Lorette
Revisé por tercera vez mi cabello y fruncí el ceño al ver como dos condenados mechones se negaban a mantenerse dentro de la coleta.
Odiaba tratar de seguir tutoriales de Youtube para hacerme peinados bonitos y que luego el resultado fuera una boñiga espachurrada. En comparación con el resultado de la modelo, mi pelo era algo así como: lo que pides por internet (la foto de la modelo) vs lo que te llega (mi pelo espachurrado).
Lamentaba no tener un pelazo de revista, como las modelos que ondeaban su cabello en los anuncios de champú, pero realmente, mi pelo siempre había sido corto y me gustaba que así fuera, sobre todo por la comodidad y el tiempo que me ahorraba en lavarlo y secarlo. Tampoco es que me gustara llevarlo rapado al cero, pero jamás me había llegado más allá de los hombros y supongo que esa era la principal razón por la que era incapaz de hacerme peinados bonitos.
Si bien era cierto que odiaba tener el pelo largo al estilo Rapunzel, tener el pelo excesivamente corto era ya historia aparte y cuando una peluquera osaba cortar más de lo que yo pedía, la bestia encerrada en mi interior despertaba y era capaz de darle un buen bocado en la cabeza de la Señora de las tijeras.
Desde pequeña siempre había pensado que ir a la peluquería suponía salir de allí con la cabeza más brillante que una bombilla. Uno de mis mayores traumas era la alopecia y el principal detonante de aquella horrible maldición era la peluquera del barrio, Coroline, una señora que podía informar de todo lo que se movía en las calles mientras dejaba a su pobre victima con cuatro pelos en la cabeza.
El pavor a las peluquerías se intensificó aún más por culpa de una pesadilla que tuve a los cinco años. El sueño era tan ridículo como aterrador a partes iguales. Lo más probable es que un extraño cualquiera se riera en mis narices, pero a mí me provocaba escalofríos. Lo recuerdo con tanta claridad que hasta daba miedo. En él, yo iba con mi madre a un almacén de muebles, ¿la razón? Ni idea. Ni siquiera entendía como una niña de cinco años pudo soñar con ir a un almacén de muebles, pero da igual, porque lo realmente aterrador fue lo que vino después. Resulta, que la tienda de muebles era en realidad una secta de calvos que atraparon a mi madre para raparle la cabeza, ¡al cero! Parecía que estaban cortando el césped de un jardín en lugar de pelo. En fin, lo demás está un poco difuso porque solo recuerdo a mi madre poseída por la alopecia y a un ejército de calvos abalanzándome sobre mí.
Llamadme rara. Me da igual, pero desde ese momento no he podido acercarme a unas tijeras sin tener escalofríos.
Y por desgracia, mi pesadilla se volvió realidad muchas veces. Mi madre me engañaba diciéndome que iríamos al parque. ¡Pero noooo! En realidad, era una trampa para atraerme a la peluquería. Siempre me trasquilaban como a una maldita oveja. ¡Mi cabeza era una seta cada vez que salía de esa peluquería! Y todo por culpa de ese demonio “Eduardo manos tijeras” reencarnado en Caroline, la peluquera, que parecía tener un fetiche con el pelo de las niñas. Parecía que cada mechón que cortaba, le transmitiera una ola de placer.
Para poner a todo el mundo en contexto de mi lamentable situación y así poder uniros una lloración conjunta, diré que mi madre me obligó una última vez a cortarme el pelo antes de mudarme a París y como no hay ser en la tierra capaz de oponerse a la voluntad de Mercy Bellrosse, decidí abstenerme y hacerme un pequeño recortado de puntas. No estaba muy acostumbrada ir a la estética, especialmente porque las tijeras y Lorette no eran buenas convivientes. De hecho, esos utensilios del demonio me daban bastante miedo, y siendo honesta, la idea de una persona sosteniendo unas afiladas tijeras cerca de mi cuello me producía escalofríos.
«Humano + tijeras = secta calvos = alopecia» Mmmm, creo paso.
Afortunadamente, Caroline se retiró poquitas semanas antes y le había dejado el puesto a su nieta que, según mi madre, había hecho las prácticas en París y había estado en contacto con estilistas reconocidos que se habían encargado de la imagen de grandes modelos de revista. El cuento se escuchaba muy bien y por eso decidí darle una oportunidad. Era una chica joven, más o menos de mi edad. Debía saber que peinados y cortes de pelo eran tendencia en los últimos días, así que pensé: ¿Qué podía salir mal?
Ilusa de mí.
Acabé siendo el conejillo de indias de una practicante a estilista. La chica era muy simpática y todo, ¡pero no sabía ni dónde estaba parada! Tampoco que es yo fuera una experta en estética, pero mínimo sabía que cada mechón debía estar más o menos parejo. Pues no. Mi cabeza fue un manojo de paja cuando la chica comenzó a cortar enormes mechones de cabello que, al verlos caer al suelo, sentí el impulso de llorar.
«Los calvos son mejores que esto», pensé.
Cuando ese demonio terminó de desgraciar mi cabello mi cabeza parecía un circo y lo peor de todo es que recuerdo lo que la muy cínica me dijo al final:
—Veinte euros euros, si es tan amable.
Por supuesto que el llanto duró sólo unos segundos antes de que comenzara a gritar entre lágrimas sobre la catástrofe que le había hecho a mi pelo.
Estaba tan molesta que no dude ni un instante en abalanzarme encima de ella para agarrarla de su cabello y tirar de él con todas mis fuerzas mientras que ella trataba de zafarse, llamándome loca. El alboroto fue tal, que tuvieron que mi madre y otra clienta tuvieron que intervenir y agarrarme para evitar que dejara calva a esa chica, que, por cierto, no tenía intención de usar unas tijeras precisamente.
Cuando me tranquilizaron, la misma Caroline me ofreció una disculpa en nombre de su nieta y se ofreció a arreglar mi cabello sin ningún gasto. Claro que, yo me negué. Mi pobre pelo había sufrido durante muchos años la desgracia de aquella familia de peluqueros y lo de ese día fue la gota que colmó el vaso. Fue mi madre la que logró emparejar mi melena azabache, aunque eso supuso cortar otro tajo bien grande de mi pobre pelo.
Y con eso me prometí una vez más, que jamás volvería a entrar a una estética.
—Lorette, hija mía ¿estás lista?
—¡Sí! ¡Ahora mismo bajo! — tomé las maletas que estaban encima de mi cama y abrí la puerta con dificultad. Aquello pesaba como el demonio y caí escaleras abajo, rodando como una pelota. Me hubiera dado de bruces contra el suelo de no ser porque mi madre me atrapó a tiempo antes de que le diera un cálido y fuerte abrazo al suelo.
«¡Mi heroína, mi ángel de la guarda, mi salvación!»
—Oye, ve más despacio, cariño —enarcó una ceja y negó con la cabeza. —No me gustaría ver que mi hija entrando por la puerta grande a su facultad en silla de ruedas.
—Perdón—sonreí con inocencia y me incorporé de inmediato, colgando sobre mi hombro la mochila que se había resbalado a lo largo de mi brazo. —Son los nervios que pueden conmigo.
—Y los nervios estarán en ese cuerpecito tuyo durante una buena temporada— me quitó una maleta de la mano y reguló la maneta para poder tirar de ella con más facilidad. —Así que más te vale controlarlos si queremos llegar de una sola pieza.
Me reí nerviosamente cargando mi otra maleta para colocarla dentro del auto.
—Lo sé, lo sé—repetí, tirando de mi maleta granate y siguiendo los pasos de mi madre como si fuera un polluelo que persigue a la mamá pato a todas partes—Pero ese gusanillo que tengo en el estómago no deja de molestarme. Ya sabes… Nueva ciudad, nueva casa, nueva gente…—liberé un pequeño suspiró y me percaté de que, de nuevo, estaba comiéndome la cabeza con mis malditas inseguridades.
Cerré mis ojos y negué varias veces con la cabeza, tratando de evaporar las preocupaciones que pudieran venir a mi mente y sustituirlas por cosas bonitas.
— En fin, supongo que es lo normal cuando uno se vuelve universitario, al fin y al cabo. Además, he oído que tienen hasta un taller dónde los estudiantes de arte y costura realizan sus trabajos para empresas exitosas — parloteé subiendo la última maleta a la cajuela. —Ya puedo imaginar el paraíso de telas, bocetos y pasarelas que encontraré allí. ¿Te imaginas que me contratan al terminar las prácticas? —me giré emocionada hacia mi madre y mi corta melena azabache me golpeó un ojo. Ahora, mi pelo se movía más que un flan.
—La industria de la moda en París está disparada. Podrás demostrar tu talento a muchísimas empresas de éxito y quien sabe, puede que alguna quede fascinada con tus diseños— me tranquilizó acariciando mi cabello de manera maternal logrando que calmara un poco mis ansias —No todos tienen esa lucecita que tienes, Lorette.
Se inclinó levemente para besar mi frente y me sonrió.
—Venga, andando. El casero del apartamento nos estará esperando en dos horas y ya sabes que no me gusta llegar con la hora pegada.
Subí al taxi seguida de mi madre, y dándole instrucciones al chofer, partimos hacia nuestro destino.
Había trabajado muy duro durante años para conseguir un puesto dentro de aquella prestigiosa Universidad. Estudié día y noche por semanas para dar el examen de admisión y después de tanto trabajo, conseguí lo que tanto anhelé.
Y ahora estaba a unos cuantos kilómetros de distancia, de cumplir mi sueño.
• • •
Tardamos alrededor de quince minutos hasta llegar la estación de buses y una hora en llegar a la ciudad. Normalmente el trayecto hacia la ciudad de París era de media hora, pero el conductor tuvo que hace varios desvíos por otros pueblecitos de la zona para recoger a más gente.
—Adiós, gracias — nos despedimos del chofer que condujo el autobús de línea hacia París y casi agradecí bajar de aquel vehículo de locos. Sufrí una hora entera sentada sin poder mover ni un solo músculo detrás de una chica que no dejaba de amenazar a su novio. Yo no me consideraba una persona tranquila y callada y vale, puede que a veces fuera un poquito maleducada, pero lo de aquella tipa era cosa aparte. Yo, a su lado, era un angelito caído del cielo y eso que de ángel yo tenía muy poco.
—¡Ni se te ocurra cortarme, ¿me oyes?! ¡Como cortes, cojo a tu perro, lo encierro en tu casa con tu portátil y le prendo fuego!»
Por un momento llegué a pensar que estaba frente a una psicópata en potencia e imaginarme la escena me hizo querer romper una ventana y largarme de allí, ¿pensaba quemar a un pobre perrito? ¡Menuda loca!
—¡Que no cuelgues el teléfono! ¡Te he dicho que no me cuelgues!
Aún desde la calle y con el autobús cerrando sus puertas, pude escuchar a la loca de la colina gritar sin ton ni son. Era peor que una muñeca de cuerda. Se repetía y repetía sin parar. Si yo fuera su novio, cogería a mi perro y me largaría del país.
—Por dios…, que gente más rara—se quejó mi madre, aún espantada por lo que acababa de ver y escuchar. La pobre no fue capaz de encontrar ni dos palabras de la sopa de letras que se había llevado para entretenerse durante el trayecto. — Así, una no puede hacer sus sopas de letras tranquila.
—Y que lo digas…—murmuré, todavía pensando en el perrito. —Yo solo espero que el perro no salga mal parado. No lo entiendo, llevo todo el trayecto intentando asimilarlo y no lo entiendo—me quejé indignada y eso que no tenía vela en aquel entierro— ¿Qué culpa tiene el pobre perro? Seguro que el animal estará comiendo y durmiendo tan tranquilamente mientras que una loca psicópata planea quemarlo para vengarse de su novio.
—¡¿Cómo va a vengarse?! La gente es muy valiente por teléfono, pero cuando tienen que dar la cara, meten el rabo entre las piernas—aseguró mi madre. —Me gustaría verla luego.
—Mmmm…No sé qué decirte— de esa tía no me fiaba ni un pelo. Si en las noticias de la tarde, anunciaban un homicidio, podría alardear de saber sobre los protagonistas—Ya podemos decir que tenemos nuestra primera anécdota del viaje— sonreí y extendí mi mano con dos deditos en alto para posar, sonsacándole a mi madre una risotada.
—Si son así de raras, espero no tener que anotar demasiadas—se guardó su libro repleto de sopas de letras en su bolso y sacó su móvil para revisar la dirección del apartamento. —El casero dijo que tomáramos la calle Bastille y luego dirección Nation.
Eché un ligero vistazo a nuestro alrededor, buscando los típicos carteles colgados en la fachada de algún edificio y que indicaban el nombre de las calles. Gerberoy no era ni una quinta parte de París, de hecho, apostaría a que no éramos ni una motita minúscula dentro de aquella masa de coches y personas que se movían a toda prisa como si fuera el fin del mundo.
Al final, Rosalinne tendría razón y los parisinos eran realmente aliens que no pensaban en otra cosa más que llegar a tiempo al trabajo. Esbocé una mueca al pensar que yo formaría parte de todo ese gentío que lucía estresado. Comparada con la tranquilidad de mi pueblo, París era una ciudad de locos y eso solo llevaba dos minutos con los pies puestos en aquella ciudad.
Localicé un pilar de metal con varias señales con forma de flecha y que apuntaban cada uno a una dirección diferente.
—Mamá, mira—señalé la flecha con el nombre de Bastille y dos chicas que pasaron a mi lado se quedaron mirándome por la motivación con la que estaba señalando una señal de calle cualquiera. —Calle Bastille. Es esa, ¿no?
Mi madre comprobó una segunda vez su papel con la dirección, comparando el nombre que el casero nos había enviado al correo con la de la señal.
—En efecto, esa es—me sonrió un poco abrumada y se apartó el flequillo de la frente, tal y como ella hacía cada vez que se ponía nerviosa. — Parecemos dos paletas de pueblo que se han perdido en mitad de la nada.
—Mamá—solté una pequeña risotada y la agarré de la manga de su camisa para arrastrarla hacia la calle Bastille. —Somos dos paletas de pueblo que están perdidas en una selva de gente aburrida y estresada, pero ¿sabes qué?
Mamá enarcó una ceja y esperó que respondiera a mi propia pregunta.
—Estoy muy orgullosa de serlo.
Las dos nos reímos y nos fundimos con la ciudad que muy pronto se convertiría en mi nuevo hogar.