No me mira. O tal vez lo hace, pero no me alcanza. —Creía que eras mejor que esto —añado, más bajo—. Veo que me equivoqué. No intenta disculparse. Tampoco espera instrucciones. Solo extiende las manos y señala la cuerda. —Junta las muñecas —ordena. No me muevo. —¿Crees que voy a fiarme de ti otra vez? —pregunta, la voz baja, sin aspereza, pero cargada de intención. —Supongo que ahora estamos en paz —respondo, bajando los brazos con lentitud—. Ninguno de los dos puede confiar en el otro. No replica. Solo se acerca y comienza a rodear mis muñecas con la cuerda. —Aún tengo que levantarme la falda y así no podré. Le da igual. Me ata sin miramientos. El nudo es firme, el gesto mecánico. No hay ira. Solo distancia. —Te lo digo en serio —insisto, mientras tira de la cuerda para asegurar

