PRÓLOGO: EL PROTOCOLO DEL DESEO
En el silencio aséptico del Instituto Vitreum, la humanidad no es un derecho, sino un error de diseño que debe ser corregido con sangre y acero.
Bajo la luz fluorescente que parpadea con una regularidad tortuosa, la evolución ha dejado de ser un proceso natural para convertirse en un castigo ejecutado con precisión quirúrgica.
Aquí, entre paredes de cristal reforzado que contienen gritos nunca escuchados, la Dra. Alistair Kostova reina con una frialdad que rivaliza con el gélido metal de sus instrumentos. Para ella, el mundo siempre se ha dividido en variables, resultados y la búsqueda obsesiva de una perfección que la mayoría considera un mito.
Hasta que el Sujeto Cero abrió los ojos.
Él no es simplemente un hombre; es la culminación de un protocolo oscuro que desafía las leyes de Dios y de la ética. Es un espécimen diseñado para trascender la fragilidad de la carne, un monumento a la fuerza bruta y a la belleza letal. Sin embargo, lo que late bajo su piel reescrita, bajo esos músculos que parecen esculpidos en granito y tensión, no es solo la ferocidad de un depredador.
Es una inteligencia hambrienta, una conciencia que no se limita a observar, sino que parece diseccionar la mente de Alistair con la misma crueldad con la que ella estudia cada centímetro de su anatomía sobrehumana.
La tensión entre ambos no nace de la empatía, esa debilidad humana que Alistair desprecia, sino de una seducción prohibida y eléctrica que surge en los márgenes de la tortura clínica.
Cada examen médico, cada toma de muestras, se ha transformado en un campo de batalla psicológico donde el aire se vuelve denso, casi irrespirable.
El simple contacto de un guante de látex sobre la piel febril del Sujeto Cero no es un procedimiento estándar; es una declaración de guerra silenciosa.
Ella busca el control absoluto a través del bisturí; él busca el dominio total a través de una mirada que promete incendiar el mundo de hielo de su creadora.
Alistair se dice a sí misma que los latidos erráticos de su corazón son solo una respuesta fisiológica al estrés del experimento. Se miente mientras observa, a través del monitor de alta definición, cómo la caja torácica de él sube y baja con una cadencia hipnótica. Pero las grietas en su armadura son cada vez más profundas.
Al rastrear los archivos encriptados del Instituto en la soledad de la madrugada, la doctora descubre que el misterio del Sujeto Cero es, en realidad, un espejo n***o que refleja sus propios vacíos de memoria.
Hay sombras en su pasado que coinciden con las cicatrices en la espalda de él; hay fechas en los registros que sugieren que su encuentro no fue una casualidad de laboratorio, sino un destino pactado mucho antes de que ella vistiera la bata blanca.
En este juego de poder, la línea entre la científico y el monstruo se desvanece con cada dosis de suero administrada. El despertar de la bestia es inminente, y con él, una verdad que amenaza con demoler los cimientos del Vitreum.
Él la llama sin hablar, la tienta a cruzar el cristal, a tocar la piel prohibida sin la protección del látex, a sentir el calor de un espécimen que fue creado para ser un arma, pero que parece haber sido diseñado para ser su perdición.
Alistair Kostova se enfrenta ahora a la encrucijada más peligrosa de su carrera y de su vida. Deberá decidir si completa la ejecución de la conciencia de su espécimen, borrando al hombre para dejar solo a la máquina, o si sucumbe a la anomalía más letal de todas: un deseo oscuro, una obsesión que late entre los dos como una corriente de alto voltaje.
La perfección tiene un precio que se mide en cordura.
Y en el Instituto Vitreum, el primer paso para perderla es atreverse a mirar a la bestia a los ojos y descubrir que, en el fondo de sus pupilas dilatadas, lo que brilla no es solo odio... es la promesa de una posesión absoluta.
El Sujeto Cero no quiere su libertad; quiere a su doctora. Y ella, aunque todavía no se atreva a confesarlo, está dispuesta a todo por descubrir qué se oculta realmente bajo la piel de su creación.