5

2855 Words
Lorette ¡París es una pasada! Era aún más bonito que en Google Maps. Retracto lo que dije al principio de que solo veía gente corriendo de un lado a otro. La asesina de perros me nubló la mente y no pude apreciar bien lo que me rodeaba y ahora que mamá y yo estábamos recorriendo las calles de París, pude apreciar la belleza de la Ciudad de la luz o como muchos también la llamaban: la ciudad del amor. Personalmente, me quedé con el apelativo de ciudad de la luz. El amor me daba bastante grima y me parecía bastante empalagoso comparar una ciudad tan bonita con algo tan básico como el romanticismo.        Con solo levantar un poco la barbilla, pude ver la punta de la Torre Eiffel y mi boca se abrió impresionada como si estuviera presenciando la octava maravilla del mundo.     Desde Gerberoy también se podía ver la punta más alta de la torre sobre todo desde la ventana de la habitación Rossaline, pero desde París, su hogar, su imponencia era aún más palpable. Una de las cosas con las que más había soñado desde pequeña era subir hasta el final de la Torre Eiffel y ver la ciudad completamente iluminada desde el cielo. Siempre me habían fascinado las luces, sobre todo las estrellas. Mis primeros pasos fueron motivados por mi necesidad de abrir la ventana y ver el cielo salpicado por cientos de estrellas. Mis diseños y mis dibujos se caracterizaban por un pequeño toque de brillo, purpurina y destellos. Obviamente no al punto de parecer un árbol de navidad andante, pero si lo suficiente como para convertirse en mi firma.     Las calles estaban repletas de personas y rebosaban vitalidad. No pude resistir el impulso de volver a compararla con mi pueblecito, donde a determinadas horas del día, estaba completamente desierto, como si se tratara de un pueblo fantasma. Al principio, pensé que todo el mundo de allá vivía con prisas por culpa del trabajo, pero descubrí que había algunos que entraban corriendo a las tiendas para comprar lo último en rebajas antes de que se agotaran. Una mueca cruzó mis labios al ver como una chica arrastraba a dos más y empujaban a una pareja antes de entrar a la tienda. En Gerberoy, mi madre y yo poseíamos la única tienda de ropa del pueblo, algunas prendas eran importadas de empresas más grandes, pero la mayoría se adaptaba a los gustos y peticiones de los clientes.     Otros corrían para no perder el bus de línea y llegaban a tiempo de que las puertas se cerraran y de nuevo me acordé de mi precioso hogar donde podías llegar a tiempo a todos lados a pie; otros, en cambio corrían para atrapar una mesa libre en algún restaurante repleto de gente. Un agradable olor a croissant nubló mis fosas nasales y por un momento sentí mis piernas flotar en dirección a una cafetería.     «Croissants… Rico croissant»     —Lorette—mi madre me llamó a lo lejos. —Venga, no te entretengas. El casero acaba de llamar y nos está esperando.     La alcancé de una carrera y caminé a su lado sin dejar de admirar todo lo que me rodeaba. Allá donde mirara, había talento y arte. Un pintor dibujando a una familia en mitad de una plazoleta captó mi atención y me hizo sonreír al ver la caricatura que esbozó en tan solo dos minutos. Los rasgos sus rostros caracterizaban las facciones de cada persona, pero el hombre se las ingenió para deformar levemente las líneas para darle un toque de humor único que terminó enamorando a la familia de asiáticos.      Cuando giré mi rostro a la derecha me encontré con una pianista, que tocaba el instrumento, rodeada de al menos diez personas. Todos la vitoreaban y lanzaban su dinero como si fuera el arroz que se echa a los novios después de casarse. La chica tenía los ojos cerrados, completamente absorta en las notas musicales y la canción que sus dedos creaban con maestría.        —¡Pierre, encárgate de la mesa tres!— un camarero pasó por delante de mí a toda con una bandeja repleta de cafés. Me eché un paso hacia atrás y lo seguí con la mirada.      —¡Entendido! —respondió su compañero. Ambos iban vestidos con un uniforme de lo más curioso, con una corra con forma de pastel y un smoking rosita pastel con el logo de un macaron con ojos amarillos.      Saqué el móvil y le eché una foto al establecimiento. Más adelante iría a probar esos macarons y a ver más de cerca esos preciosos uniformes.      Allá por donde pasaba, aparecía algo nuevo que terminaba enamorándome, pero lo mejor de todo y lo que terminó de hacerme caer rendida ante los encantos de la ciudad del amor (sí, el amor por los macarons y la comida basura que tanto me gustaba) fue el Burger King que encontré al llegar a la ronda que reconducía al barrio de mi nuevo apartamento.     —McDonald… —mis ojos brillaron fascinados al encontrarse por primera vez al ver el palacio de la comida basura y los juguetes gratis que regalaban con el menú HappyMeal. —¡Un McDonald!      Mi amor por los McDonald apareció cuando vi por primera vez anunciar en televisión el menú HappyMeal. Comprabas una hamburguesa, unas patatas y un helado y además, ¡te regalaban un juguete! Nunca olvidaré la desesperación que sentí cuando vi que habían sacado juguetes de mi serie favorita. Incluso odie a los niños que salían en el anuncio por verlos jugar con los mismos juguetes que yo quería tener. Pero claro, Gerberoy estaba en el culo del mundo y en un pueblo con tan pocos habitantes, jamás abrirían un McDonald.     Sonará infantil, pero ir a McDonald fue un sueño frustrado que tuve de niña y ahora que lo tenía a apenas unos pasos, no iba a dejarlo pasar. ¡Iría todos los días y tendré todos los juguetes que no he podido tener en años!     Ya me estaba imaginando a mí misma rodeada de plástico inservible con forma de personajes de series animadas e hinchándome a hamburguesas y Nuggets de pollo y noté como se me caía la baba.      Mis ojos se cegaron con la inmensidad del castillo de mis sueños y sin ser siquiera consciente de lo que hacía, di un paso adelante, cruzando sin mirar si venían coches. Llevaba años queriendo ir a uno y estaba a un paso de lograrlo. Al cuerno el casero. Que espere. Necesitaba verlo de cerca, mínimo el escaparate de los juguetes y a los empleados friendo las patatas.      Una sonrisa bobalicona surcó mis labios y me imaginé a mí misma protagonizando el anuncio de McDonald.      —¡Lorette! ¡Cuidado con los coches!      La voz de mi madre se fundió con el chirrido de unas ruedas derrapar y un claxon sonando a todo volumen.      Miré hacia mi derecha y comprobé con espanto como un coche se precipitaba hacia mí a toda velocidad.     «Mierda»      Escondí el cuello entre mis hombros y levanté mis brazos para tapar mi rostro, esperando un impacto casi inevitable. En realidad, no tenía ni idea de que servía usar los brazos. Ni que no fuera Hulk o Spiderman, pero bueno, digamos que lo intenté. Como una campeona.     «Jamás volveré a llamar niño s*****a al crío de patinete», me lamenté. Ahora entendía a la perfección a ese niño y sinceramente, no me gustaba nada la sensación de estar a punto de ser amasada contra el asfalto por las ruedas de un coche.      Permanecí varios segundos, diría que minutos, esperando a que el coche me llevara por delante y me dediqué a contar los segundos, confusa por la noción del tiempo que se me hizo demasiado lenta.      «A lo mejor estoy en ese umbral del tiempo donde se supone que tengo que ver mi vida pasar a todo gas» No se me ocurrió otra cosa que estrellas y McDonald, pero igualmente, el impacto no llegó.      —¡Eh! —una voz masculina me hizo abrir un ojo para mirar por la pequeña r*****a que había dejado por mis dos brazos. —¡¿Tan difícil es mirar antes de cruzar?!      Ni siquiera preste atención a aquella voz y por un momento, imaginé que era la voz del más allá que me reprendía por haber tenido una muerte tan ridícula y miserable.     —Estoy viva…—murmuré, apartando mis brazos poco a poco y mirando a mi alrededor. —¡¡Estoy viva!!     Levanté mis brazos victoriosa y di un pequeño saltito.     —¿Qué estás viva? — la misma voz de antes volvió a hablar y en esta ocasión sentí curiosidad por ella y la busqué con la mirada hasta localizar un cochazo n***o parado a apenas unos centímetros de mí. El conductor hizo avanzar su auto un poco y la ventanilla llegó a mí misma altura. —No me jodas. He estado a punto de atropellarte, mocosa. A ver si estamos más atentos.      «Espera, ¿este es el tío que casi me mata?»      Fruncí el ceño y presté más atención a su brillante coche de marca, sin un solo arañazo e imperfección. ¡No fastidies! ¡Ni siquiera había una mísera caca de paloma!      Vale, reconozco que, con todo el éxtasis y adrenalina del momento, no tuve tiempo de analizar las cosas en condiciones, pero sumando dos más dos, me di cuenta de que este c*****o había estado a punto de atropellarme y para colmo, el muy imbécil se ponía a regañarme y a llamarme mocosa.      —¡¿Mocosa?! ¿A quién estás llamando mocosa?!—levanté mi pie y sin siquiera pensármelo, le di una patada en el capó. Mi suela se quedó señalada en su flamante carrocería.       El desconocido me observó impasible y luego bajó la cabeza para ver la marca que había quedado en su coche. No hubo emoción alguna reflejada en un rostro oculto por unas gafas de sol. Claro, una simple mancha no supondría nada para un tipo como él. Estaba segura de que era el típico niño presumido que tenía a su disposición decenas de empleados que lo limpiaran hasta dejarlo impecable.  Sus gafas y la penumbra del coche, iluminado por una luz tenue no me permitieron observarlo al detalle, lo único que pude apreciar de él, fue una melena rubia despeinada que, a decir verdad, tenía mucho estilo.      —¡¿Esas gafas de sol te afectan a la vista o qué te pasa?! ¡Ni soy una mocosa, ni soy un trozo de carne cualquier a quien embestir!      El chico enarcó una ceja, incrédulo por mi respuesta y aunque le había pateado su Audi, esbozó una sonrisa.      —Que lo niegues de esa forma tan infantil, lo confirma aún más. — el sonido del claxon de los coches de atrás distorsionó su voz un poco—Además, se te veía muy entusiasmada correteando hacia el McDonald. En mi idioma eso se llama ser una cría— dijo en voz baja. Torció la cabeza y sacó el brazo para hacerme una clara señal. —No te vendría nada mal tener un canguro vigilándote. A este paso alguien te llevará por delante antes de que te tomes la hamburguesa.      «No acaba de decir eso… Dime que este imbécil no acaba de decirme eso»      —Y ahora, me gustaría que te echaras a un lado.      «¿Y para colmo me dice que me aparte?» ¡Ni si quiera me preguntó si estaba bien!       —Tú… ¡Tú no sabes con quien estás hablando! —lo señalé acusatoria, sin tener mucha idea de qué hacer para quedarme por encima. Me había precipitado a la carretera sin mirar, vale, está bien, fallo mío, lo admito, pero tampoco era plan de insultarme y llamarme mocosa.       —Tampoco es que me importe, la verdad—el tipo le dio al acelerador ligeramente para asustarme. —¿No tienes una hamburguesa que comerte? A diferencia de los niños, los mayores tenemos trabajo.       Idiota, idiota, idiota, idiota y por eso odio a los hombres.       —¡P-Pues que sepas, que puedo rayar la carrocería de tu coche con esto!—con torpeza, saqué mis llaves del bolsillo y un llavero de peluche con forma de gatito quedó suspendido en el aire, balanceándose de un lugar a otro.      Los conductores de atrás se impacientaron aún más y comenzaron a pitar con más insistencia y a salir de sus coches. Aparentemente, al tipo que casi me atropella le importaba bien poco.       Enarcó una ceja, que sobresalió de sus gafas y liberó una risotada al ver mi llavero.       Lorette, más te vale hacer algo para que este tipo deje de tratarte como a una cría»        —Gatitos…—murmuró y su sonrisa burlona me sacó aún más de quicio. —Vaya... Veo que desprendes madurez por todas partes.        —¡No me refería al llavero, sino a las llaves! —me defendí.        —¿Qué pasa con las llaves? —espetó y en esta ocasión noté que lo decía con menos agrado. Lo estaba cansando y se quería marchar, y por eso, iba a retenerlo con más razón. Ha estado a punto de atropellarme y para colmo ni se disculpa.      —¡¿Acaso no me has escuchado antes?!— hice un mohín e hinché mis mejillas. —¡Acabo de decirte que puedo arañar tu coche!      —¡Oye! ¡Tú! ¡Niña! —me gritó un hombre. Miré hacia atrás por encima del hombro y vi a un señor de unos cuarenta años acercarse a mí con cara de cabreo. —¡¿Piensas echarte a un lado?! ¡Tengo que ir al curro!      «¿Niña?» ¡¡Otro más que me toma por una niña!!      Escuché a mi lado al tipo de las gafas de sol reírse con ganas y eso empeoró aún más mi humor.      —Niña… —repitió el rubito y por un momento estuve a punto de pincharle con las llaves. —¿Lo ves? No soy el único que lo piensa, deberías empezar a replantearte tu edad, que por cierto… ¿tienes? ¿Cuántos? ¿Quince?      —Tengo, dieciocho—siseé, apretando mis puños con fuerza. —c*****o.      —Pues que bien. Felicidades por tu mayoría de edad, pero este c*****o se larga—hizo fuerza con su pie y pisó el embrague mientras movía la palanca de cambios y para meter primera. —Así que, si la princesita es tan amable, me gustaría que se fuera a por su corona gratis del McDonald y me dejara seguir con mi camino.      Mis ojos permanecieron sobre los suyos, ocultos bajo aquellas gafas oscuras. No quería ceder. Aquel tipo me había sacado de quicio y no me apetecía dejar que se fuera de rositas.     —¡Lorette!— la voz de mi madre me hizo romper con nuestro contacto visual. —¡Lorette, hija mía, apártate de la carretera ahora mismo!      Vino inmediatamente a mi encuentro y como si de verdad fuera una niña pequeña me estrechó entre sus brazos y me apretó contra su pecho.     Mi mejilla se espachurró y aunque mi cabello cayó como una cortina sobre mi cara, pude percibir la sonrisa torcida del chico del coche, que parecía divertido por la escena.     —Disculpe a mi hija—dijo mi madre abochornada. —Acabamos de llegar a la ciudad y no está acostumbrada a todo este ajetreo.      —¡¿Qué?! ¡Mamá! ¡Pero no te disculpes! —me quejé. —¡Si ha sido él el que casi me mata!      ¡El mundo no era justo! Yo suspendí el carnet de conducir porque casi atropello a un niño y ahora que estoy a punto de ser arrollada por un presumido, tengo que ser yo la que se disculpa.      —No se preocupe—respondió el tío con educación. —Es fácil despistarse—, giró su cabeza hacia mí y nuevo y vi como su sonrisa se hacía más grande. —Bienvenidas a París en ese caso.      Le lancé mi mejor mirada de desprecio y me crucé de brazos.      —Ten más cuidado la próxima vez—Claro. Ahora delante de mi madre fingía ser caballeroso. —Y suerte con ella—miró a mi madre bajo sus gafas de sol y volvió a sonreír. —La va a necesitar.      No tuve tiempo de replicar, el c*****o aceleró y se perdió en el trafico de la ciudad, seguido de la gran fila de coches que yo misma había formado al estar tanto tiempo entorpeciendo la carretera. Noté algunas miradas despectivas de los más impacientes y reconocí al hombre que me había llamado niña. A ese, le saqué la lengua.      No era ninguna niña. Tenía dieciocho años y estaba a punto de entrar a la universidad. Ese idiota no sabía lo que decía. Tan solo era un grosero que había estado a punto de matarme. Agradecí al de arriba por mandarme a estudiar a una ciudad tan grande como París, pues, con un poco de suerte no volvería a cruzármelo nunca más. 
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD