Cuando es como no debería de ser

1796 Words
La celda olía a humedad y sangre seca. Sayuri estaba hecha pedazos, encogida contra la pared de piedra fría. Kazuo rompió las cadenas de su orgullo y la abrazó. Sus manos firmes, pero temblorosas, la envolvieron como si quisiera reconstruirla desde las cenizas.


—Shhh… ya pasó, Sayuri —murmuró, su voz baja, rota—. Te juro… voy a matarlo. Voy a matarlo aunque tenga que quemar todo Tokio con mis manos.


Sayuri sollozó contra su hombro, temblando.
—Nos va a destruir, Kazuo… ya lo está haciendo.
Kazuo tomó su rostro entre sus manos. Sus ojos, oscuros y febriles, ardían con una intensidad que dolía mirar.
—No. Vamos a salir de aquí. Voy a sacarte de este infierno.


Ella negó con la cabeza.
—No puedo… siento que ya no queda nada de mí.


Kazuo apretó su frente contra la de ella.
—Yo aún te tengo. Eso es suficiente para quemar el mundo si hace falta.
Sayuri lo miró con lágrimas cayendo como magma.
—¿Por qué, Kazuo? ¿Por qué me amas después de todo?


Él tragó saliva, la respiración temblando.
—Porque te deseo desde que eras solo un pecado. Porque el deseo me quemó hasta volverme loco. Y la obsesión… terminó convirtiéndose en amor.


Ella cerró los ojos, un suspiro quebrado escapando de sus labios.
—Kazuo, Reiku…


Kazuo bajó la mirada, su mandíbula tensa.
—Lo sé. Perdóname por lo de Reiku. Por arrebatarte lo único puro que tenías. Fue el precio de un trono podrido… y mi condena eterna.
Sayuri se quedó helada. Esa confesión no era nueva. Ya lo había sospechado, ya lo había odiado mil veces. Pero escucharlo de su boca era como sentir la bala atravesar su corazón de nuevo.
—¿Por qué, Kazuo? —su voz quebrada era casi un susurro—. ¿Por qué él?


Kazuo cerró los ojos un segundo, como si reunir el valor para responderle fuera más doloroso que recibir un disparo.
—Porque era la única forma de quedarme con todo… contigo incluida.


Sayuri apretó los dientes, y cuando habló, sus palabras fueron veneno:
—¡No eras dueño de nada! Ni de mí, ni de él.


Kazuo la sostuvo con fuerza, con un temblor que no era rabia, era culpa.
—Tu padre había descubierto su traición. Pensaba usarlo como ejemplo, hacerlo desaparecer para romperte. Pero yo… yo decidí que sería yo quien lo matara. Esa noche lo intercepté en el muelle. Él lo sabía. Me pidió que te protegiera. ¡A mí! El mismo hombre al que iba a quitarte de los brazos.


Sayuri lo miró como si no pudiera respirar.
—¿Cómo?


Kazuo tragó saliva, la voz ronca:
—Lo miré a los ojos mientras lo hacía. No hubo ruido. Solo el mar… y su sangre en mi mano. Le prometí que te cuidaría aunque me odiaras para siempre. Y por primera vez en mi vida recé para que me odiaras… porque el odio era lo único que podía mantenerte viva.


Las lágrimas ardieron bajando por las mejillas de Sayuri.
—Yo lo esperé esa noche. ¿Sabes eso? Me puse el kimono que él amaba… y cuando mi padre entró con tu mensaje supe que todo había terminado.


Kazuo apretó los dientes, el dolor deformándole el rostro.
—No hay día que no lo escuche, Sayuri. Su voz. Sus últimos segundos. El modo en que dijo tu nombre.


Ella le golpeó el pecho, rota.
—Me quitaste lo único verdadero que tuve… y aún así no puedo dejar de amarte. ¿Qué demonios hiciste conmigo, Kazuo?


Él la abrazó como si se estuviera aferrando a un cadáver, temblando.
—Te destruí. Y en el proceso… me destruí a mí mismo.


Sayuri lo abrazó como si intentara sostener el mundo que se derrumbaba.
—Cuando salgamos… huyamos. Lejos de todos ellos. Solo nosotros dos.


Kazuo la sostuvo más fuerte, con la ferocidad de un hombre que no piensa soltar.
—Te amo, Sayuri. Más que a mi propia vida.
Sayuri se quedó inmóvil, temblando entre sus brazos. Sentir esas palabras era como ser atravesada por un filo caliente.


—No digas eso… —murmuró, la voz quebrada—. No puedes amarme. Somos enemigos, Kazuo. Siempre lo hemos sido.


Él bajó la cabeza hasta rozar su frente con la de ella, su respiración mezclándose en la oscuridad.
—Precisamente por eso. Porque eres lo único que no pude doblegar… y aun así lo deseo. Porque aunque el mundo nos quiera separados, mi maldito corazón no entiende de alianzas ni de clanes. Solo sabe que te quiere a ti.


—Me destruyes —susurró ella, las lágrimas ardiendo en sus ojos—. Cada vez que me tocas, siento que me acabas un poco más.


Kazuo la miró, y su sonrisa fue amarga, rota.
—Lo sé… y aún así no puedo parar. Porque incluso rota… te amo.


Sayuri cerró los ojos, hundiendo su rostro en su cuello.
—No sé si quiero matarte o quedarme contigo para siempre…


Kazuo deslizó sus dedos por su cabello, inhalando su aroma como si necesitara grabarlo en su alma.
—Entonces estamos condenados, Sayuri. Porque yo siento lo mismo. Si algún día tengo que matarte… lo haré amándote.


Ella soltó una carcajada entre sollozos, el sonido mezclando locura y desesperación.
—Estamos jodidos, Kazuo.


Él la levantó de la barbilla, obligándola a mirarlo.
—No. Estamos vivos. Y mientras estemos vivos… voy a hacer que seas mía aunque el mundo entero se queme.


Sayuri no respondió. Lo besó. No con dulzura, sino con hambre. Con rabia. Con todo el amor que odiaba sentir por él.


~*Flashback – El primer pecado de Kazuo*~
Kazuo tenía dieciocho años la primera vez que la vio. Sayuri apenas tenía quince, pero ya caminaba como una reina. Era en una reunión entre clanes, antes de que la guerra comenzara a teñir de rojo cada alianza.


Ella reía, y el sonido fue como un disparo directo a su pecho. Ese día supo que jamás la tendría… y que la deseaba con la misma fuerza con la que deseaba poder.


La vio bailar en los jardines, el vestido blanco ondeando como alas. Recordaba haber pensado: “Si pudiera tenerla, si pudiera destruir el mundo y quedarme con ella, lo haría.”


Esa noche juró que si alguna vez la tocaba, no la soltaría jamás. Lo que no sabía era que el precio sería su alma.
volviendo al presente.
La puerta se abrió de golpe. Renjiro estaba ahí, impecable, con una sonrisa que no tenía nada de humano.


—Hora de irte, esposa —dijo con una calma helada.


Kazuo se levantó, encadenado, pero cada músculo era un arma lista para romper.
—Si la vuelves a tocar…


Renjiro se rió, un sonido cortante.
—¿Tocar a una mujer tan patética? Tranquilo, hermano. No pretendo coger basura rota. La necesito por protocolo, nada más.


Arrastró a Sayuri sin mirarla siquiera, como si fuera una prenda sin valor. Kazuo estaba furioso, las cadenas sonando como huesos quebrados.


Renjiro la sujetó del brazo con una presión casi amable mientras la sacaba de la mansión. Sus pasos resonaban en el mármol como si marcaran un nuevo destino para ambos.


—Deja de temblar, épouse. No te estoy llevando al matadero.


Sayuri soltó una risa seca, amarga.
—¿Y a dónde me llevas? ¿A celebrar que por fin destruiste lo poco que quedaba de mi vida?


Renjiro giró el rostro apenas, su sonrisa tranquila y venenosa al mismo tiempo.
—No es destrucción, Sayuri. Es… purificación. Tokio estaba podrido. Los Arakawa se pudrieron. Y ahora, los Takahashi gobernarán sobre las cenizas.


Ella le clavó la mirada, llena de fuego.
—No eres un Takahashi.


Renjiro inclinó la cabeza hacia ella, acercando sus labios a su oído.
—Pero ahora soy tu marido. Y eso me da más poder que cualquier apellido.


Sayuri quiso apartarse, pero la mano de Renjiro en su cintura la retuvo.
—¿Qué pretendes hacer conmigo ahora? —escupió ella—. ¿Convertirme en tu trofeo?


Él rió, bajo y oscuro.
—No, ma belle. Eres algo mucho más útil que eso. Esta noche no te llevo a ser un trofeo. Te llevo a convertirme en un dios.


Sayuri sintió un escalofrío.
—¿Y si me niego?


Renjiro la miró un segundo, sus ojos grises brillando en la penumbra.
—Entonces aprenderás algo, querida: el poder no necesita consentimiento. Solo obediencia.


La arrojó al asiento trasero del auto y cerró la puerta.


El auto n***o atravesaba la noche como un corte en la garganta de Tokio. Sayuri miraba el reflejo de su propio rostro en la ventana: rota, pálida, con los ojos secos de tanto llorar.


Renjiro bebía whisky con elegancia insultante.
—¿Sabes, esposa mía? —dijo como si conversara de algo trivial—. Si hubieras sido una buena perra, hasta podríamos haber sido felices. Tal vez hasta… amor habría surgido.


Sayuri no contestó. El silencio era su única defensa.


Renjiro se inclinó, sus labios rozando su oído.
—Pero no. Ahora solo eres una herramienta. Un símbolo vacío para mi imperio.
Las luces de Osaka aparecieron en la distancia como cuchillos.
El hotel era lujo puro. Oro y cristal. Un escenario perfecto para el teatro macabro que se iba a representar.


Renjiro cerró la puerta de la suite, tiró el saco y caminó hacia Sayuri. Sus pasos eran de depredador.


—Antes de salir a saludar al mundo… necesito recordarte quién manda.


La empujó contra el mármol frío del baño. Sus dedos entraron en ella sin advertencia, arrancándole un gemido roto.


—Eso… —murmuró con una sonrisa torcida—. Ahora gime solo cuando yo lo ordene.


Sayuri apretó los dientes, las lágrimas corriendo calientes. No era placer. Era sumisión.


Renjiro bajó entre sus piernas, su lengua reclamando cada parte de ella. Ella lloró en silencio. Cada caricia era un acto de dominio, no de deseo.


Cuando se incorporó, la miró como si fuera nada.
—Ni siquiera para gemir sirves bien.


Se vino en sus dedos, dejándolos marcados en su piel. Luego, con una palmada seca en la mejilla, la obligó a incorporarse.
—Vístete y ponte bella, esposa mía. La farsa está por empezar.


Sayuri se quedó contra la pared, rota. Supo que el verdadero Renjiro por fin había salido de su jaula.


Mientras tanto, en la celda, Kazuo se arrodilló, la sangre en sus labios de tanto morderse para no gritar. El eco lejano de una risa llegó hasta él.


Cerró los ojos y susurró con veneno en cada palabra:
—Renjiro… voy a matarte tan despacio que el infierno va a sentir envidia.


Su plan comenzaba esa misma noche.


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