Llevamos cuatro carros con nosotros. Caelan me mira con desaprobación mal disimulada cada vez que insisto en cargar uno con leña extra o con sacos de cebada más de los que él cree prudente. Pero no dice nada, porque sabe que en Dùn Fergas los recursos no sobran y mañana puede ser demasiado tarde. A medio camino entre el castillo y la aldea de Glendevon, el viento nos trae un murmullo áspero: relinchos y cascos retumbando contra el suelo. Seis de nuestros hombres se paran en seco. Caelan levanta la mano, ordenando silencio. —¿Lo oyes? —murmura. Asiento despacio. Un presentimiento helado me recorre la nuca. —Alguien cabalga hacia aquí —susurro. —O nos espera. Los hombres rodean los carros. Empuñan ballestas y arcos, pero el camino serpentea entre la maleza y los árboles, demasiado ango

