Capítulo 1. Recuerdos borrosos.

859 Words
El manto de terciopelo carmesí pesaba sobre mis hombros como una culpa. En el salón del trono, bajo la mirada aprobatoria de mi padre, el Emperador; Zhen-He, Mi esposo, se arrodillaba para recibir la corona de rey de Xue-Yu. Cada aplauso de la corte era un latigazo en mi conciencia. Él había ganado ese título tras derrotar a los Cuatro Magos Exiliados y rescatar a la princesa del imperio. A mí. Su traidora. La frialdad de su perfil, mientras aceptaba los honores, me transportó a hace apenas dos días. Al olor a pólvora y cerezos marchitos del valle donde todo se desmoronó. Donde supe que el hombre al que entregué a sus peores enemigos era el mismo que había guardado en el rincón más secreto de mi corazón. --- —Es una misión simple —había dicho la madrastra de Zhen-He, sus dedos largos trazando el mapa sobre la mesa—. Solo necesitamos que él esté en el Santuario de los Cerezos al amanecer. Tú, princesa, serás nuestro cebo perfecto. Yo había asentido, cansada. Cansada de un matrimonio político con un hombre que consideraba tan común como la arena. Cansada de que me arrebataran la posibilidad de amar a “La Sombra del Cerezo”, el enmascarado que defendía al pueblo con una magia serena y una bondad que creía extinta. Quería deshacerme de un marido inútil y conservar, aunque sea en sueños, al héroe. El plan fracasó. Los magos exiliados traicionaron nuestro acuerdo y la trampa se volvió una jaula para mí. Cuando creí ver la muerte en sus hechizos, él llegó. No llegó Zhen-He, el esposo despreciado. Llegó La Sombra del Cerezo, con su máscara plateada deslumbrante y un manto de pétalos de cerezo convertidos en cuchillas. Y en el preciso instante en que un rayo maldito se dirigía a mi corazón, él se interpuso. La máscara se quebró. Bajo el sudor, la sangre y la magia desbordante, vi los ojos que había despreciado en la cena la noche anterior. Eran los mismos ojos. La batalla fue un torbellino. Cuando el silencio volvió, él estaba de pie entre los escombros, respirando con dificultad, mirando los pedazos de su máscara rota. Luego, su mirada se posó en mí. No hubo sorpresa en ella. Solo un cansancio infinito, como si siempre hubiera sabido la verdad. —¿Por qué? —logré balbucear mientras me llevaba en sus brazos, herido pero firme, de regreso al palacio—. Sabías que yo… —Lo sabía —cortó su voz, áspera por el humo y algo más. —¿Y aún así viniste? Hizo una pausa interminable. El viento nocturno secó una línea de sangre en su mejilla. —Es mi deber como tu esposo. Y se lo prometí al Emperador. Su respuesta fue un puñal de hielo. Más fría que la traición. Recordé entonces la mañana en que partí: mi padre poniendo una mano en el hombro de Zhen-He. “Cuida bien de mi hija, quien ahora es tu esposa.” Lo que parecía ser una orden, un contrato. Nada más. --- De vuelta en el presente, la ceremonia terminaba. Zhen-He, ahora Rey, se volvió para recibir el homenaje de los nobles. Su mirada barrió la sala y por un instante, un fragmento de segundo, se cruzó con la mía. No había ira. No había reproche. Había un vacío inmenso, un paisaje arrasado. Eso fue lo peor. Había extinguido la última chispa que pudiera haber entre nosotros. En ese momento, todos los recuerdos —su humillación infantil, los comentarios venenosos de su familia, mi desdén— me cayeron encima como una losa. No fui solo una conspiradora. Fui la herramienta que usaron para herir al hombre más noble que jamás conocería. La princesa que puso su capricho por encima de la estabilidad del imperio. La culpa no era un susurro. Era un grito sordo que llenaba cada rincón de mi ser. Esa noche, en la soledad de mis aposentos, me miré en el espejo de jade. La mujer que me devolvía la mirada llevaba ropas de seda, pero era harapienta por dentro. Liling. No la princesa de Mo-Yu, sino la mujer que había perdido su brújula. Levanté la mano, no hacia el cielo, sino hacia mi propio reflejo, como sellando un pacto con la ruinosa verdad que me habitaba. —Ya no —murmuré, y la voz sonó ajena, pero firme—. No seré más la sombra de mi propio error. No sabía cómo comenzar. Cómo expiar una traición que había querido ser mortal. Pero sí sabía una cosa: antes de que él pidiera el divorcio y desapareciera para siempre de mi vida, yo, Liling, haría lo imposible. No para recuperar un título de esposa. Sino para merecer, algún día, poder mirarlo a los ojos sin que la vergüenza me ahogase. Para que, tal vez, el héroe que tanto amé en secreto pudiera ver, al fin, a la mujer real que intentaba nacer de sus propias cenizas. —Lo juro —dije en voz baja, y las palabras no fueron para mis ancestros, sino para la fría y expectante quietud de la noche que comenzaba.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD