—La madrastra y el hermano de sangre de su esposo —confirmó Bao, viendo cómo el conocimiento encajaba en la mente de Liling como una llave en una cerradura oxidada....
—No quieren derrocarlo con espadas —dijo Liling, su voz bajando a un tono peligroso—. Quieren envenenar su tierra. Envenenar los pozos de Xue-Yu. Hacer que las cosechas se marchiten y los niños enfermen… para que el pueblo mire a su nuevo rey y vea no a un salvador, sino a un augurio de mala suerte. Para que lo repudien...
La memoria, entonces, la golpeó con la fuerza de un puño. No fue solo el recuerdo vago del plan, sino la entonación precisa, la mirada glaseada de la madrastra cuando le había dicho, tomándole las manos con falsa dulzura: "Si usted lo lleva, será sencillo hacer que no vuelva. Usted podrá buscar al hombre que en verdad ama y gobernar en paz. Y nosotros… estaremos felices de ayudarle." La palabra "felices" había tenido un dejo triunfal, de festín anticipado. No era felicidad por ayudarla a ella. Era la alegría del chacal que huele la carroña de un león.
—¡Malditos! —la palabra escapó de los labios de Liling como un escupitajo—. No solo querían usarme para matarlo. Querían su reino. Querían que Xue-Yu quedara sin amo, vulnerable… para que ellos, con sus títulos de sangre y su veneno, pudieran recogerlo. Su plan no falló conmigo… solo se pospuso.
Se volvió de espaldas a Bao, su silueta recortada contra la ventana que daba a los jardines. Sus hombros se tensaron, no con desesperación, sino con una ira fría y dirigida. La misma ira que la había llevado a la traición, pero ahora, purificada por el remordimiento y enfocada en el enemigo correcto.
Cuando habló de nuevo, su voz era clara, metálica, la de una estratega.
—Un espía te vio —afirmó, no preguntó.
—Sí, Alteza. Y me temo que supo que yo también observaba.
—Entonces el tiempo se nos acorta. Ya saben que alguien del palacio husmea. —Liling giró sobre sus talones. En sus ojos ya no había rastro de la mujer que había suplicado con una taza de té. Había algo nuevo, más duro, más peligroso. La princesa que había despertado.— Bao, la información que me has traído no es solo una advertencia. Es un arma.
Se acercó a su escritorio y pasó la mano sobre los pergaminos de Xue-Yu.
—¿Qué debo hacer con ella? —preguntó Bao, aunque ya intuía la respuesta.
Liling esbozó una sonrisa que no llegaba a sus ojos. —Vas a hacer dos cosas. Primero, no vamos a alertar a Zhen-He. No aún.
Bao contuvo una exhalación de sorpresa.
—Él no confiaría en la fuente —explicó Liling, con amarga lucidez—. Pensaría que es otro ardid mío. No, nosotros vamos a usar esta información para anticiparnos. Localiza, a través de tus canales, exactamente a qué pozos o fuentes de agua cerca de las aldeas principales de Xue-Yu podría llegarse con disimulo. No los protejas. Vigílalos. Y segundo… —Hizo una pausa, su mirada fija en un punto lejano, en el mapa invisible de su venganza redentora—. Averigua qué necesita la Piedra Luna para ser activada. Todo ritual tiene un componente, un catalizador. Si encontramos eso, podemos no solo prevenir el ataque… podemos tenderles una trampa a ellos.
Bao inclinó la cabeza. La orden era audaz, casi temeraria. Pero por primera vez en mucho tiempo, sentía que servía a una señora que no solo quería sobrevivir, sino ganar.
—Se hará, Su Alteza —dijo, y en su voz había un eco del mismo hierro frío—. Vigilaré los pozos y desentrañaré el ritual. La sombra de la madrastra no será más larga que la nuestra.
La orden fue dada, Bao se deslizó fuera de la alcoba como una sombra útil, dejando a Liling en un silencio repentino que zumbaba con planes y peligros. La energía febril de la revelación se disipó, dejando en su lugar el peso frío de la responsabilidad. Había trazado una estrategia, sí, pero ahora las piezas del tablero—los pozos, el mineral, el ritual, el espía—bailaban ante sus ojos en un caos amenazante.
Necesitaba orden. Necesitaba aire.Dejando los pergaminos de Xue-Yu—que ahora parecían mapas de un territorio asediado—, salió de sus aposentos y se dirigió al Jardín de la Meditación Nocturna. Era un rincón pequeño y algo olvidado del palacio, donde los pinos retorcidos y un estanque de aguas oscuras invitaban más a la introspección que al esparcimiento. El aire fresco de la tarde, cargado con el aroma a tierra húmeda y ciprés, le limpió un poco la mente.
Respiró hondo, intentando aquietar el pulso acelerado que le recordaba cada palabra de Bao. Primero, vigilar. Después, entender. Finalmente, actuar. Se repetía la secuencia como un mantra. No podía fallar. Este no era solo su camino a la redención; era la primera línea de defensa del reino que, por su culpa, estaba en la mira de las serpientes.
Fue entonces cuando el sonido la atrajo. Un zumbido bajo y rítmico, como el de un enjambre distante, seguido de un chasquido seco que cortaba el aire. Sonidos que no pertenecían al jardín.
Guiada por una curiosidad más fuerte que la prudencia, Liling se desvió por un sendero de guijarros que bordeaba un alto seto de bambú. El sonido crecía, vibrante, cargado de una energía que le erizaba la piel. Al asomarse por una rendija en el follaje, contuvo el aliento.
En un claro circular pavimentado con losas grises, Zhen-He entrenaba.
No era la esgrima elegante de los cortesanos, ni los ejercicios marciales de los guardias. Esto era otra cosa. Era magia en estado puro, cruda y disciplinada. Su cuerpo se movía con una gracia fluida y poderosa, como un danzarín que también fuera tormenta. En sus manos desnudas, runas de luz dorada y plateada nacían, giraban y se estrellaban contra dianas de piedra colocadas alrededor, reduciéndolas a polvo con una precisión milimétrica.
Liling lo había visto usar magia antes, en la batalla, envuelto en el caos y el peligro. Pero esto era distinto. Esto era íntimo. Era la esencia de su poder, practicada con la dedicación de un monje y la intensidad de un guerrero. Cada movimiento, cada runa, hablaba de años de estudio en la sombra, de un dominio conquistado a pulso, lejos de los privilegios que su linaje le había negado.
Una ola de emociones la inundó, tan compleja que por un momento no pudo distinguirlas. Asombro ante la belleza brutal de su arte. Respeto por la disciplina que exhibía. Y una tristeza afilada que le caló hasta los huesos: ella había conspirado para matar esto. No solo a un hombre, sino a la manifestación viviente de tanto esfuerzo, tanta excelencia callada.
Él giró, lanzando una secuencia de tres runas que trazaron un arco en el aire antes de impactar. Por un instante, su perfil quedó iluminado por su propia luz mágica. Sudor le brillaba en la sien, la concentración había tallado líneas severas en su rostro. No había dolor en él, ni amargura en ese momento. Solo había potencia focalizada. Era, quizás, la versión más verdadera de sí mismo.
Liling no se movió. No quiso interrumpir. Solo observó, con el corazón apretado en el pecho, mientras una nueva capa de entendimiento se depositaba sobre su propósito.
No bastaba con desbaratar los planes de la madrastra. No bastaba con ser una aliada útil. Para ganarse el derecho a estar a su lado, tendría que aprender a valorar esto. A respetar el mago tanto como al rey, al guerrero tanto como al esposo.
Zhen-He acabó la secuencia con un gesto final que disipó la energía residual en el aire con un suspiro de luz. Se quedó quieto, respirando con profundidad, su espalda erguida hacia ella. Liling supo que era su señal para irse.
Se retiró del seto en silencio, el zumbido de las runas aún resonando en sus oídos, la imagen del hombre bañado en su propio poder grabada a fuego en su memoria. El miedo y la urgencia no habían desaparecido, pero ahora se mezclaban con algo más: una claridad feroz.
El camino era más largo y empinado de lo que había imaginado. Pero por primera vez, al vislumbrar la verdadera altura de la montaña, no sintió ganas de retroceder.
Sintió ganas de escalar.