«Aine» La primera vez que destilé whisky creí que el vapor se enroscaba a la piel de la garganta para susurrarte verdades. Esta noche el alambique canta la misma nota y todavía creo que confiesa cosas que nadie se atreve a decir en voz alta. El silbido del serpentín llena la cueva como un salmo pagano. Gota a gota, el whisky nuevo cae en la jarra de barro. Huele a cebada tostada y a lluvia atrapada dentro de un tonel. Giro la válvula, pruebo la primera lágrima y es fuego crudo, perfecto. Anoto a medias un cálculo sobre la pizarra con el pulgar tiznado. No necesito luz. El fuego del horno basta. Calor constante, como una respiración profunda de la montaña. Entonces oigo el crujido de botas en la pasarela de tablones. No necesito girarme para saber quién es. Las botas de Altair laten co

