En otra parte de la finca, se encuentra Antonio, Ana María y el Peter, un tanto extrañados, los tres escucharon los dos disparos que hizo el “malo”.
—¿Qué carajo fueron esos disparos?—pregunta Antonio.
—¡Ha dejado de sonar la música!—agrega Ana María, pero en ese preciso instante se vuelve a escuchar el potente y armonioso canto de Silvestre Dangong.
⸺¡Mejor dejo que sea Ernesto quien los ajusticie⸺ dice Antonio y le ordena a sus prisioneros, seguir caminando. Pero se vuelve a detener, esta vez por un tarugo que se le ha colocado en la garganta. También siente el paladar muy seco―. Que amarga siento la boca, siento ganas de vomitar―carraspea pero sigue andando. Pero las náuseas no lo dejan continuar. Siente que todo a su alrededor gira.
⸺¿Qué le pasa señor?⸺le pregunta extrañada Ana María. Pero el mexicano no responde y sigue conduciéndolos hasta la fiesta— ¡Usted no luce bien…está muy pálido!— e intenta acercársele.
—¡No…no, no se acerque por fa…vor!—tartamudea el extranjero. Baja su arma y trastabillando, intenta llegar hasta el centro de la fiesta. Empieza a botar espuma por la boca.
Ana María y Peter se detiene por un momento.
—¿Qué hacemos?—pregunta Peter. Mira a su amante y al mexicano.
—Dejarlo que se vaya solo. No creo que llegue muy lejos. Ese hombre fue envenenado.
—¡Pero lleva mi arma! —mira a la mujer un tanto confundido— ¿Has dicho envenenado?—Ana María asiente con la cabeza— ¿Pero…por quién o por qué?
—No sé…hay que ir inventando una buena mentira.
—Lo que hay que hacer es, prepararse…aquí se va a formar una balacera.
Ana María lo mira bastante intrigada—¿Tú crees?
—No tengo ninguna duda. Ahora que sus hombres lo vean así…
—¿Qué hacemos?—pregunta muy nerviosa la esposa del capo de capos y a su vez interrumpiendo a su amante.
Antonio, con mucho esfuerzo logra llegar cerca de la fiesta― ¡Me ahogo!—es lo único que logra pronunciar y cae desplomado en el suelo.
El “guanche” súper alarmado y confuso, de inmediato corre para ver que le ocurre a su jefe. Los otros guardas espaldas desenfundan sus armas, y se torna un panorama un tanto peligroso, los nervios y la tensión se toman el lugar.
—¡Cuántos manes armados!—piensa Tanya que está a unos metros de donde se lleva a cabo la fiesta.
Muy confundida, ve que hay un gran tumulto de gente por un lado, y otros hombres con armas en sus manos, por otro, y la música vuelve a dejar de sonar—¿Qué estará pasando…?—piensa en voz alta e intenta mirar desde la distancia que está, sin dejar de avanzar cautelosamente. Algunos de los guardias la observan atónitos por su belleza.
Pero pronto sus preguntas iban a tener respuesta.
―¡Bajen las armas! ¡Solo mis hombres y yo podemos portar armas en mi casa! ¡Bájenlas! ―grita muy cabreado el capo de capos.
―¡Antonio no te mueras por favor!―grita angustiado el jefe de seguridad del capo mexicano. Mira a Ernesto Malo―. ¡Si mi jefe se muere la vas a pagar bien caro, cabrón!
―¡Oye, oye gonorrea… tú a mí no me vienes a amenazar en mi propia casa! —responde Ernesto Malo muy molesto. Se le acerca al “guanche”—. Te voy a perdonar la vida por respeto a tu jefe. Y son dos las que te dejo pasar. Porque claramente dije que nadie debía portar armas en mi fiesta, y tus hombres…veo que cada uno tiene una— baja su arma y se tranquiliza un poco—. ¡Yo no tengo nada que ver con lo que le ha pasado a tu jefe!
De pronto es interrumpido por tres de sus hombres, ellos habían capturado a alias “papá pitufo” y alias el “pato”, intentando huir de la finca.
―¿Y quiénes son estos?―pregunta Ernesto Malo sin dejar de mirar a los prisioneros.
—¡No somos nadie…jefe!—se atreve a hablar el pequeño hombre.
—¡Primero, no soy tu jefe! ¡Segundo, no te estoy hablando a ti!—le responde enfadado Ernesto Malo, quien tiene que hacer un esfuerzo para poder mirar al hombre a los ojos, por su corta estatura.
—¡Son hombres del “tuto”, patrón!—esta vez responde uno de los que ayudó a capturar a los infiltrados.
—¿¡Qué!?― se oye retumbar la voz del duro del cartel de Medellín. Se le acerca a “pato” y lo abofetea―. ¿Qué hacen estas pecuecas en mi casa? ¿Cómo entraron?
⸺ Cómo entraron no sabemos… pero sí a qué vinieron⸺ responde “cara e piña”.
―¡Diga, hable¡―interrumpió alias “guanche”.
―¡Oye! Aquí quien pregunta soy yo—le dice el “malo” al mexicano. Después mira a su hombre de confianza—. Habla.
―Estos hombres vinieron a sabotear su fiesta, patrón. Este enano envenenó la comida.
Todos los invitados hacen gestos de querer vomitar.
―¡Solo los tacos, jefes!―responde “papá pitufo”.
―¡Cállate enano! No soy tu jefe⸺y Ernesto Malo deja de hablarle a “papá pitufo” y dirige su mirada para todos los lados, mientras pronuncia un nombre―. ¿Alfredo, Alfredo?
El tal Alfredo, que seguía comiendo, responde con la boca llena. Es un hombre muy gordo y de mediana estatura. Algunos invitados se apartan dejando ver al solicitado. Se levanta de su sitio con dificultad, debido a su estado físico. Camina hasta Ernesto Malo, mientras se limpia la boca con la manga de su camisa.
― ¡Deja de comer, cerdo! No ves que este enano—señala al hombrecito…—… envenenó la comida.
― ¡Solo los tacos, jefe!―vuelve a interrumpir “papá pitufo” nuevamente.
―No soy tu jefe, cállate―Ernesto Malo le da una colleja. Después vuelve a dirigirse a Alfredo―.Tú, que eres el médico, atiende a Antonio. Mira ver que tiene…
El doctor hace un gran esfuerzo grande para poder llegar al suelo, debido al gran volumen de su cuerpo. Lo primero que hace tomarle los signos vitales. Le toma la muñeca y comprueba si tiene pulsaciones. También palpa la carótida de ambos lados del cuello. Rasga la camisa del capo mexicano, para dejar libre el pecho. Como puede coloca su oído en la parte de izquierda del moribundo. Todo esto bajo la atenta mirada de cada una de las personas que se encuentra en el lugar. Le tiende su mano a uno de los hombres de Ernesto Malo para que lo ayude a ponerse de pies nuevamente. Al ver que el pobre hombre no puede con él, le grita— ¡Si es una tonelada de coca…fijo que la levantas tú solo!—mira al resto de invitados y les dice—. ¡No se queden hay mirando…ayuden al debilucho éste! —se acercan otros tres hombres más y lo ayudan a levantarse del suelo.
Se arregla un poco la ropa y se sacude el pantalón. La gente, un poco intranquilos, quieren sacarle el diagnóstico de una vez.
—¡Di, pues! ¿Cuál es tu veredicto? Nos tiene a todos en suspenso—lo apresura Ernesto Malo.
Tanya no sabe qué hacer, pues tiene pensado hacer unas fotos, sabe que serían un buen material para sus propósitos. Suda frío, sabe que, si lo hace y su tío la descubre, estará en graves problemas. Mira una y otra vez al fiambre, a su tío, y al “guanche”. También se acuerda de su hermano. Esto último, la llena de coraje. Como puede, saca su celular y con mucho cuidado, se pone a firmar.
― ¡Este hombre está fiambre jefe!—dice el médico y mira a Ernesto Malo directo a los ojos, después al “guanche”—. Parece que murió por envenenamiento.
⸺¡¡¡Nooo!!!―grita angustiado el “guanche”.
Ernesto Malo también se inclina hasta el muerto, porque algo ha llamado su atención.
⸺¿Por qué venía con dos pistolas en sus manos?⸺y toma una en concreto⸺. ¡Ésta es conocida!—y repara el arma varias veces—. Sí, ésta es marca de la casa. ¿Pero de quién es?— irgue su cuerpo y con el arma en las manos, llama a su jefe de seguridad. Del sitio se vuelve a apoderar el hermetismo. ⸺¿“Cara e piña”?.
⸺¿Dígame jefe?⸺responde de inmediato su jefe de seguridad.
⸺¿Esta no es una de nuestras armas?⸺y extiende la pistola para que el hombre la vea.
Vuelve el silencio al lugar, mientras alias “cara e piña” observaba el arma. En el mismo sitio, a escasos tres metros, se encuentra el dueño de la pistola, que por cierto, está que revienta por los nervios. Suda frío sin saber qué hacer. Por un instante piensa en la posibilidad de escapar. Pero mira a su alrededor y sabe que sería casi imposible. Después mira a su amante, pero ella está un tanto tranquila, observando a su marido.
⸺¡Esa es mi arma señor!⸺dice Peter y sale de entre la gente⸺. Puedo explicarlo todo…
Entonces es cuando los nervios se apoderan de Ana María, igual que un mar de interrogativos. Sabe que donde su amante meta la pata, estará en un grave aprieto. Pero el ser calculadora y fría, la mantiene firme.
⸺ ¡Habla pues! ¿Qué hacía tu arma en manos de Antonio?⸺y Ernesto Malo mira fijamente a su empleado.
⸺Yo me encontraba custodiando a su esposa, como me corresponde. La señora se dirigió hacia los establos, no sé a qué…no era de mi incumbencia. Como la vi muy triste, vi prudente alejarme a pocos metros de ella, porque pensé que quería estar sola.
—¿Cómo no?—piensa Jairo Manuel en voz baja, mientras Peter se apresura a seguir contando su mentira.
—Solo me descuidé un poco. Después de unos minutos escuché que la señora gritó. De inmediato saqué mi arma y me dirigí hacía donde salían los gritos. Cuando llegué al lugar, el mexicano estaba intentando violar a su mujer.
⸺¡¿Qué?!⸺interrumpió Ernesto Malo a su empleado.
⸺ ¡Eso es mentira!— esta vez interrumpe el “guache” a Ernesto.
⸺¡Eso es verda!⸺ interviene Ana María.
Todos dirigen su mirada hacía donde se encuentra la mujer.
—¡La que faltaba!—vuelve a pensar en voz baja Jairo Manuel.
Ana María llega junto a su marido y sigue con el relato inventado por su cómplice.
⸺Al ver que tú no me parabas bolas⸺Ernesto Malo se incomoda un poco⸺. Me fui hasta los establos para hablar con los caballos, que sí me escuchan. Cuando vi que ese señor⸺Ana María muestra al muerto⸺.Estaba maltratando a uno de tus caballos. Yo le pregunté, qué por qué hacía eso, y sin mediar palabra, se me echó encima para violarme. Por suerte estaba este héroe y me salvó—Ana María mira a su amante muy sonriente.
⸺ ¿Cómo no?⸺piensa en voz baja Tanya, sin dejar de firmar con su celular⸺. Quién sabe qué porquería estaría haciendo con Peter⸺vuelve a cavilar.
Entonces su tío interrumpe su pensar.
⸺¿Y por qué te quitó el arma?⸺pregunta Ernesto Malo a Peter.
El guarda espalda de Ana María vuelve a tomar la palabra.
⸺Cuando yo lo detuve y le apuntaba con mi arma, escuché un ruido detrás de mí. Me giré para ver qué era. Pero el muy desgraciado sacó su arma, no sé de dónde… tomó como rehén a la doña, y me hizo que le entregara mi pistola, sino mataba a la doña. Pero de pronto empezó a sentir que se ahogaba, me imagino que sería por el efecto del veneno, y salió hacía acá.
⸺¡Bien hecho!⸺dice Ernesto Malo y le devuelve su arma a Peter⸺. ¡”Cara e piña” te dije que nadie debía cargar arma!