Alessandro Bruno me había invitado al restaurante de su padre, quería hablar de negocios, nada más. Pero el destino, como siempre, tenía su propio juego. A través de los ventanales, mis ojos se detuvieron en una imagen que me dejó sin aliento. Annette… Sentada frente a Dmitri, riendo. Esa risa que hacía semanas no veía, esa risa que solía ser mía. Y luego… sus manos. Entrelazadas. Como si el mundo se hubiera detenido solo para ellos. Mi pecho se tensó, y la rabia me recorrió como una descarga eléctrica. El golpe final llegó cuando él la tomó del rostro, con una ternura que me resultó insoportable, y la besó. No fue un beso robado ni forzado. Ella… le correspondió. Sentí que todo el aire del lugar se volvía pesado. No escuchaba nada más que el ruido de mi propia respiración. Las luces

