Mis manos suben por su nuca, se enredan en su pelo, le tiran, le buscan, le piden más. Y él me lo da. Aprieta mi cuerpo contra el suyo y lo siento, entero. La tensión de su pecho. La firmeza de su abdomen. Cuando me muerde el labio, un gemido se me escapa. No era parte del plan. No es elegante. Pero me da igual. Él lo oye. Y su mano sube por mi costado, roza mi piel sobre la clavícula con los nudillos, lentos, como si estuviera comprobando que soy real. Yo tiemblo. No por miedo, sino por eso otro: eso que me aprieta el bajo vientre y me sube por la espalda como un fuego que aún no sabe dónde estallar. —Estás temblando —dice, sin moverse de mi oído. No espera mi respuesta. Solo me besa de nuevo. Esta vez sin tregua. Con lengua. Con deseo. Con todo. Mis caderas se arquean. Le buscan. Mi

