La observo un segundo más. Ella levanta la mano, dibuja un gesto rápido y cuatro hombres la siguen como si fuese el mismísimo Laird. Juro por mis muertos que va a vivir para mandar mucho tiempo. Y que, cuando esto acabe, si sigo respirando, le diré que la amo de la única forma que sé: dándole un mundo que no intente cortarle las alas. Señalo a los arqueros de la torre sur. —¡Ustedes, no la perderán de vista! Mantenedla con vida —ladro—. Si le ocurre algo, responderan ante mi… y no Quieren saber cómo. Después vuelvo sobre mis pasos, la espada golpeándome el muslo, con la certeza de que, mientras quede un latido en mi cuerpo, pelearé para que esa mujer —mi mujer— sea libre en su hogar. «AMARA» El primer cuerno rompe la noche justo cuando la escarcha todavía cubre los parapetos. Bajo a

