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Soy la Razón de tu Divorcio

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Blurb

Victoria llevaba meses intentando salvar un matrimonio que su marido ya había abandonado. Cuando descubre que él no solo le es infiel, sino que está convencido de que ella jamás será capaz de vivir sin él, decide demostrarle —y demostrarse— lo contrario y le pide el divorcio.

El problema comienza cuando, para librarse de la insistencia de su futuro exesposo, termina inventando que existe otro hombre… y su intimidante jefe decide ocupar el puesto.

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Capítulo 1 — El princeso
—Míralo, ahí va el jefe… Es tan atractivo… —suspiró Nancy en el comedor con una cara de soñadora—. Lástima que sea un coño. —Soy casada —replicó Victoria, comiendo como si nada. —Casada pero no ciega, mi ciela —insistió Nancy—. Solo míralo, es un papucho tan hermoso. Victoria levantó levemente la mirada. Ahí iba él, su jefe, Gael Montoya, alto, con su espalda recta, caminando con esa seguridad mientras todos los empleados se abrían a su paso como una marea. Sí, era increíblemente intimidante, pero hermoso. Y justamente en ese momento en el que Victoria levantó la mirada por un segundo, él volteó, la miró directamente a los ojos y arrugó el entrecejo. Victoria bajó la mirada rápidamente. ¿La había descubierto mirándolo? ¡Ay, no, qué vergüenza! Y para colmo, pareció haberle molestado que ella lo estuviera mirando. —¿Hoy vas a trabajar hasta tarde de nuevo? —Nancy interrumpió los pensamientos de Victoria sin haberse dado cuenta de lo que había pasado. —No, hoy es el cumpleaños de Fabián y pienso darle una sorpresa. —¿Están mejor? Victoria se quedó pensativa. ¿Estaban mejor? Bueno, por lo menos peor no podían estar. Cada vez más distantes, cada vez más discusiones y, sobre todo, cada vez más falta de interés. Pero eso iba a pasar. Victoria estaba segura de que iba a pasar. Solo era una etapa, como en cualquier matrimonio. Y ese día empezaría el cambio, porque ella pensaba sorprender a Fabián, hablar con él y arreglar las cosas. —Estamos… trabajando en eso. —Señora Salas —una gruesa voz interrumpió la conversación. Victoria levantó la vista y, justamente cuando se acababa de meter un bocado en la boca, ahí estaba él, Gael Montoya. —¡Cof, cof, cof! Victoria casi se atragantó mientras Gael esperaba a su lado. —¿Está bien? —preguntó Gael con su usual entrecejo arrugado cuando ella ya se tomaba un vaso con agua desesperada. —Cof, sí, cof, sí, señor… —Victoria intentó recuperar la compostura—. ¿En qué le puedo ayudar? —El informe de Henderson. —Se lo envié hace veinte minutos. —Bien. Gael asintió solemne y se fue, dejando a Victoria confundida. —¿Para eso vino hasta acá? —preguntó Nancy, tan confundida como Victoria. —Así… parece —asintió Victoria, mirando a Gael alejarse. —Es raro. … Victoria cargaba una pequeña caja con un pastel y una bolsa que cuidaba como si tuviera oro dentro. Bueno, considerando cuánto le había costado el condenado reloj, prácticamente lo tenía. Era un Rolex de edición limitada que Fabián había deseado durante años. Victoria todavía recordaba cuando eran jóvenes y él le dijo que algún día sería un hombre importante, tendría un reloj como ese y le daría a ella la vida de princesa que merecía. Un sueño que parecía haberse perdido en los años de matrimonio, pero que Victoria creía firmemente que podrían recuperar. Victoria llegó más temprano a su apartamento ese día y entró procurando no hacer ruido para no arruinar la sorpresa. Entonces escuchó música y arrugó el entrecejo, confundida. También había risas, varias voces masculinas y el inconfundible sonido de una fiesta. Bueno… Quizás Fabián estaba celebrando su cumpleaños con sus amigos. No debería ser extraño. Victoria avanzó como si nada, dispuesta a sorprender a Fabián, cuando escuchó unas palabras que la paralizaron. —La sigo queriendo, pero ya no es lo mismo. La voz era inconfundible, era la de Fabián. Victoria se quedó sin aliento y se escondió tras una pared para seguir escuchando. —¿Por qué? —preguntó alguien. —Porque se descuidó. Se la pasa metida en el trabajo, llega cansada, ya ni se arregla como antes… —Fabián soltó un suspiro—. Siento que dejé de ser su prioridad… Y ha engordado muchísimo. Victoria bajó lentamente la mirada hacia sí misma. Llevaba ropa sencilla, zapatos cómodos, ojeras y el cabello recogido en un moño desordenado. Había trabajado durante todo el condenado día, adelantando reuniones y corriendo por toda la empresa para regresar temprano con él. ¿Y eso era lo que Fabián veía cuando la miraba? —Entonces déjala —dijo alguien más. —¿Dejarla? ¿Para qué? —Fabián rió. —Bueno, con todas las mujeres con las que te metes, pensé que quizás ya tenías otra. Victoria levantó lentamente el rostro. ¿Todas? —¿Otra? —Fabián sonaba genuinamente divertido—. ¿Por qué tendría que conformarme con una? Las carcajadas de los amigos llenaron la sala. —Esas mujeres son diversión, nada más. Victoria es mi esposa. —Hasta que se entere. —¿Y qué va a hacer? ¿Dejarme? ¿Y qué haría después sin mí? Victoria frunció ligeramente el entrecejo. —Victoria construyó toda su vida alrededor de nuestro matrimonio, la casa, nuestros planes, todo, como lo debe hacer una buena mujer que ama a su hombre… Mientras escuchaba a Fabián, Victoria sentía que algo dentro de ella se apretaba. —Victoria jamás me dejaría. Ella me ama y depende mucho de mí… Me necesita demasiado. Fabián tomó un trago de su copa, completamente seguro. Victoria apretó la bolsa hasta que el papel crujió entre sus dedos. Lo peor era que comprendía por qué Fabián estaba tan seguro. Ella había hecho todo por él. Cuando Fabián perdió su empleo, Victoria lo sostuvo durante casi un año. Dejó de gastar en ella, ahorró, atendió la casa, preparaba su comida, le planchaba su ropa. Todo porque creía que ambos estaban construyendo una vida juntos. Pero, sin darse cuenta, ¿Victoria había terminado construyendo únicamente la vida de él? Porque mientras ella trabajaba para cumplir sus sueños juntos, aparentemente Fabián se acostaba con otras mujeres. —Pendejo —gruñó Victoria indignada y, dejándose guiar por la rabia, entró en ese salón. Todas las miradas de esos hombres se dirigieron a ella y los ojos de Fabián se abrieron como dos platos. —Victoria… —Fabián se levantó del sillón, pálido. Victoria se plantó frente a él, dejó la caja y la bolsa sobre la mesa de centro, tomó una bebida recién servida y se la lanzó en la cara. Todos contuvieron el aliento, sorprendidos, quizás porque Victoria solía ser una mujer tranquila, una que siempre pensaba antes de actuar. Pero esa noche no. Esa noche algo dentro de ella se quebró. —Victoria… ¿Qué…? ¿Qué haces? Yo no… —¡No intentes cubrir lo que hiciste, pendejo! ¡Escuché todo! —gritó Victoria furiosa. Luego miró alrededor. Todos los amigos de Fabián estaban ahí y la miraban con pena ajena. Victoria sintió el nudo que le quemaba la garganta y, si había algo que ella detestaba en el mundo, era hacer un show. Así que no iba a llorar ahí. ¡No! Ya ella había hecho suficiente. Ahora lo que Victoria quería era recuperar su dignidad. Tomó de nuevo su caja con el pastel, la bolsa con el regalo y salió dando un portazo al tiempo que escuchaba los gritos de Fabián llamándola a su espalda. … Esa noche se quedó en un hotel. Con las piernas aún temblando, Victoria entró en la habitación, cerró la puerta y, sola y en silencio, lloró. Lloró por todo lo que acababa de descubrir. Por las infidelidades. Por las horribles palabras de Fabián. Pero, sobre todo, lloró porque finalmente comprendía que llevaba demasiado tiempo intentando salvar sola un matrimonio que él ya había abandonado. Después de un rato levantó el rostro y encontró su reflejo en un espejo. Sí, había engordado un poco. Sí, estaba agotada. Sí, ya no se arreglaba como antes. ¿En qué momento se había olvidado de ella misma? Había estado demasiado ocupada construyendo una vida para un hombre que ahora sabía que no valía nada. Victoria miró el pastel, luego el Rolex y recordó nuevamente aquella promesa de Fabián. Algún día él sería un hombre importante y le daría la vida de princesa que ella merecía. Al final, la princesa había terminado comprándole el Rolex al princeso. Perfecto. Victoria se limpió las últimas lágrimas del rostro. Ya no pensaba seguir llorando por un idiota que no valía la pena. Aún no sabía cómo sería su vida después del divorcio, dónde viviría ni cuánto tardaría en volver a sentirse bien. Pero sí sabía una cosa. Nunca más volvería a ser la mujer que se dejaba a sí misma en segundo lugar. Había dejado atrás sus sueños por su matrimonio. Ahora iba a reconstruirlos. Iba a luchar. Iba a llegar tan alto como pudiera. Y le demostraría a Fabián lo que había perdido. Él tendría que tragarse cada una de las palabras que acababa de decir sobre ella. Victoria tomó el teléfono, buscó el número de una abogada y escribió: «Necesito iniciar un divorcio. Quiero verla mañana.» Releyó el mensaje y luego presionó enviar. Fabián estaba convencido de que ella jamás podría dejarlo, que dependía de él, que lo necesitaba demasiado. Victoria miró nuevamente su reflejo. —¿Tan seguro estás de que jamás te dejaría? —susurró—. Te vas a quedar corto, porque te voy a demostrar hasta dónde soy capaz de llegar.

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