Capítulo 7. El Eco de la Piedra (Parte 1).

1095 Words
La primera luz del alba no traía paz a los aposentos de Zhen-He. Traía una piedra. No era una piedra cualquiera. Era un guijarro liso, blanco y frío, extraído del lecho de un arroyo de jardín. Completamente ordinaria. Y, sin embargo, desde que la había recogido del centro de la cicatriz carbonizada en su claro de entrenamiento, parecía haber absorbido todo el peso de la noche anterior, convirtiéndose en un objeto denso, incongruente, imposible de ignorar. Zhen-He no estaba en su escritorio. Estaba de pie junto a la ventana abierta, la piedra girando lentamente entre el índice y el pulgar de su mano derecha. El movimiento era mecánico, un tic para concentrar una mente que no quería dispersarse. ¿Por qué? La pregunta era un eco en el silencio de su habitación, golpeando con la misma persistencia con que su pulgar rozaba la superficie lisa. ¿Por qué había movido la piedra? La había visto la noche anterior, después de que ella se fuera. Un punto blanco e impertinente al borde de su fracaso, de su rabia solidificada en la losa. Había pensado en patearla lejos, en reducirla a polvo con un hechizo menor. En cambio, se había agachado, la había recogido. Había sentido su frialdad inerte, su forma perfectamente inútil. Y luego, casi sin pensar, la había colocado justo en el centro de la quemadura. Porque ese era el lugar exacto donde había fallado, donde la emoción le había ganado a la técnica. Y si algo iba a ocupar ese vacío, que fuera algo tan silencioso y fuera de lugar como su propia confusión. Pero luego ella había vuelto. Y no había vuelto como la princesa Liling. Había vuelto como un espectro. Palidez de cera, ojos hundidos y vidriosos, una mano aferrada al bambú como si fuera lo único que la mantenía en pie. Zhen-He, oculto en las sombras, la había observado. Su primera reacción había sido desconfianza: otro ardid, otra representación para manipularlo. Pero entonces la había visto buscar la piedra. Y la expresión en su rostro al encontrarla en el centro de la cicatriz… no había sido triunfo. Había sido algo cercano al asombro, seguido de una vulnerabilidad tan profunda y genuina que le había hecho daño a la vista. Ese agotamiento no era fingido. Algo la estaba consumiendo. "¿Te sientes mal?" Su propia pregunta le resonaba ahora, estúpida e inadecuada. No le importaba si se sentía mal. Le importaba por qué. Porque un factor desconocido en su ecuación ya de por sí complicada era una amenaza. Porque si alguien en el palacio estaba enfermando a la princesa —por veneno, por magia negra, por presión—, eso podía usarse en su contra. O podía ser una señal de que ella estaba metida en algo más profundo y peligroso de lo que él sabía. Dejó de girar la piedra y la cerró en su puño. Su frío se volvió un dolor sordo en su palma. "Jin," dijo en voz baja, sin volverse. De la esquina más oscura de la habitación, donde la luz del amanecer aún no llegaba, una figura se desprendió de las sombras. Era un hombre de complexión delgada, rostro común y ropas de sirviente anodinas. Solo sus ojos, quietos y atentos como los de un halcón, delataban su verdadera naturaleza. Era Jin, su espía personal, su oído dentro de los muros de Mo-Yu desde antes de que fuera rey. —Mi señor —murmuró Jin. —La princesa Liling —dijo Zhen-He, todavía mirando por la ventana, hacia los tejados del palacio donde ella dormiría—. Algo le sucede. No es la culpa común. Es físico. Quiero saber qué ha hecho, a quién ha visto, qué ha consumido en los últimos tres días. Todo. Pero sobre todo, quiero saber quién de sus cercanos —esa dama de compañía, Bao— se mueve por lugares donde no debería, o habla con gente que no debería. Discretamente. —¿Busco una amenaza contra ella, o de ella? —preguntó Jin, su voz neutra. Zhen-He dudó. Esa era la pregunta central, ¿no? —Busco la verdad —respondió al fin—. Si alguien la está usando, o si ella está construyendo algo… quiero saberlo primero. Jin asintió y empezó a retroceder hacia las sombras, pero Zhen-He lo detuvo con un gesto. —Y Jin… si descubres que está en peligro real, físico… —Hizo una pausa, la piedra presionando su piel—. Me informas de inmediato. No intervengas, pero me informas. —Entendido. El espía se desvaneció como el humo. Zhen-He soltó un suspiro largo y tenso. Había dado una orden que iba en contra de todo instinto de supervivencia. ¿Por qué? Porque una princesa muerta en su palacio sería un desastre político. Sólo por eso, se dijo. No porque la imagen de ella, frágil y asombrada bajo la luna, le hubiera removido algo antiguo y enterrado. Un golpe suave en la puerta lo sacó de sus pensamientos. Era un mensajero de sus propios hombres, de Xue-Yu. El rostro del hombre estaba sudoroso, sucio del camino forzado. —Mi Rey —dijo, arrodillándose—. Un mensaje urgente del capitán en Liang-Shui. Anoche, hombres armados intentaron contaminar el pozo principal. Fueron repelidos. Capturamos a uno antes de que pudiera morder una cápsula de veneno. Bajo… persuasión… confesó. Dijo que servía a la Viuda Kang. La Viuda Kang. Su madrastra. El nombre cayó en la habitación como un bloque de hielo. El ataque era esperado, en cierto modo. Era su estilo. Pero entonces la mente de Zhen-He, entrenada para ver patrones y conexiones, hizo un clic seco y terrible. La princesa, hace apenas dos días, en el desayuno: "Los patrones de plaga no son naturales. Siguen el río Lang." La princesa, anoche, agotada, vulnerable. Y ahora, este ataque confirmado, justo donde ella había señalado. Demasiadas coincidencias. O Liling tenía una red de información excelente… o estaba mucho más involucrada de lo que aparentaba. ¿Había sido su advertencia una genuina muestra de lealtad… o una forma astuta de cubrirse las espaldas, de dirigir su atención mientras ella o sus aliados movían otras piezas? Apretó la piedra blanca con tanta fuerza que sintió que podría pulverizarla. La confusión era una niebla espesa, pero en su centro ardían dos certezas: la guerra con su madrastra había comenzado en serio. Y la princesa Liling, voluntaria o no, estaba en el ojo del huracán. Y él, Rey de Xue-Yu, tendría que averiguar de qué lado estaba el viento antes de que la tormenta los arrastrara a todos.
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