso lo dices porque todavía tienes el examen muy reciente. Cuando pasen unos mesecitos y despejes esa cabecita tuya, lo verás todo con más claridad. Ahora, lo que debe preocuparte es la universidad, recuerda que mañana tienes que empezar a empacar tus cosas e irte mentalizando para lo que…       —He rayado la pintura del coche de la autoescuela— confesé, interrumpiendo de lleno las palabras de mi madre.      Me había metido en terreno pantanoso al confesar mi pequeña travesura, pero tanto positivismo me estaba volviendo cada vez más y más pesimista. Ellas lo veían todo color de rosa, como si conducir se tratara de subir a un unicornio y cabalgar en un arcoíris desierto de niños suicidas. Pero la realidad era bien distinta: había suspendido diez veces y para colmo me había auto expulsado de la única autoescuela del pueblo.      —He arruinado la carrocería del coche y seguramente tenga prohibida la entrada a esa academia para lo que me queda de vida—levanté mis dos manos en gesto de obviedad y me encogí de hombros. —Eso es lo que hay, así que dejad ya la charla de autosuperación porque ahora mismo, Lorette Bellrosse tiene vetada la entrada en esa autoescuela.      Tanto mi madre como Rossaline se quedaron perplejas mirándome como si fuera el demonio reencarnado en una pelinegra con cara de ángel.     —¿Q-Qué has hecho qué? —Rossaline entrecerró los ojos e hizo una mueca, torciendo la cabeza para orientar su oreja. —D-Disculpa, creo que he escuchado mal. Mercy, ¿la has oído tú? —liberó un par de toses y añadió—A estas edades una no para de escuchar pamplinas.      —Lorette, hija mía, ¿qué estás diciendo? —mi madre se veía tan confundida como abochornada y sabía a la perfección que después de eso, venía la fase tornado múltiple con una dosis de zapatillazos y gritos de ogro que retumbaban por todo el vecindario.      Me mordí el labio inferior y me llevé una mano a la nuca sin saber donde meterme.      —Verás… Antes de que digas nada—tiré con nerviosismo de algunos mechones cortos que reposaban sobre mi nuca y me removí incómoda—. Quiero que sepáis que todo tiene una explicación lógica.      En realidad, de lógica no tenía nada, pero bueno, era mejor no echarle sal a la herida.          Estaba viendo como la cara de mi madre se iba transformando poco a poco para dar lugar a la bestia que, por desgracia, conocía muy bien, cuando mis ojos localizaron algo todavía más aterrador reflejado en el cristal del escaparate.     —¡No fastidies! —exclamé, retrocediendo un par de pasos y preparándome para echar la carrera. —¡Han venido a por mí!      —¿Qué ha venido quién? —repitió Rossaline, acercando más su oreja. —¡Esta niña cada vez habla peor! ¡Yo no me entero de nada!      —¡Ay, madre! ¡Han venido por lo del coche! — miré a ambos lados, buscando la salida más rápida mientras veía como mi profesor se aproximaba a la entrada para abrir la puerta. —¡¡No estoy!! ¡Decidle que no estoy!     —¡¡Lorette!!— me llamó mi madre. —¡No seas cría! ¡Ven y discúlpate ahora mismo!     «Y un rábano»      Y de nuevo, hice lo que siempre hacía cada vez que la liaba: huir y que nada ni nadie me atrapara, o al menos eso creía yo… Hasta que lo conocí a él.                                                                                                •   •   •
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