El sueño no había sido un refugio para Liling; había sido un pantano. Se hundió en pesadillas de piedras que gritaban y runas que se deshilachaban como venas rotas, despertando una y otra vez con el sabor a cobre y hierba amarga aún en la boca, y un dolor sordo martillándole los huesos. El alba la encontró pálida, con las ojeras como manchas de tinta violácea sobre la porcelana quebradiza de su piel. Se movía con la cautela de una inválida, cada gesto exigía un esfuerzo consciente.
Bao entró en la alcoba como una sombra preocupada. Al verla, su rostro normalmente impasible se tensó.
—Su Alteza… —Su voz era un susurro cargado de alarma—. El precio fue más alto de lo esperado.
—Sí —admitió Liling, la palabra saliendo como un suspiro quebrado. Se sentó con cuidado en el borde de la cama—. Pero está pagado. El sello está hecho. —Su mano fue instintivamente al pequeño bulto duro y cálido escondido en un pliegue de su ropa de dormir.
Bao no preguntó más. En lugar de eso, le tendió dos pequeños rollos de papel, finos como el ala de una libélula.
—Noticias —dijo, y su tono era el de un general reportando bajas—. La primera, de Liang.
Liling desenrolló el primero con dedos que aún temblaban ligeramente. El mensaje, en la escritura codificada que Bao le había enseñado, era escueto y devastador: "Éxito. Peligro. Me vieron."
Un frío que nada tenía que ver con su debilidad se le instaló en el estómago. Liang estaba descubierto. Su rostro, su descripción, ahora estarían en boca de los hombres de la madrastra.
—Hay que sacarlo de allí —murmuró, alzando la vista hacia Bao—. Enviémosle oro, una ruta segura hacia las montañas del oeste, pasajes falsos… lo que necesite. Pero que desaparezca. Ahora. Y dile… —hizo una pausa, la responsabilidad pesando más que su fatiga— dile que su servicio no será olvidado. Que su vida es lo primero.
Bao asintió, una chispa de algo que podría ser orgullo brillando en sus ojos. Su princesa estaba aprendiendo a proteger a los suyos, no solo a usarlos.
—Se hará, Majestad. Ya tengo contactos listos.
—¿Y la segunda noticia? —preguntó Liling, temiendo la respuesta.
Bao desenrolló el segundo papel. No era un mensaje codificado. Era un rumor transcrito, el tipo de chisme que circulaba entre los sirvientes de bajo rango y los guardias borrachos.
—Se habla en los barrios bajos —leyó Bao, su voz clara y fría—. De un rastreador feroz, un bandido de los bosques del sur, que asaltó a unos pobres mercaderes. La guardia busca a un hombre de complexión delgada, rostro cetrino, con una cicatriz en forma de media luna sobre el cejo izquierdo. Ofrecen una recompensa.
La descripción era demasiado precisa. Era Liang. La madrastra no solo lo había visto; ya había lanzado su contraataque, envenenando el pozo de la opinión pública y poniendo precio a su cabeza. Convertían al protector en un criminal.
Liling cerró los ojos. La presión se cerraba. Por un lado, Feng y sus miradas de sierpe en los pasillos. Por el otro, la madrastra moviéndose en las sombras, convirtiendo sus defensas en armas en su contra. Y en el centro de todo, Zhen-He, un muro de hielo que apenas empezaba a mostrar grietas.
—No podemos quedarnos quietas —dijo, abriendo los ojos. En ellos, el agotamiento empezaba a ser desplazado por la determinación fría de quien ha tocado fondo—. Feng me ha invitado a un té. Es una trampa para sonsacarme, pero no puedo rechazarla sin parecer culpable. Iré. Pero antes… necesito ver a Zhen-He.
Bao arqueó una ceja, un gesto mínimo de sorpresa. —¿Después de lo del claro? ¿No es riesgoso?
—Es el mayor riesgo —admitió Liling—, pero también la única jugada que nos queda. Feng intentará envenenar su oído contra mí. La madrastra seguramente está planeando algo peor que envenenar pozos. Si espero a que ellos actúen, estaré a la defensiva, explicándome. Necesito… tomar la iniciativa. Darle una pieza del rompecabezas antes de que ellos le entreguen una falsa.
—¿Qué pieza? —preguntó Bao.
—La del ataque al pozo de Liang-Shui —dijo Liling, levantándose con esfuerzo, apoyándose en el poste de la cama—. Mis "observadores" me lo habrían reportado. Es un hecho verificable. Se lo daré. No para pedir crédito, sino para establecer un patrón: mi información es buena. Y luego… le daré una advertencia.
—¿Una advertencia?
Liling miró por la ventana, hacia donde imaginaba el Santuario de los Cerezos. Había oído historias, leyendas de cuando Zhen-He era solo un niño mago prodigio.
—Sí —susurró—. Le diré que el ataque al pozo es una distracción. Que el verdadero golpe irá a un lugar que simbolice su poder, no su provisionamiento. Es lo más cerca que puedo estar de decirle "protege tu santuario" sin revelar que sé quién es realmente. —Se volvió hacia Bao, su rostro demarcado pero resuelto—. Es una apuesta. Puede pensar que es otro ardid. Pero si no lo hago, y algo le sucede a ese lugar… será mi culpa, otra vez.
Bao la observó por un largo momento. La mujer temblorosa que había ayudado a levantarse de la cama ya no estaba. En su lugar estaba la Princesa que, incluso debilitada por su propio poder, estaba dispuesta a caminar hacia la boca del lobo para proteger a un hombre que aún no la perdonaba.
—¿Cuándo? —fue todo lo que preguntó.
—Ahora —dijo Liling, enderezando la espalda a pesar del dolor—. Antes de que el Consejero Feng decida que su té no puede esperar. Ayúdame a vestirme. Algo que diga autoridad, no debilidad.
Mientras Bao la ayudaba a ponerse un vestido sencillo de seda azul oscuro —el color de la lealtad, otra vez—, Liling sintió el peso del sello de cuarzo contra su costado. Era su último recurso, su disculpa final escrita en piedra. Pero esperaba, con toda la frágil esperanza que le quedaba, no tener que usarlo todavía.
Tenía que intentar hablar primero. Con el corazón en la mano y la verdad en los labios, por enredada que estuviera.