Sus dedos no me sueltan. Siguen acariciándome con suavidad, bajando poco a poco la intensidad, guiándome en la bajada mientras mis músculos siguen temblando alrededor de él. Nos quedamos así unos minutos, unidos por todos los lugares posibles. Sudor contra sudor. Saliva en la comisura de la boca. Jadeos mezclados. Su semilla caliente aún dentro de mí, rebosando apenas cuando se mueve, despacio, como si no quisiera romper nada. No hablamos. Él apoya la frente contra mi clavícula y respira hondo. Yo le paso los dedos por el cabello, sin saber por qué. No hay ternura forzada, solo un gesto nuevo, inesperado, que nace de ese silencio. No sé si esto que acabo de sentir tiene nombre. Solo sé que me ha dejado vacía y llena al mismo tiempo. Rota y completa. Dolorida y viva. Y él, sobre mí

