Lorette
—Esto evitará el mal de ojo—Rossaline me ató un hijo rojo alrededor de la muñeca y lo apretó bien fuerte para asegurarse de que estaba bien sujeto. Solté un leve quejido y cerré un ojo al sentir como se me aprisionaban las venas. —Esto disolverá las malas auras de la mala gente—me colgó un colgante con un amuleto con forma de cuerno y regresó a su bolso de tela, donde parecía haberse traído un regimiento entero de amuletos de la suerte—Ah, casi lo olvido—me colocó un segundo colgante que quedó encima del cuerno. Me sentía cada vez más y más un perchero de la prehistoria—Es un llamador de ángeles, te protegerá allá donde vayas.
La ancianita me miró pensativa, analizándome con sus ojos negros y pensando que más le faltaba para convertirme en un objeto divino caído del cielo.
—¡Claro, hablando de ángeles! —volvió a meter la mano dentro de su bolsa y yo no pude evitar buscar a mi madre con la mirada, en busca de ayuda. Si la cosa continuaba así acabaría vestida con una túnica negra, un sombrero de plumas y zapatos de huesos de cráneo. —Por poco lo olvido también. Menuda cabeza tengo.
Rechiné los dientes y me giré despacio.
—Ey…—murmuré lo más bajito que pude, buscando apoyo en cualquiera de mis vecinos que en ese preciso instante estaban más ocupados recogiendo el desastre que había quedado después de la fiesta. —¿Alguien puede echarme una mano?
Un buen capón con los nudillos cerrados fue lo único que recibí.
—¡¡Ay!!—me quejé, cerrando los ojos mientras me giraba nuevamente hacia Rossaline.
—¡No hay ayuda que valga, jovencita! —me gruñó.
«Y eso que está sorda»
La fulminé con la mirada y me rasqué la zona de golpe.
—Escuchas lo que te conviene y cuando te conviene— liberé un pesado suspiro y me dejé hacer.
—Estoy preparándote para la gran ciudad. Sé un poco más agradecida—sacó una pulsera confeccionada a base de perlas rústicas y me cogió la mano para atarla junto al hilo rojo. —Ten, para alejar las malas lenguas de la gente. El mal puede estar en todas partes sobre todo en una ciudad tan grande y una niña tan pura como tú no soportaría tantas desgracias. Te consumirán sin que te des cuenta.
—Rosssaline, estaré bien—dije, especialmente cuando la vi ponerse melancólica. Estaba preocupada por mi partida y en parte era normal. Había crecido junto a ella desde los cinco años, cuando nos mudamos a Gerberoy unos meses después de la desaparición de mi padre. Desde entonces, Rossaline nos estuvo visitando día a día, rezando y pidiendo a los espíritus que velaran por nuestra familia rota, Su presencia y compañía nos hizo mucho bien tanto a mi madre como a mí—Soy un hueso duro de roer—sonreí con suficiencia y me señalé—. O si no, díselo a Antoine Delpuois. Nadie se mete conmigo sin salir impune.
El tipo de la autoescuela se había atrevido a burlarse de mí junto con el horangután de examinador, pues bien, se acordarían de mí cada vez que hicieran uno de esos “exámenes” y mi nombre se haría leyenda. Las pobrecitas almas desamparadas que vayan al campo de batalla me tomarían de ejemplo. Sería una martil que se sacrificó, suspendió y fue expulsada por el bien común.
Casi me puse a babear con tan solo imaginar una fantasía como esa, cuando un segundo coscorrón llegó de inmediato.
—¡Ay! ¡Pero bueno! ¡¿A qué ha venido ese?!—me masajeé la cabeza e hice un pequeño puchero. —Encima que intentaba animarte.
—No tientes a la suerte—me reprendió. —Siempre hay que andarse con cuatro ojos— me levantó el dedo índice en señal de advertencia y yo retrocedí un paso. —Nunca hay que confiarse, a veces las personas no son lo que parecen. Algunos hasta tienen al demonio dentro.
—Rossaline, déjalo ya, vas a asustar a la niña—mi madre apareció por detrás y negó con la cabeza. —La gente de la gran ciudad no tiene cuatro ojos y dos cabezas. Viven al lado de Gerberoy, no en Marte.
—¿Y te crees que no lo se, Mercy? He vivido ochenta años por algo, tengo experiencia y por eso sé que esa gente es peligrosa. Se parecen a nosotros, pero tienen muchas picardías—aseguró nuestra vecina. —Esos saben mucho porque crecen con el peligro pegado a la espalda. Te camelan con sus palabras y buenas lenguas y luego te apuñalan por detrás—se giró hacia mí y me dio un golpecito con su garrota en el hombro. —Tú hazme caso y ya verás como te irá muy bien.
—N-No estoy muy segura de eso…— musité, esbozando una sonrisa incómoda.
—Lorette—sentí una manecita tocar mi pierna y de inmediato agaché la mirada. Emma, Hugo y Louis, los pequeños del barrio estaban a mi lado, cada uno con un papelito en la mano. —Toma. Hemos hecho esto para ti—levantaron sus bracitos para extenderme cada uno el suyo y me miraron con una sonrisa emocionada entremezclada con las lágrimas.
—Ains, ¿de verdad son todos para mí? —dije, aceptándolos todos.
—Sí—aseguro Hugo. —Hemos estado haciéndolos toda la semana en casa de Rossaline, para que te los lleves a París y te acuerdes de todos nosotros.
Le di media vuelta a cada dibujo y los ojeé uno a uno con atención bajo los tres pares de ojos expectantes de ver mi reacción.
—Son todos una maravilla—confesé viéndome a mí misma retratada junto a cada uno de ellos.
Hugo me dibujó como una superheroína, con antifaz y capa sobrevolando el cielo junto a él; Emma me reencarnó en una princesa con un precioso vestido rojo y una corona más grande que mi cabeza y Louis me dibujó dentro de un coche subido en un globo terráqueo, viajando por todas partes del mundo.
—¡Gracias! ¡Muchísimas gracias! ¡Serán mi tesorito allí en París!
—¿Te gustan? —preguntó Emma con su típico tono de voz suave y callado que apenas se escuchaba.
—¡Claro que sí! ¡Los tres sois grandes artistas! —me agaché para quedar a su altura y les dediqué una espléndida sonrisa. —Soy muy afortunada de tener tres dibujos tan bonitos.
—¡Sobre todo el mío! —aseguró Hugo—. ¡Es el mejor de todos, ¿a que sí?!
—¡No! ¡El mejor es el mío! — Louis le dio un pequeño empujón a Hugo y lo echó a un lado! — Los superhéroes no existen y Lorette no vuela. Tu dibujo es mentira.
—¡No es mentira! —Hugo se recompuso enseguida y le devolvió el empujón a Louis. —¡Los superhéroes existen y Lorette volará algún día!
«Y ya empezamos»
—¡No puede! ¡No puede! ¡No puede! ¡No puede! — Louis comenzó a gritar lo mismo una y otra vez, impidiendo a Hugo rechistar.
—Ey, ey— levanté mis dos manos en son de paz, tratando de calmarlos, aunque cuando esos dos empezaban a pelear, no había quien los parase. —Chicos, tranquilizaos. Los dos dibujos son geniales.
—¡¿A sí?!— gritó Hugo. —¡Pues Lorette tampoco puede conducir!
«Auch, golpe bajo» ¿veis?, hasta los enanos del pueblo eran conscientes de mi fracaso con el coche.
—¡Así que tu dibujo también es mentira! ¡Mentira, mentira, mentira, mentira!
Rechiné mis dientes y me aguanté las ganas de noquear aquellos dos mocosos por ruidosos y por poner en duda mis grandes cualidades como conductora de primera. Los tres enanos eran adorables pero los dos diablillos eran un torbellino diario y no había quien los controlara. La única manera de que dejaran de pelear y se calmaran, era jugando al escondite, al pilla pilla o en el peor de los casos, sacando la artillería pesada: Rossaline.
—¡Mentira, mentira, mentira! ¡Es mentira! ¡mentira!
—¡Que no! ¡No, no, no, no!
—Mocosos escandalosos…—el aura oscura de Rosaline apareció a las espaldas de los dos niños, devorando sus dos cuerpecitos con su sombra y por ende acallándolos de inmediato. —¡Cerrad el pico de una vez si no queréis ir derechitos a la habitación!
La habitación. Vaya, la cosa se ponía chunga por aquí.
—No, no, Señora Rossaline, no queremos ir a la habitación—Hugo se escondió detrás de Louis quien no supo donde meterse en ese preciso instante. —Seremos buenos.
—S-Sí—reafirmó Louis, asintiendo varias veces con la cabeza —Muy buenos.
Básicamente, la habitación consistía en un cuarto oscuro que Rossaline tenía en la planta baja de su casa y donde supuestamente los niños malos iban cuando se portaban mal. Allí, los espíritus les contaban historias de miedo hasta que se arrepentían de todo lo malo que habían hecho.
Confieso que yo nunca fui allí y eso que de niña no fui ninguna santa. Hice mis travesuras y por lo tanto, tenté la ira de Rossaline alguna que otra vez, aunque siempre fui muy buena esquivando su habitación del demonio.
—Mas os vale…— se recargó su garrota en el hombro y caminó como si nada. Obviamente, su bastón era todo fachada. Aquella ancianita estaba mejor que yo y eso que tenía ochenta años a la espalda. —Porque cuando me enojo, tengo muy mala sangre.
—Lorette…— Emma me agarró de la falda y tiró de ella levemente. —¿De verdad tienes que irte mañana?
Bajé la mirada y me agaché de forma que mis rodillas quedaran pegadas al suelo.
—Así es, pequeña— dije. Noté como la tristeza reflejaba cada una de mis palabras. —. Pero, vendré de visita siempre que pueda y cuando me convierta en una gran diseñadora, regresaré para hacerte todos los vestidos de princesa que quieras.
Mis palabras no parecieron animarla demasiado y lo supe con solo ver como su labio inferior comenzaba a temblar, hasta realizar un puchero que terminó con un mar de lágrimas.
—¡No quiero que te vayas! —gritó y se lanzó a mis brazos, recostándose contra mi pecho como solía hacer siempre. —¡Quiero que te quedes con nosotros!
—Emma…— murmuré y el nudo que se formó en mi garganta fue completamente palpable. —No llores…
Ya sabia yo que las despedidas no eran buenas, pero maldita sea, son peor de lo que esperaba
—Si lloras…— una capa cristalina nubló mi campo de visión y como una idiota incapaz de retener las lágrimas, comencé a llorar. —No podré evitar llorar también.
—¡Yo también quiero! —gritó Louis, correteando hacia nosotras.
—¡Y yo! ¡Y yo! —Hugo se unió al instante.
Extendí mis brazos para recibirlos a los dos y acurrucarlos conmigo.
—¡Abrazo de oso! —dijeron los dos justo antes de abalanzarse sobre nosotras y hacernos caer a un suelo repleto de confeti.
—No sabéis lo mucho que os quiero pulguitas—aseguré abarcándolos a los tres con mis brazos.
—Podemos construir una Universidad en Gerberoy—dijo Hugo. —Así no tendrías que marcharte.
—¿Mmm?—levanté la cabeza para mirarlo con una ceja enarcada. —Me gusta la idea.
—Sí—Emma se removió emocionada. —Hugo quiere ser arquitecto de mayor. Seguro que construye una universidad enoooooorme— extendió sus dos bracitos imitando la inmensidad de su supuesta universidad.
—Suena muy tentador—aseguré.
—¡Pues manos a la obra! —Hugo se puse en pie de inmediato. —¡Construiré la mejor universidad del mundo mundial para ti! ¡Ya lo verás! ¡Y podrás regresar aquí, con nosotros!
—¡Y yo lo ayudaré! —Louis se zafó de mi brazo y correteó hacia su amigo.
—¡Y yo! — y Emma no tardó ni dos segundos en acompañarlos.
Liberé una sonora carcajada y los miré con una ceja enarcada.
—Muy bien, mis tres constructores, sorprendedme.
Por esta vez, decidí creer en las fantasías de aquellos niños y sumergirme en su mundo irreal. Quería creer que podría quedarme allí para siempre, con mi familia y no salir jamás de mi capullito de cristal. Permitirme vivir en aquella pequeña mentira me trajo la felicidad que necesitaba para no pensar en nada más, ni muchísimo menos en alejarme de la única familia con la que me había criado.