El regreso a la mansión Arakawa
El pasillo estaba en silencio cuando Sayuri entró en la mansión. Las paredes altas y oscuras parecían observarla, conscientes de la guerra invisible que ya ardía entre esos muros. Cada paso era un eco de lo que había ocurrido horas antes: la mirada de Kazuo clavándose como acero, la promesa en sus ojos… y la amenaza.
Cerró la puerta de su habitación y apoyó la espalda contra la madera. El peso del aire era demasiado. Apretó los puños hasta que las uñas le marcaron las palmas. “Puedo sentir algo por él… y eso es lo que más me destruye. Porque contigo, Kazuo, el amor siempre será otra forma de odio.”
—Sayuri.
La voz suave y grave la hizo abrir los ojos. Renjiro estaba ahí, medio oculto en la penumbra, apoyado en la ventana. El humo de su cigarrillo flotaba entre ambos como una cortina gris.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —preguntó ella, su voz apenas un murmullo.
—El suficiente para ver que dudas. —Se acercó un paso, sus ojos buscando los de ella—. El demonio ya está en tu piel, ¿verdad?
Sayuri tragó saliva. No podía negarlo, pero tampoco podía admitirlo.
—No es amor lo que siento por ti, Renjiro. —Sus palabras salieron bajas, casi como disculpa—. Es paz. Es… recuerdo.
El hombre dejó escapar una sonrisa tenue.
—Y esa paz puede convertirse en poder si la usamos bien. Podemos hacerlo juntos, Sayuri. Podemos derrocarlo.
La palabra derrocarlo le supo a veneno y alivio al mismo tiempo. Sus labios temblaron antes de responder:
—Si hacemos esto… ya no hay vuelta atrás.
Renjiro se inclinó apenas, su sombra cayendo sobre ella.
—Ya no hay vuelta atrás desde que aceptaste ser su esposa. Desde el momento en que Kazuo Arakawa te puso ese anillo, ya no eras libre.
Sus dedos rozaron los de ella y Sayuri sintió una punzada. Casi creyó que era la misma caricia de Reiku Hanabishi, el fantasma que aún vivía en su memoria. El aire entre ellos era nostalgia y peligro mezclados.
Hasta que una voz rasgó el momento como una katana desenvainada.
—Qué escena tan tierna.
Kazuo estaba en el marco de la puerta. Quieto. Inmenso. El traje n***o impecable, los ojos oscuros como cuchillas. No había gritado. No necesitaba hacerlo. El silencio de Kazuo Arakawa era más aterrador que cualquier explosión de ira.
—¿Otra vez, Renjiro? —su tono era puro veneno contenido—. ¿Quieres que esta vez te encierre un mes? Porque una semana no te enseñó nada.
El corazón de Sayuri golpeó contra sus costillas. Renjiro se mantuvo erguido, la tensión marcando sus hombros.
—Puedes romperme, Kazuo. Puedes arrancarme la piel. Pero no puedes matar lo que ya está muerto dentro de ella.
Sayuri sintió cómo el mundo se comprimía en un solo punto. No pensó: sus dedos se cerraron alrededor de la pistola sobre el tocador. En un segundo la estaba apuntando, no a Kazuo, sino a su propia cabeza.
—Si lo tocas… me mato.
El silencio fue absoluto. Ni siquiera el viento se atrevió a entrar. Kazuo la miró y, por primera vez, hubo un destello de algo diferente en sus ojos: furia mezclada con una herida invisible.
—Acabas de declarar la guerra, Sayuri. —Su voz era un filo helado—. Entre tú y yo. Entre tu clan y el mío.
Dio un paso hacia atrás. Antes de salir, dejó caer la daga final.
—Todo porque prefieres a un bastardo.
El portazo resonó como un disparo. Sayuri bajó la pistola, pero las manos le temblaban como si hubiera sostenido fuego.
Sayuri lo supo, tenia que ver a su padre se inmediato.
Al llegar con su padre el olor a incienso mezclado con pólvora llenaba el despacho. Daisuke estaba de pie, la luz tenue marcando la dureza de su rostro. Sayuri entró con los pasos pesados, todavía con la pistola en la mano.
—¿Qué mierda estás haciendo? —preguntó su padre. La calma en su voz era más letal que un grito.
—Sobreviviendo —escupió ella, con un tono que ni siquiera reconoció como propio.
Daisuke se acercó lentamente, sus ojos fijos en los de su hija.
—No olvides por qué aceptaste este matrimonio. No olvides para qué naciste. No fue para acostarte con el demonio ni con su perro francés. Fue para destruirlos desde adentro. Eso eres, Sayuri. Un arma.
Ella apretó los puños hasta sentir la sangre latir en ellos.
—¿Y si me destruyen a mí primero?
El hombre tomó su rostro entre sus dedos como si fuera de hierro.
—Entonces habrás cumplido tu misión. Porque una Takahashi no ama. Solo mata.
Sayuri cerró los ojos. Esas palabras eran cadenas alrededor de su cuello. Quiso gritar que no era un arma, pero ni su voz ni su corazón respondieron.
—Entendi padre— Fueron aus ultimas palabras antes de salir del despacho, mas rota, mas confundida.
Mas tarde en algun lugar de tokio
El sótano donde se reunía con los franceses era oscuro, las paredes de piedra rezumaban humedad. Sobre la mesa había mapas, armas, fotografías de la mansión Arakawa. Renjiro, de pie, hablaba en francés con una calma helada.
—Todo marcha a la perfección. Sayuri es la llave. Kazuo ya está atrapado.
Uno de los hombres encendió un cigarrillo y lo miró.
—¿Y si ella descubre la verdad?
Renjiro soltó una carcajada breve, seca.
—Ella no me ama a mí. Ama a un fantasma.
Sus dedos tocaron la cicatriz apenas visible en su mandíbula.
—Por eso aprendí cada gesto, cada palabra. Reiku Hanabishi vive en mis movimientos… pero soy yo quien la llevará a la destrucción.
El silencio se hizo pesado. Un francés habló con voz baja:
—¿Todavía duele, saber que nunca serás él?
Renjiro apagó el cigarrillo con calma.
—No. Porque ni aunque Reiku resucitara podría destruir a Kazuo como yo lo haré.
De regreso en la mansion Arakawa.
Esa noche, Sayuri se sentó en el suelo de su habitación. La pistola descansaba junto a su muslo. Su respiración era un temblor contenido.
Las palabras de Kazuo flotaban como un espectro: “Aceptar que me amas a mí… o vivir con el fantasma de Reiku encarnado en otro.”
Las lágrimas no fueron dulces. Le quemaron los ojos como ácido.
En la mansión Arakawa, Kazuo bebía sake frente a la ventana. La luz de la luna caía sobre él, marcando la rigidez de sus hombros. Golpeó la mesa y la botella tintineó.
—¿Quieres guerra, Sayuri Takahashi? —susurró, y sonó más como un maleficio que como una promesa—. Te la daré. Pero antes… voy a arrancarte el alma hasta que no quede nadie más en ti.
El filo de la katana reflejó la luna llena. Esa noche, la guerra dejó de ser palabra y se convirtió en destino.