El eco de las copas de cristal resonaba bajo los techos altos del salón imperial. Osaka se había convertido esa noche en el corazón de los yakuza. Líderes de clanes japoneses, delegaciones rusas y emisarios coreanos llenaban la sala con conversaciones en voz baja y sonrisas envenenadas. Era una reunión de poder disfrazada de fiesta.
En el centro de todo, Renjiro Arakawa lucía impecable, de n***o con bordes de plata. Su brazo rodeaba la cintura de Sayuri, que llevaba un vestido blanco con hilos dorados que brillaban bajo las lámparas. A ojos de todos, eran la pareja perfecta, el matrimonio que sellaría la alianza definitiva.
Pero bajo la seda, Sayuri sentía cadenas. Cada paso a su lado era una traición a sí misma. Cada sonrisa que fingía era veneno.
Renjiro inclinó su rostro hacia ella, apenas rozándole la oreja con sus labios.
—Mantén la sonrisa. Esta noche no eres Sayuri Takahashi. Eres mi obra maestra.
Sayuri apretó los dientes, su cuerpo rígido bajo la presión de su mano. Obra maestra. Quería escupirle la palabra de vuelta.
Mientras el cristal y la música llenaban los pisos en Osaka, en Tokio, en lo más profundo del sótano Kazuo Arakawa se sentaba en la penumbra. Su cabello húmedo goteaba sobre el suelo de cemento. Los guardias lo habían despertado a golpes, arrastrado a la sala de baño, y lanzado sobre él agua helada a presión. La piel le ardía donde los chorros habían abierto las heridas.
Uno de los hombres le tiró una toalla a los pies.
—Sécate.
Kazuo no se movió. Sonrió despacio, como un depredador que huele sangre.
—Cuando recupere mi clan, voy a hacer que me supliquen por la muerte. —Su voz era baja, letal—
El guardia tragó saliva. Lo odiaba, pero en el fondo lo temía. Ese hombre no sabía perder.
Regresando a Osaka.
Sayuri mantenía el porte de una princesa mientras avanzaba entre las mesas. Varias esposas de jefes de clanes la rodearon, examinando cada detalle de su vestido y su sonrisa.
—Eres muy afortunada, querida. —Una mujer rusa la miró con ojos de hielo—. Renjiro es joven, pero sabe cómo tomar el poder.
Otra mujer, coreana, asintió.
—Elegiste al hombre correcto. Kazuo… era demasiado salvaje.
Sayuri fingió reír. Por dentro, quería gritar. No elegí nada.
De pronto, una voz grave cortó el murmullo.
—Permiso. Quiero un baile con mi hija.
Daisuke Takahashi apareció como una sombra, imponente en su traje tradicional. Renjiro sonrió, perfecto como siempre, y le hizo una seña de aprovacion con la mano .
El salón se abrió para ellos. Mientras la música tradicional llenaba el aire, Daisuke bajó la voz.
—Kazuo ha escapado.
El corazón de Sayuri se detuvo.
—¿Qué…?
—No me preguntes cómo. Pero si conozco a ese demonio, vendrá aquí.
Sayuri sintió que sus piernas flaqueaban.
—¿Por qué me dices esto?
El viejo suspiró.
—Porque me equivoqué. Creí que Renjiro era la carta más fuerte. Pero ahora lo veo: es peor que Kazuo. —Sus ojos la perforaron—. Tómalo como mi forma de pedir perdón.
Antes de que pudiera responder, una voz suave pero peligrosa los interrumpió.
—Mi turno.
Renjiro tomó la cintura de Sayuri y la atrajo hacia él. La sonrisa en su rostro era pura máscara.
Todos los ojos los siguieron mientras se movían. Sayuri sentía el agarre de Renjiro como un grillete.
—Ma chérie, ¿quieres un secreto? —susurró él, sonriendo para las cámaras invisibles.
—Muérete.
Renjiro rió bajo.
—Estudié cada palabra que te decia Reiku. Cada mirada. Cada gesto. Hice que mi cuerpo se pareciera al suyo. —Su voz era miel envenenada—. ¿Sabes? No necesitaba ser él. Solo necesitaba que me miraras y recordaras.
Sayuri intentó zafarse.
—Nunca serás él.
—No quiero serlo. Quiero ser tu maldición.
Antes de que la música terminara, la besó. Un beso calculado, letal. El salón estalló en aplausos. Sayuri sintió náusea.
Renjiro le susurró mientras la música se apagaba.
—Es hora de volver a la habitación, esposa mía. Ya me divertí bastante.
Horas antes en la Masion Arakawa, Tokio, Japon.
El primer disparo rompió el silencio del sótano. Luego otro. Los gritos de los guardias se mezclaron con el eco de pasos rápidos.
Una sombra abrió la celda. Kazuo reconoció la voz.
—Arakawa-sama. Venimos por usted.
Eran tres de sus hombres más leales. En segundos, las esposas estaban en el suelo y Kazuo tenía una pistola en la mano. El corredor se llenó de sangre.
El olor a sangre se mezcló con el humo de pólvora mientras los cuerpos caían uno a uno. Kazuo no pestañeó. No había tiempo para piedad. Se inclinó sobre uno de los caídos y tomó las llaves manchadas de sangre.
—Muévanse —grito a los dos hombres que lo escoltaban.
El eco de los disparos en los pasillos subterráneos alertó a los guardias del ala norte. El sonido de botas acercándose resonó como un tambor de guerra.
Kazuo se limpió la sangre de la cara con el dorso de la mano y sonrió.
—Quieren una guerra, hijos de puta… se las voy a dar.
Se lanzaron hacia la salida lateral, donde otro de sus hombres esperaba con un vehículo blindado. Las luces de alarma comenzaron a parpadear en todo el complejo.
—¡Jefe, tenemos cinco minutos antes de que bloqueen las puertas externas! —gritó uno de los suyos, recargando el rifle.
Kazuo disparó al panel eléctrico, las chispas iluminaron su rostro ensangrentado.
—Entonces nos vamos en tres.
El vehículo rugió al encenderse. Kazuo subió, aún con el pecho agitado. No era solo escape. Era regreso. Cada kilómetro que lo alejaba de esa celda era un paso hacia Sayuri.
—¿Dónde está la fiesta? —preguntó, con una sonrisa que heló la sangre de todos.
El conductor tragó saliva.
—Osaka, jefe.
Kazuo asintió, su mirada fija en el horizonte.
—Perfecto. Vamos a arruinarles la noche.
Osaka:
Los guardias escoltaron a Sayuri y Renjiro hasta el penthouse. Sayuri caminaba rígida, la cabeza llena de ecos: Kazuo ha escapado.
Cuando la puerta se cerró, Sayuri explotó.
—Te odio.
Renjiro dejó escapar una carcajada baja.
—Perfecto. El odio te hace deliciosa. Me voy y no pretendas escapar.
Cerro la puerta con llave dejando a Sayuri enojada y sucia.
Sayuri se metió en el baño, abrió la ducha y dejó que el agua hirviente golpeara su piel. Quería arrancarse todo: el miedo, la rabia, la vergüenza.
Cuando salió, el vapor aún flotaba en el aire. La toalla apenas cubría su cuerpo. Y entonces lo vio.
Kazuo estaba sentado en la silla, con el smoking n***o manchado de sangre, los ojos como cuchillas.
—Hola, esposa.
La toalla se deslizó de sus dedos por la sorpresa de ver al hombre que amaba.