— ¿Qué? — Sofía arrugó el entrecejo, confundida.
— Señor… — La asistente se asomó desde atrás de Mateo, aún nerviosa. — No creo que sea buena idea, si me da tiempo yo podría buscar…
— ¿Qué no es buena idea? ¡JA! — Mateo soltó una risotada irónica que calló a la mujer. — Mi familia quiere manipularme, ellos piensan que todavía mandan en mí, pero yo les voy a demostrar que no me interesan sus opiniones, ni lo que digan…
— ¿Qué? — Repitió Sofía, exhalando despacio, aun Mateo la sostenía.
— El asunto es este… — Mateo volvió a mirar a Sofía con una intensidad que le robaba el aliento. — Mi novia me dejó por infiel… — Sofía lo miró horrorizada. — Si, lo sé, esa es mi debilidad…
Mateo se encogió de hombros como si nada y siguió hablando.
— Mi familia me recrimina por eso, porque dejé ir a la novia perfecta, una futura esposa digna que represente a mi familia y me tienen jodidamente harto con eso… Les voy a demostrar que no me interesa su opinión, ni que aprueben mi vida… Tú me vas acompañas a la cena familiar como mi pareja, cómo mi novia… Una novia diferente, una novia que rompa todos los moldes…
Mateo apretó ligeramente la mano de Sofía y acercó su rostro un poco más, poniéndola más nerviosa al sentir su aliento en el rostro de ella.
— Eso sí… Lo tienes que tener muy claro desde el principio que ellos te van a destruir, te van a criticar, no ocultaran su desagrado, para mi familia todo tiene que ser perfecto y tú… — Mateo deslizó su mirada por Sofía, provocando que ella se estremeciera. — No llevas su estándar de perfección… Pero aun así… — Esbozó de nuevo esa pequeña y sensual sonrisa ladeada llena de maldad. — Para mí eres… Mi perfecta suplente imperfecta.
El corazón de Sofía dio un salto, pero ella no sabía si era de rabia e indignación por todo lo que ese hombre le acababa de decir o por la cercanía.
Todo lo que Mateo le decía era frío, calculado y cruel, parecía como un juego oscuro de burla para él, mientras que para Sofía, significaba su dignidad.
Las miradas de ambos se mantuvieron por un instante, Mateo esperando respuesta, Sofía pensando lo más rápido que su mente podía procesar.
¿Aceptaba? ¿Estaba dispuesta a ir a un lugar de ricos solo para que seguramente la humillaran?
Pero… Eran seis mil dólares que necesitaba.
Si se tragaba su orgullo por una sola noche, se ganaría seis mil dólares que resolvería mucho de su vida.
— ¿Entonces? — Soltó Mateo finalmente, ya perdiendo la paciencia. — ¿Aceptas?
Sofía tragó grueso, inspiró profundo para agarrar valor y levantó el rostro.
— Acepto…
Mateo sonrió inmediatamente, complacido y la soltó lentamente para erguirse y acomodarse el traje con esa soberbia de hombre que hace lo que le da la gana.
Sofía finalmente sacó el pie de la puerta del elevador, que se cerró detrás de ella, y se plantó frente a él, con toda la seguridad con la que podía actuar.
Nadie le podría decir que era mala actriz si podía actuar en ese momento, con el pánico que ya tenía.
— Acepto, pero con condiciones… — Volvió a hablar Sofía y de inmediato, Mateo se tensó, arrugando el entrecejo, confundido.
— ¿Condiciones? — Mateo elevó una ceja, con escepticismo. — ¿Qué condiciones?
Sofía se cruzó de brazos.
— Primero, quiero por lo menos la mitad de mi pago por adelantado, si hay una cancelación de último minuto, no quiero quedarme sin un centavo por la irresponsabilidad de los demás, sin reembolsos…
— ¿Irresponsabilidad? — Mateo la miró aún más confundido.
— Eres infiel, eso no es ser un hombre muy responsable o confiable que digamos… — Soltó Sofía sin tapujos, dejando a Mateo estático. — Segundo, no me puedes tocar sin permiso…
— Se supone que actuaras como mi novia, ¿Cómo carajos crees que…? — Empezó a gruñir Mateo cuando Sofía lo interrumpió deliberadamente.
— Me tomarás de la mano, me puedes sostener de la cintura, me puedes susurrar para simular, acercar tu rostro, un beso en la mejilla, incluso un pequeño beso en los labios, pero no te propasarás más que eso…
— ¿Qué? — Mateo la fulminó con la mirada.
¿Quién se creía esa mujer? Él era el hombre más deseado del país y ella le prohibía que la tocara, cualquier mujer mataría por estar en su lugar.
— Tranquilo, no necesitamos hacer una película porno para darles una señal y no quiero sentir que estoy con un pervertido… — Soltó Sofía y ella pudo ver como Mateo apretó la mandíbula. — La tercera y última condición es que jamás, en ninguna circunstancia, ni frente a tus amigos, ni frente a alguien de tu confianza, le digas a nadie que soy una actriz.
— ¿Por qué lo haría? Te estoy contratando para actuar y que nadie lo sepa… — Soltó Mateo con ironía.
— El ser humano es complejo, en algún momento de debilidad…
— Yo no tengo ninguna debilidad… — Replicó Mateo con arrogancia.
— Aprovéchalo mientras puedas… — Sofía levantó el rostro todavía más, con altanería. — ¿Entonces? ¿Aceptas?
Mateo se quedó por un momento en silencio, en parte sorprendido y en parte descolocado, no lo esperaba, no esperaba que está mujer le hablara así y mucho menos que le pusiera condiciones.
Nadie le ponía condiciones a él.
Eso era ridículo.
Pero, por otro lado…
— Me gusta como piensas, tienes coraje… — Soltó Mateo volviendo a esbozar esa sonrisa ladeada llena de maldad. — Bien, acepto… Solo porque creo que esto puede volverse muy divertido… Mi familia va a enloquecer.
— ¿Qué? — Sofía exhaló perdiendo el aliento.
¿Él acababa de decirle que le gustaba como pensaba ella? Si supiera que todo fue actuado y que por dentro Sofía sentía que se iba a desmayar, él no diría lo mismo.
— Haré que mi asistente redacte ahora mismo el contrato, ni yo entrego dinero sin un respaldo, ni tú actúas sin el tuyo, me parece justo…
— Bi… Bien… — Sofía asintió, sintiendo por un momento que casi perdía esa seguridad que había estado simulando.
La secretaria salió casi corriendo al instante hacia su computadora para empezar a redactar el documento, mientras tanto, Mateo sacaba su cartera de uno de los bolsillos interiores de su costoso y perfecto saco.
Y sacó una tarjeta negra, una de esas que Sofía solo había visto en las películas y que siempre pensó que no existía en la vida real, que era un mito inventado por Hollywood para hacer sentir a los mortales más insignificantes.
— La ropa, los accesorios, peluquería, uñas y maquillaje, todo corre por mi cuenta. — Mateo estiró la tarjeta hacia ella.
Sofía dudó, ¿Esto era cierto?
— Tómala, compra todo lo que necesites, solo te pido que estés perfecta… No te midas con el gasto, siempre que el resultado sea impresionante… — Concluyó Mateo con seguridad.
Mateo movió la tarjeta frente a Sofía, como una bambalina, hasta que ella reaccionó, olvidó las dudas por un momento y la tomó.
— El evento será en dos días… — Mateo la miró de arriba abajo una vez más.
— ¡¿Qué?! ¡¿En solo dos días?!
Él detalló el vestido algo envejecido, las puntas del cabello abiertas, las uñas con el esmalte roído y un maquillaje que no le favorecía por completo, por un momento, Sofía se sintió desnuda frente a la mirada de él.
— Así es, dos días… — Confirmó Mateo. — Así que lo mejor es que empieces a prepararte de inmediato… No tolero las irresponsabilidades, y me cobró bien caro la falta de reembolso.
Mateo miró a Sofía una vez más con esa mirada fría y amenazante, haciéndola estremecer.
Cuando se lo proponía, daba más miedo.
Al salir de esa oficina, finalmente Sofía pudo soltar todo el aire que retenía en los pulmones para llenarse fe valor y volver a respirar con más tranquilidad, tenía el contrato en la mano, la mitad del dinero en la cuenta y una tarjeta negra para invertir en ella misma.
Y tenía dos días.
Definitivamente, esto era un milagro.
Pero en el fondo, muy en el fondo, a Sofía le daba algo de miedo qué tan caro tendría que pagar este milagro si algo salía mal.