Lorette
Permanecí tumbada boca abajo en la cama, como una sardina tiesa en conserva dentro de su lata, con la cabeza pegada al colchón y la almohada puesta encima para evitar escuchar los alaridos descontrolados del profesor.
La discusión ya había cesado y al parecer tras una hora y media de gritos y protestas, comenzaron a hablar como personas civilizadas. Ahora, la conversación era más complicada de escuchar, pero tampoco iba a quejarme. De hecho, la única función de mi almohada era ejercer de tapón de oídos para no ser testigo de cómo el hombre al que le había rayado el coche me insultaba delante de mi madre y mi vecina.
Liberé una pequeña maldición y reprimí un sollozo. Odiaba esa autoescuela y no me arrepentía de haberles dado su merecido, pero me sentía como una miserable escuchando como mi madre se enfrentaba al profesor junto con Rossaline para negociar el precio de los daños que yo misma había ocasionado.
Si había algo que siempre había detestado, era causar gastos de más e innecesarios a mi madre. El dinero no nos sobraba. Si era cierto que hambre no pasábamos y nos abastecíamos perfectamente. Éramos una familia pequeña y por lo tanto humilde. Nunca habíamos tenido demasiados gastos, al menos no hasta ahora que teníamos que pagar los costos de la universidad y el apartamento donde residiría a partir de la semana que viene.
Mis años en el instituto no fueron tan espectaculares como lo pintan en High school musical. Allí nadie cantaba, nadie bailaba. Tampoco había clubs de teatro o de manualidades. Ni compañeros que al final se convertían en una gran familia a la que extrañar una vez entrabas a la universidad. De hecho, ni siquiera había taquillas, mucho menos había chicos como Troy Bolton, aunque, entre tú y yo, ese chico perfecto de sonrisa impecable y voz sexy jamás llegó a ser mi crush y por eso fui llamada bicho raro durante los tres últimos años de instituto.
Si no eras como el resto, no tenías lugar en la clase, ni tenías derecho a formar parte de su piña de super amigos. Si no te gustaba hablar de chicos, no eras digna de ellas. Si no te gustaba hablar de sexo, eras una santa Teresa de Calcuta y por lo tanto, una pringada. Si eras virgen, directamente ibas al club de mega petardas que no se había comido nunca un rosco. Imaginad que bonito panorama para una pobretona como yo, abandonada por su padre a los cinco años y con un trauma de por medio que la obliga a repeler a cualquier tío que intenta acercarse a ella.
Fui la marginada de la clase. Era invisible para todos y a la única a la que nadie escogía para formar equipos cuando en clase de educación física nos pedían elegir compañeros. Era humillante ser siempre chica de repuesto y a la única a la que nunca avisaban cuando organizaban fiestas. Mis compañeros no tuvieron una actitud ejemplar, aunque no puedo decir que recibí bullying como tal. Me ignoraron y hablaron de mí a las espaldas, pero no me robaron el almuerzo o fueron tirar huevos a mi casa. Tampoco me golpearon, ni muchísimo menos. Bueno, en realidad, si se hubiera dado el cao y se hubieran atrevido a ponerme una mano encima, me hubiera puesto chunga de verdad. Les hubiera arrancado las pestañas una, dado el caso. Ya lo pasé lo suficientemente mal al no sentirme querida o parte del grupo, no estaba dispuesta a ser su saco de boxeo también.
Y con este bonito resumen sobre lo fantásticos que fueron mis seis años se instituto, puedo llegar a la conclusión de que lo único bueno que pude sacar de mi adolescencia, es la beca que logró llevarme a una de las mejores universidades de diseño de Francia. En parte, podría darle las gracias a mis compañeros por ser tan capullos conmigo, porque gracias a ello pude dedicarme al cien por cien a mis estudios y lograr mi propósito. Obtuve matrícula de honor y conseguí pagar los gastos y la entrada al campus de París.
No importó como de solitarios fueran mis años en el instituto, al final logré lo que muchos de esos idiotas no lograron: entrar a la universidad. Lo mejor fueron las caras de lagartas envidiosas que me taladraron desde el escenario cuando el director del instituto me entregó la matrícula de honor y mi beca de estudios.
En resumen, yo solita logré pagar los gastos de la universidad y el apartamento donde residiría los siguientes cuatro años y eso era lo único que importaba. Lástima que no pudiera hacer lo mismo con el dichoso carnet de conducir.
Maldije en voz alta. Siempre había sido buena en todo—excepto en llevarme bien con los heterobásicos de mis compañeros de clase—. Estudiaba y sacaba buenas notas. ¿Por qué no podía ser igual con las clases de coche? No importaba cuanto practicara o cuantos tutoriales me viera en YouTube, al final siempre suspendía.
Liberé un sonoro suspiro y aparté la almohada de mi cabeza mientras giraba sobre mi cuerpo para quedar de cara al techo.
Realmente quería abandonar mi pueblecito con un buen sabor de boca y empezar mi etapa universitaria con ese obstáculo ya superado, pero al parecer, tendría que llevarlo a las espaldas. En fin, quien sabe, puede que en la gran ciudad tuviera mejor suerte y lo consiguiera allí, aunque con el triple de coches y el doble de tráfico dudaba que así fuera.
La simple imagen de imaginarme a mí rodeada de coches descontrolados, carriles dobles y triples y semáforos estropeados me hicieron temblar de horror.
«Ni la peor de mis pesadillas es tan horrible como eso»
—Pensándolo bien, el transporte público no está tan mal—reflexioné. —¿Quién necesita un coche hoy en día?
No paraba de darle vueltas a lo mismo. Carnet, carnet y más carnet, hasta yo mismo reconocía que estaba siendo una pesada. Aburría hasta a las moscas con el mismo mono tema, pero sinceramente, prefería pensar en ello antes que en la universidad. Si me deprimía por mi suspenso, no tendría que deprimirme por mi partida, ni preocuparme por la ansiedad que me producía tener que dejar Gerberoy. Me aterraba que se pudiera repetir la misma historia de mi adolescencia y que todos actuaran como si fuera invisible: la empollona que solo sabía estudiar y era incapaz de tener vida social.
Otro de los grandes miedos que me había estado agobiando los últimos días era dejar sola a mamá. Desde que mi padre abandonara nuestra familia, nos habíamos tenido la una a la otra, y aunque mi madre había sido la persona que más me había animado a dejar el nido y convertirme en una diseñadora de bien, era plenamente consciente de que una parte de ella temía dejarme marchar.
Suspiré pesarosa y cerré los ojos. Suspender el examen de conducir no era nada en comparación con marcharme de casa y dejar el barrio en el que había crecido. Mis vecinos eran unos pesados a veces y odiaba que me pellizcaran mis mejillas llenas de pecas, pero me encantaba gastar el tiempo escuchándolos hablar y hablar sin parar, contándome sus anécdotas y los cotilleos de último momento. ¡Incluso amaba a los espíritus de Rossaline! ¿Quién predeciría mi futuro a partir de ahora!
No me importó no tener amigos en el instituto, tenía a la gente de mi barrio. Tenía vecinos encantadores que alegraban mi día a día y me trataban como a una hija propia. Amaba jugar al escondite con niños diez años menores que yo. Amaba hacer los recados de los más mayores y escuchar las historias de su juventud y, sobre todo, amaba las fiestecitas que hacíamos todos los domingos y las barbacoas que duraban desde el día hasta la noche.
Abracé mi almohada nostálgica y me recosté de medio lado.
—En dos días todo habrá acabado.
Dos golpecitos consecutivos se escucharon al otro lado de mi puerta. Levanté ligeramente la cabeza y apoyé la barbilla sobre la almohada.
—Voy a entrar, cariño—oí decir a mi madre.
—Entrarás de una forma y otra— murmuré enterrando nuevamente la cara en mi almohada. —Aunque te diga que no.
El chasquido de la puerta me advirtió de la presencia de mi madre.
—¿Se ha ido ya? —pregunté, haciendo la croqueta y arrastrándome como un perezoso sobre mi cama.
—No— respondió mi madre. —Y no se irá hasta que bajes. Lorette, le debes una disculpa a Antoine.
—Lo sé—asumí. Estaba claro que debía dar la cara en algún momento, pero ¿Qué les costaba darme un poco más de tiempo? Al menos para que pudiera arrepentirme, porque ahora mismo, además del arañazo, podría romperle el cristal de una ventana con una pedrada y me quedaría tan campante. —Pero que sepas que no me arrepiento de nada. Ese hombre es un estafador. Él y su autoescuela suspenden a la gente para ganar más dinero. Seguro que se limpian el trasero con nuestro dinero.
—Lorette no hables así de los mayores—me regañó mi madre. Utilizó el mismo tono que empleaba cuando insultaba de pequeña a alguien del barrio. —La única que ha actuado mal aquí has sido tú y en esta familia asumimos nuestras responsabilidades como es debido. Nada de huir, jovencita. No te he educado para que salgas corriendo cuando las cosas se tuercen. Si una simple disculpa te supone un problema tan grande, ¿qué será de ti en la gran ciudad? París no jauja y vas a tener que saber sacarte las castañas del fuego tu solita. Así que ya estás levantando ese culo y bajando como Dios manda.
«#Miedo», cuándo utilizaba ese tono, más me valía obedecer y no abrir a boca, ni siquiera para rechistar un poquito.
—Lo sé, lo sé…— me incorporé lo más despacio que pude, alargando lo inevitable. Extendí la pierna derecha hacia el borde de la cama y luego la izquierda hasta que mis pies lograron tocar el suelo y como si fuera una oruga, me arrastré hacia abajo hasta que mi trasero también tocó el suelo.
Alcé la barbilla y miré a mi madre y un escalofrío recorrió todo mi cuerpo enterito porque lo que me encontré fue una escena absolutamente aterradora. Desde aquel ángulo se veía aún más imponente: pies y piernas grandes y cabeza diminuta. Parecía que un aura oscura y diabólica flotaba alrededor de su cabeza.
«Mierda, tiene los brazos cruzados y está dando golpecitos con el pie al suelo una y otra vez» Es decir: Mal augurio
—En pie—ordenó, enarcando una ceja. —Ahora.
Resoplé con desgana, alborotando algunos mechones de mi flequillo y acaté sus órdenes.
—A sus órdenes, señora—me puse las zapatillas de estar en casa y caminé hacia la puerta seguida de mi madre.
Giré la esquina y las escaleras que conducían al piso de abajo se convirtieron en las escaleras que descendían al infierno o al menos así es como las vio mi cabeza. Paredes consumidas por las llamas y escalones repletos de pinchos y tornillos cuya función era castigar a los pecadores para que se retorcieran en dolor de camino a ver al mismísimo diablo que, esta vez se había reencarnado en un profesor de autoescuela.
Rechiné mis dientes y bajé de uno a uno los escalones. Normalmente solía saltar de dos en dos y de tres en tres, por no hablar de las veces que me deslizaba por la barandilla, pero ver a ese hombre del demonio no me producía esa emoción como para ir pitando a recibirlo.
Cuando llegué a la planta baja me prepararé mentalmente y adopté una expresión de indiferencia que no deja ver lo miserable que me sentía.
«Ante todo, cabeza alta», aunque el tío fuese un imbécil monumental.
Le eché una última ojeada a mi madre por encima del hombro y ella me instó con la cabeza a abrir la puerta del taller de costura, donde Antoine Delpuois me estaría recibiendo con los siete males encima.
Tomé aire y respiré hondo. Posé la palma de mi mano sobre la pequeña puerta de madera y empujé hacia delante, cerrando los ojos de inmediato y casi por instinto para no ver su mirada juiciosa y decepcionada puesta en mí.
Cerré mis manos en puños y oculté mi cabeza entre mis hombros, quedándome casi sin cuello, con los ojos tan cerrados que incluso me hice daño.
—¡¡Lo siento muchísimo!!
Pero no escuché reprimenda alguna. Tampoco un grito ahogado ni un: Págame los daños causados. Lo que vino a continuación fue algo que me dejó completamente boquiabierta.
Primero vino un gran chiflido impulsado por un flautín de fiesta y cuando abrí los ojos un montón de motitas de confeti cayeron del cielo, nevando nuestro taller de miles de colores diferentes.
—¡¡Sorpresa!!
No podía creer lo que estaba viendo. Todo el mundo estaba allí reunido. Todo el barrio. Todo el vecindario había venido a verme con una sonrisa radiante puesta en sus rostros. Todos estaban disfrazados con trajes y vestidos horribles pero geniales a la vez, con gorros ridículos, gafas enormes y colgantes de flores y faldas de hawaianos. Tocaban el flautín, las castañuelas, la pandereta, el tambor y los palillos. La música era espantosa pero literalmente, fue música para mis oídos.
Me llevé ambas manos a mi boca para sofocar un sollozo y noté mis ojos empañarse en un mar de lágrimas de felicidad.
—Dios mío…— murmuré. —Estáis locos.
Mis ojos viajaron a una gran pancarta que sujetaban entre todos, adornada, dedicada y firmada por cada uno de mis vecinos.
"Sayonara, Lorette"