Al día siguiente, Liling se levantó antes que el sol. Las cocinas del palacio estaban sumidas en un silencio acechante, roto solo por el crepitar del carbón al rojo vivo. Alejó a las sirvientas con un gesto. Sus manos, habituadas al peso leve de los abanicos de seda, se volvieron torpes ante la simplicidad de una tetera. Midió las hojas de té verde de la cosecha de las colinas del este —las que él prefería— y dejó que el agua hirviente cantara su propio arrullo. Un salpicón le quemó los dedos; aceptó el dolor como una penitencia menor. En la taza de celadón, sencilla y viril, que eligió para él, cada movimiento fue una oración muda. Era la primera cosa verdadera, despojada de todo título, que le ofrecía desde su matrimonio.
El camino hacia sus aposentos le pareció interminable. El corazón le martillaba el pecho con un ritmo de guerra. Al cruzar el umbral de su estudio, lo encontró sumergido en pergaminos, su perfil un bajorrelieve de concentración impasible.
Sin permitirse dudar, se arrodilló en el suelo de madera pulida. La humedad caliente de la taza le empañó las palmas.
—Zhen-He… —logró decir, y su voz sonó extraña en la quietud—. He venido a escuchar. A escuchar el daño que te he ocasionado.
Él ni siquiera alzó la vista. —Ponlo en la mesa —ordenó, sin inflexión.
—Lo preparé yo. Es el verde de las colinas del este, el que…
—¿Comprobaste su sabor con un catador, Princesa?
La interrumpió. Su voz era plana, como el filo de una espada sin brillo. Por fin alzó la mirada, y en sus ojos no había ira, sino algo peor: una evaluación clínica, como quien examina un arma encontrada en su propia cámara. —O acaso, ¿la traición esta vez viene sin intermediarios?
El mundo se desvaneció para Liling. El vapor del té, que antes le había parecido el aliento de su esperanza, se transformó en el humo acre de su propia hoguera. Él no solo rechazaba su disculpa; estaba reconstruyendo, ladrillo a ladrillo, la celda de desconfianza en la que ella lo había encerrado.
Un instinto feroz, nacido de la desesperación más pura, se apoderó de ella. Antes de que el pensamiento cristalizara, llevó la taza a sus propios labios y bebió. Un sorbo largo, ardiente, que le abrasó la lengua y le cerró la garganta en un espasmo de dolor. No apartó los ojos de los suyos mientras vaciaba la taza hasta la última gota amarga. La dejó sobre la mesa con un clic seco y definitivo.
—Ahora lo sé —dijo, y su voz temblaba, no por el llanto, sino por el rescoldo de una verdad incendiaria—. El veneno no estaba en la taza, Zhen-He. Estaba en la princesa que te la hubiera negado. Esa mujer murió anoche. Lo que queda…
—hizo una pausa, buscando aire en la habitación que de pronto parecía no tener— es solo este vacío. Y un deseo de llenarlo con la verdad, aunque pique como hiel.
La comprensión, fría y cortante como el filo de esa misma verdad, le heló las venas. Se levantó, las rodillas traicionándola con su debilidad, y dio media vuelta. No había más que decir. Su gesto había sido diseccionado y hallado culpable antes de nacer. Cualquier otra palabra sería solo ruido contra un muro de hielo.
Quizá aún no es el momento, pensó, mientras la distancia entre su espalda y su mirada se hacía insalvable. Pero no, por eso, me rendiré.
El camino de regreso a sus aposentos lo hizo con la cabeza alta y el sabor a derrota y té quemado en la boca. No era el fin. Era el primer y brutal mapa del territorio que tendría que conquistar: la incredulidad absoluta de él.
Bao la esperaba en la alcoba, su rostro una página en blanco dispuesta a leerse. La ansiedad en sus ojos se disipó al verla entrar entera, aunque hecha añicos por dentro.
—Bao —dijo Liling, y su voz había recuperado una extraña firmeza, la de quien ha tocado fondo y ha encontro piedra—. Necesito que me hagas un favor.
—Sí, Princesa. Lo que ordene.
—Investiga. Quiero saber dónde se esconden su madrastra y su hermano. Y qué traman ahora que su primer plan fracasó. —No era una petición. Era la primera orden de su nueva guerra privada.
Bao asintió, una chispa de aprobación brillando en su mirada. La princesa que había salido de la habitación no era la misma que había entrado. Esta, con los labios quemados y el orgullo astillado, por fin estaba lista
para luchar con las armas correctas.