Capítulo 8. La Sombra de la Traición (parte 2)

1282 Words
En los aposentos de Liling, el aire había dejado de oler a incienso de sándalo. Olía a tensión contenida, a hierbas medicinales amargas que Bao le había preparado para la recuperación, y al leve aroma a polvo de tinta de los mapas que ahora estaban desplegados sobre la mesa baja. Liling estaba sentada, envuelta en una bata de seda, el color regresando lentamente a sus mejillas pero una pesadez de plomo instalada en sus miembros. Cada movimiento era un recordatorio del precio de la piedra-sello, que ahora reposaba como un corazón de cristal tibio en una bolsa de terciopelo a su lado. Ya no era solo un objeto mágico; era un juramento físico, y su peso era tanto una promesa como una carga. Bao entró, cerrando la puerta tras de sí con un sigilo que era en sí mismo una alarma. Su rostro, normalmente un lago de calma imperturbable, mostraba las grietas finas de la preocupación. Traía un cuenco de sopa caliente, pero sus ojos no estaban en la comida. —Su Alteza —dijo, colocando el cuenco frente a Liling—. Los canales están… obstruidos. Liling dejó el mapa que estaba estudiando —una ruta alternativa hacia las montañas del oeste— y la miró. —¿Liang? —Los contactos están listos. El oro, los pasajes, los guías. Todo —Bao hizo una pausa, eligiendo las palabras con el cuidado de quien desarma una trampa—. Pero los caminos que deberían estar despejados… tienen ojos nuevos. Hombres que no visten el uniforme de la guardia imperial ni los colores de Xue-Yu. Visten ropas comunes, pero se mueven con la disciplina de soldados. Preguntan. Observan. Hacen inventario de todo el que entra y sale de los pasos del sur. Un nudo de hielo se formó en el estómago de Liling. La madrastra. Había reaccionado. No con un ataque frontal, sino con un estrangulamiento silencioso. Estaba sellando las salidas, convirtiendo el reino en una jaula para su aliado. —¿Pueden esquivarlos? —preguntó, su voz apenas un suspiro. —Quizás —respondió Bao, pero no había certeza en su tono—. Liang es un fantasma en los bosques. Pero un fantasma no puede cruzar un puesto de control sin dejar rastro. El riesgo… se ha multiplicado. Liling asintió, el sabor de la sopa que aún no había probado le pareció repentinamente a ceniza. Había enviado a un hombre a una misión peligrosa, y ahora su escape se volvía casi imposible. La responsabilidad le quemaba la garganta. —Hay más —añadió Bao, bajando aún más la voz, como si las paredes mismas pudieran tener oídos—. En mis últimos dos viajes al mercado bajo… he tenido una sombra. Las palabras cayeran en la habitación como piedras. Liling la miró fijamente. —¿Una sombra? —Alguien que es muy, muy bueno en no ser visto —explicó Bao, sus dedos jugueteando con el borde de su manga—. No es un matón de la madrastra. Ellos son más… toscos. Esta persona es profesional. Delgada, silenciosa. Como un suspiro en un pasillo lleno de gente. La sentí ayer, y hoy, al regresar, la misma presencia, unos pasos más cerca. El instinto de Liling, agudizado por el miedo y el remordimiento, gritó una advertencia. No era la madrastra. Era alguien más. Alguien del palacio. ¿El Consejero Feng? ¿O…? No podía terminar el pensamiento. No quería. —No sales más —ordenó, y su voz tuvo el tono de mando que había usado con los generales de su padre—. De aquí en adelante, no te muevas de los aposentos reales sin una escolta. Y no de la guardia común. Pide una escolta a mi padre, el Emperador. Di que hay… rumores de secuestros de sirvientes de alta cuna. Es una mentira que protegerá la verdad. Bao abrió la boca para protestar —su trabajo requería movilidad, discreción—, pero la mirada de Liling la detuvo. Era una mirada de puro terror disfrazado de determinación. Bao comprendió. No era solo precaución; era el reconocimiento de que se habían convertido en el objetivo central de alguien con recursos y paciencia. —Sí, Alteza —asintió, tragándose sus objeciones. Fue en ese momento de silencio cargado cuando un leve raspado, casi imperceptible, se escuchó en la puerta. Algo se deslizó por debajo. Bao se movió con la velocidad de un gato, recogiendo el pequeño rollo de papel antes de que Liling pudiera parpadear. No tenía sello. No tenía dirección. Solo un rectángulo de papel barato, arrugado en los bordes. Bao lo desenrolló y sus ojos, al leer el mensaje, se ensancharon por una fracción de segundo antes de que el muro de serenidad volviera a caer. Se lo tendió a Liling. La caligrafía era tosca, apresurada, deliberadamente anónima. Pero el mensaje era una daga de hielo: "Un pájaro cantor en una jaula de oro hace un regalo silencioso para el zorro libre. Pregúntate, Princesa, qué vale más: el canto o las plumas?" Liling leyó las palabras una, dos veces. El aire le faltó. No era una amenaza velada; era una declaración de guerra psicológica. La madrastra no solo sabía que Liang (el zorro) era suyo. Sabía que lo habían ayudado (el regalo). Y estaba ofreciendo un intercambio perverso: la vida de Liang (las plumas del pájaro) por… ¿qué? ¿Su silencio? ¿Su retirada? ¿La cabeza de Bao (el canto)? —Es una trampa —susurró Bao, sus ojos oscuros brillando con ira fría—. No se puede negociar con una víbora. Solo te morderá. —Lo sé —respondió Liling, su voz temblorosa. Con manos que apenas sentía, llevó el papel a la llama de la lámpara de aceite. Lo observó consumirse, reduciéndose a cenizas negras y retorcidas que caían al platillo—. No negociaremos. Pero tampoco podemos abandonar a Liang a su suerte. Se levantó, tambaleándose levemente, y caminó hacia la ventana. Afuera, el jardín era una postal de paz fingida. En su mente, veía los bosques de Xue-Yu, a un hombre solo, acorralado por cazadores que ella había puesto en su camino. Su mirada cayó sobre la bolsa de terciopelo que contenía el sello de cuarzo. Su magia. Su sacrificio. Era para proteger tierras, pozos, la esencia de un reino. No servía para espionaje, para rescates, para juegos de sombras. Se sentía inútil. La princesa con un poder prohibido, atrapada en una jaula de protocolo y desconfianza, incapaz de salvar a los que arriesgaban todo por ella. Una idea desesperada, tan peligrosa que casi la hizo desmayarse, cruzó su mente: contarle todo a Zhen-He. Todo. La conspiración, la investigación, la magia, el sello. Arrojarse a su merced con la verdad completa. Pero el recuerdo del mensaje de sangre —del que aún no sabía— se interpuso como un muro. ¿Y si él ya había decidido creer lo peor? ¿Si su verdad llegaba demasiado tarde? No. No podía arriesgarse. No todavía. Se volvió hacia Bao, el agotamiento en sus ojos reemplazado por una resolución férrea y desesperada. —Preparémonos —dijo—. Para lo que venga. Vigila cada sombra, Bao. Y si la que te sigue da un paso más… olvida la discreción. Gríta. Gríta mi nombre. Haré que todo el palacio se entere. Era un plan débil. Era un acto de fe. Pero era todo lo que tenía. Mientras Bao asentía, Liling apretó la bolsa con el sello contra su pecho, sintiendo su pulso tenue y constante, como el latido de un corazón de piedra que se negaba a dejar de creer en la redención, incluso cuando las paredes de la jaula dorada empezaban a cerrarse.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD