Las promesas se tiñen de sangre

1541 Words
El eco de la guerra




El amanecer no trajo paz. Solo humo.


La noticia corrió como pólvora: una de las rutas principales de los Takahashi en el puerto de Kobe había sido atacada. No fue un robo. Fue una firma de sangre. Sayuri estaba en la mansión Arakawa cuando escuchó los informes filtrarse a través de las paredes. Cada palabra golpeaba como un tambor de guerra.


—El pacto está muerto… —susurró, tocando el anillo en su dedo.


La mirada de Kazuo en el pasillo la noche anterior volvió a perforarle el pecho: “Voy a arrancarte el alma hasta que no quede nadie más en ti.”


Sayuri sabía que él cumpliría esa promesa. Y el peor miedo era que una parte de ella quería que lo hiciera.
—Si mi padre muere—El pensamiento apareció sin permiso, venenoso y dulce al mismo tiempo. —Si Daisuke Takahashi desaparece, si la línea de sangre se corta… entonces tal vez yo deje de ser moneda de cambio. Tal vez deje de ser una esposa, un peón, una hija obediente.


El deseo la golpeó como una bofetada. No era amor. No era lealtad. Era hambre de libertad. Y eso la asustó más que el filo de la katana de Kazuo.


—Si todo esto arde… ¿quién seré yo cuando no quede nadie a quien obedecer? —susurró en la oscuridad, temblando.


En su pecho, por primera vez, no solo ardía odio o deseo. Ardía la idea de una vida propia, tan peligrosa como cualquier guerra.






La reunión en la mansión Arakawa no era una simple junta. Era un funeral para la paz. El salón estaba lleno de humo y sake. Los capos del clan esperaban de pie hasta que Kazuo entró. El silencio cayó como una cuchilla.


Su traje n***o parecía absorber la luz. La katana en su cadera no era adorno, era amenaza.


—Desde esta noche —dijo, su voz profunda atravesando el aire—, los Takahashi dejan de ser aliados. Son nuestro enemigo.


Un murmullo inquieto recorrió la mesa. Uno de los jefes más viejos se atrevió:
—¿Y su esposa, Kazuo-sama?


Kazuo levantó la mirada.
—Ella es la guerra.


Las palabras fueron un golpe seco. En el pasillo, Sayuri escuchaba oculta, su respiración corta. Su cuerpo sabía que ya no era mujer ni esposa. Era chispa y pólvora.
Se apresuro a salir de ahi antes de que alguien se diera cuenta de su presencia. Pero fue demasiado tarde.
La encontró ahí, antes de que pudiera huir. Sus pasos retumbaban como el sonido de una sentencia. Sayuri retrocedió, la espalda chocando contra la pared.


—¿Orgullosa? —la voz de Kazuo era un filo helado—. Acabas de condenar a tu padre.


—Tú lo condenaste el día que mataste a Reiku —escupió ella.


Kazuo la tomó del mentón, obligándola a mirarlo.
—¿Todavía lloras por un muerto? ¿O es por el bastardo al que ahora proteges?


—Prefiero a Renjiro porque él… él no me destruye como tú. Contigo no hay nada. Solo odio. Solo fuego.


La sonrisa que curvó los labios de Kazuo no tuvo alegría.
—El odio y el fuego son todo lo que necesitas para amarme.


El beso que le arrancó fue violencia pura. No hubo dulzura. Sayuri lo mordió, lo golpeó. Él respondió con más fuerza, como si quisiera dejar su marca en cada fibra de ella. Cuando se apartó, ambos jadeaban.


—Te voy a destruir, Sayuri. —Sus ojos oscuros la atravesaron—. Hasta que no quede nada de Takahashi en ti.


Ella lo abofeteó.
—Entonces empieza ahora, Kazuo.
Y cuando estaba apunto de decir algo, llego el atentado, la masion Arakawa estaba siendo atacada, el objetivo, Kazuo y los lideres viejos de los clanes mas poderosos de Japon. 




El rugido de las armas rompió la noche. Sayuri apenas tuvo tiempo de girar cuando Kazuo la empujó al suelo. El cristal estalló en mil pedazos, los disparos llenando el aire.


—¡Quédate atrás de mí! —rugió él, desenvainando el arma.


El choque de acero y pólvora fue brutal. Sayuri vio hombres caer bajo la precisión letal de Kazuo. El olor metálico de la sangre se mezclaba con el de la pólvora.


Hasta que escuchó el tercer disparo. Demasiado cerca.
No fue un ataque silencioso. Fue una declaración. El rugido de los motores y los gritos se mezclaron con el estruendo de las puertas rompiéndose. La mansión Arakawa se convirtió en un campo de batalla.


Sayuri apenas alcanzó a girar cuando vio entrar la primera ola de hombres. No eran asesinos anónimos. Eran los colores de su familia, de los Takahashi, mezclados con refuerzos extranjeros.


—¡No puede ser…! —susurró, el corazón golpeando su pecho.


Kazuo ya estaba de pie, la katana desenvainada, sus ojos fríos como la muerte misma.
—Te dije que eras la guerra. Y ahora la trajiste a mi casa.


Sayuri negó con la cabeza, retrocediendo.
—¡Yo no hice nada!


Pero Kazuo no la escuchaba. Su voz retumbó como un trueno al gritar a sus hombres:
—¡Aseguren a los líderes! ¡Nadie sale vivo!


El choque fue brutal. Espadas, balas, gritos. El sonido de la madera astillándose, de la sangre golpeando el tatami. Sayuri quedó atrapada entre dos mundos que se mataban en nombre de su apellido.








Horas antes: la visita de Renjiro




En el despacho Takahashi, el humo del cigarro de Daisuke flotaba cuando Renjiro entró sin anunciarse.


—Vienes con la muerte en la mirada, muchacho —dijo el patriarca, mirándolo con frialdad.


Renjiro dejó caer una carpeta sobre el escritorio. Fotos. Transcripciones. Planos de la mansión Arakawa.
—No es muerte. Es supervivencia. Kazuo está reuniendo esta noche a líderes de armas y droga para consolidar poder. Si lo dejas actuar, tu clan desaparece.


Daisuke lo observó en silencio.
—¿Por qué habría de confiar en ti?


Renjiro sonrió apenas.
—Porque aunque me odies, odias más la idea de arrodillarte ante Kazuo.


El silencio pesó hasta que Daisuke vio las pruebas. Los mapas, las grabaciones, las cuentas falsas. Todo era demasiado real.
—¿Qué propones?


—Un golpe limpio. Armas, hombres, y acabar con él esta misma noche. —Renjiro inclinó la cabeza, la sombra de un depredador en su voz—. Yo puedo darte ambas cosas.


Daisuke exhaló el humo con lentitud, el peso de la decisión cayendo como plomo.
—Si esto falla, arrasará con todos nosotros.


—Si no lo haces, ya lo hizo. —Renjiro extendió la mano.


Daisuke Takahashi la tomó. La guerra había comenzado.








El choque de clanes




De regreso en la mansión, Sayuri intentaba procesar el caos. Hombres de su sangre, hombres de la sangre de Kazuo. Espadas y katanas cruzándose, disparos iluminando la noche como relámpagos.


Kazuo derribaba enemigos con la precisión de un demonio entrenado para la guerra. Cada movimiento era arte y sentencia. Pero Sayuri lo vio por lo que era: un hombre peleando no por poder, sino por mantener el control de un mundo que se desmoronaba.


—¡Kazuo! —gritó cuando una bala rozó su hombro.


Él giró apenas para cubrirla, empujándola contra una columna.
—¡No te muevas!


—¡Son los míos! ¡Son los míos, maldita sea!


Kazuo la miró con furia oscura.
—Entonces míralos morir.


El nombre de Renjiro se coló como veneno en el aire cuando Sayuri vio entre el humo a esa figura avanzar, implacable, con un arma en la mano.


—No… —susurró.


Kazuo lo vio también, la katana aún sangrante en su mano.
—Ese bastardo…


Renjiro levantó el arma, pero su mirada no era la de un asesino. Era fría, calculadora. Sayuri sintió que había algo más.


Kazuo no se movió. Sabía algo que Sayuri no: las palabras de su padre muertas en papel. “Por más que lo odies, nunca podrás matarlo. Si lo haces, perderás todo.”


Ese decreto era la única cadena que aún mantenía a Renjiro vivo. Y Renjiro lo sabía. Por eso siempre se dejaba golpear. Por eso nunca temía morir en sus manos.


—Baja el arma —gruñó Kazuo.


Renjiro sonrió de lado.
—No vine a matarte, Kazuo. Vine a hacer historia.


El disparo resonó como un trueno. Sayuri gritó cuando la sangre salpicó la madera.


—¡No!


Renjiro cayó de rodillas, la mano cubriendo el costado. No era letal. Era calculado.


Sayuri corrió hacia él, su cuerpo protegiéndolo instintivamente.
—¡¿Qué hiciste?!


Renjiro la miró, la voz débil pero venenosa.
—Pregúntale… a tu marido. Esto… esto es lo que hace.


Kazuo dio un paso hacia ellos, la katana aún manchada. Su rostro no mostraba miedo ni culpa. Solo furia contenida.


—Sayuri… aléjate de él.


Ella lo miró, las lágrimas ardiendo.
—¡Eres un monstruo!


Y en ese momento, supo que Renjiro había ganado la primera batalla de la guerra 
Todo se volvio nublado ante Kazuo, solo podia escuchar el caos aún ardiendo en la mansión, Sayuri llorando sobre el cuerpo de Renjiro y Kazuo se sintio como un demonio acorralado, mientras el eco de la guerra rugiendo en las paredes.
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