Capítulo 8. La Sombra de la Traición (Parte 1).

1087 Words
La luz de una sola lámpara de aceite luchaba contra la oscuridad prematura que se colaba por la ventana del estudio de Zhen-He. Sobre el escritorio de madera oscura, dos objetos yacían uno junto al otro, formando un contraste absurdo y exasperante. A la izquierda, un pergamino abierto. El informe del capitán de la guardia, con la caligrafía tensa y militar describiendo el ataque fallido al Santuario de los Cerezos. Y en el centro de la descripción, una frase copiada con minuciosa repulsión: "La traidora guía nuestra mano." Las palabras parecían sangrar tinta negra sobre el papel amarillento. A la derecha, la piedra blanca. Lisa, fría, muda. Inerte. El objeto más simple del mundo, y sin embargo, desde que la había recogido del centro de su propia cicatriz, se había vuelto un peso imposible de ignorar. Zhen-He no estaba sentado. Permanecía de pie frente al escritorio, los brazos cruzados, los músculos de la mandíbula apretados en un rictus de concentración feroz. Era la postura de un general frente a un mapa de batalla ambiguo, donde las líneas enemigas y aliadas se confundían. "La traidora guía nuestra mano." La frase era un dardo envenenado, lanzado con puntería perfecta para clavar en el punto más débil de su armadura: la memoria viva de la traición de Liling. La parte de él que era pura cicatriz, pura desconfianza, gritaba que era cierta. Que toda esta farsa de redención, de piedras blancas y advertencias oportunas, era una tela elaborada por una tejedora de mentiras excepcional. Pero luego estaba la lógica. La lógica fría, desapasionada, que había sido su única brújula en los años de exilio y lucha. Punto lógico uno: Su madrastra, la Viuda Kang, era una maestra de la manipulación. Enmarcar a Liling era justo el tipo de jugada retorcida que ella adoraría. Sembrar discordia, dividir a sus enemigos potenciales. Punto lógico dos: La advertencia de Liling. "Refuerza los lugares que solo importan para ti." Ella no había dicho "santuario", no había dicho "magia". Pero la insinuación había sido tan precisa, tan oportuna… ¿Cómo lo supo? ¿Fue una predicción astuta de la estrategia de su madrastra? ¿O fue porque ella era parte de esa estrategia, y la advertencia era una cortina de humo? Punto lógico tres: El mensaje era demasiado obvio. Demasiado perfecto. Un verdadero conspirador no dejaría una firma tan explícita. Punto lógico cuatro (el más perturbador): La piedra. El agotamiento de ella. La mirada de asombro vulnerable en el claro. Esos elementos no encajaban en la imagen del maestro manipulador. Encajaban en… ¿en qué? ¿En una mujer desesperada haciendo algo que la consumía? —Jin —dijo en voz baja, sin volverse. Como si hubiera estado esperando en el umbral entre la luz y la sombra —y probablemente lo había estado—, su espía se materializó a su espalda. Jin nunca hacía ruido. Era como si el aire se condensara para formar su figura delgada y anodina. —Mi señor —murmuró Jin. —¿La princesa? —No ha tenido contacto con forasteros identificables. Sus movimientos son los de una reclusa, salvo sus paseos al jardín. Pero su sombra… la dama Bao. Esa es otra historia. Zhen-He giró lentamente, encontrando los ojos quietos y atentos de Jin. —Cuéntame. —Se mueve como un pez en aguas turbias, mi señor. Usa los canales de los sirvientes, los mercados bajos. Mueve sumas discretas de oro. Recibe y envía mensajes a través de palomeros y vendedores ambulantes. Es… profesional. Demasiado profesional para una simple dama de compañía. —Jin hizo una pausa—. Y la princesa, anoche… Su debilidad no era común. Parecía haber sido drenada. No por enfermedad, sino por… esfuerzo. Un esfuerzo extremo. Drenada. La palabra resonó. Zhen-He había visto magos agotarse tras grandes conjuros. Había sentido esa fatiga él mismo. ¿Qué podría estar haciendo Liling que la dejara así? ¿Comunicándose a distancia con mercenarios? ¿Realizando un ritual para…? No. Eso era la desconfianza hablando. La lógica pedía otra explicación. Miró de nuevo el mensaje de sangre y la piedra blanca. Dos verdades enfrentadas. Una, gritada en rojo para que todos la vieran. Otra, ofrecida en silencio, en un claro vacío, donde solo él podría encontrarla. No podía juzgar con lo que tenía. Necesitaba la fuente. No la princesa, cuya verdad podría estar envenenada por la culpa o el ardid. Necesitaba la fuente de la sombra. —Encuentra a la dama Bao —ordenó, y su voz recuperó la frialdad de un mando—. Tráela a mí. Que nadie, nadie, lo sepa. Ni la princesa. Quiero hablar con la raíz de la enredadera, no con la flor. Jin inclinó la cabeza. —¿Y si se resiste? —No se resistirá —dijo Zhen-He, con certeza—. Es demasiado inteligente. Y si lo hace… asegúrate de que sea un accidente. Un tropiezo en unas escaleras, una confusión en la cocina. Su desaparición debe parecer obra de los mismos peligros que ella parece perseguir. Era una orden brutal. Pero necesitaba respuestas, y Bao era la llave. Si era leal a Liling, hablaría para protegerla. Si era una agente doble, se delataría. De cualquier forma, él ganaría conocimiento. —También, contacta a Lao Chen en los puertos del sur —añadió, un segundo plan formándose—. Dile que investigue a los 'Romperrunas'. Necesito un nombre, un contrato, un vínculo con la Viuda Kang. Pruebas. Algo que no sea un mensaje pintado con sangre. —Se hará —afirmó Jin, y comenzó a retroceder hacia las sombras. —Jin —lo llamó Zhen-He una vez más. El espía se detuvo—. Vigílala… a la princesa también. De lejos. Si mi madrastra mueve ficha contra ella… infórmame. No dijo "protégela". Dijo "infórmame". Era una distinción crucial para su paz mental. Era una medida de precaución estratégica, nada más. Cuando se quedó solo, Zhen-He tomó la piedra blanca. La cerró en su puño hasta que los nudillos blanquearon. La frialdad de la roca se le metió en los huesos. ¿Estoy protegiendo a un aliado oculto… o acorralando a una enemiga brillante? La pregunta no tenía respuesta. Solo el silencio de la piedra y el eco ensangrentado de la acusación en el pergamino. Pero por primera vez desde que todo comenzó, sentía que las piezas, por fin, empezaban a moverse hacia un tablero donde él podría ver el juego completo. Y para bien o para mal, estaba decidido a jugarlo hasta el final.
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