Alessandro Katherine me ayudó a ponerme de pie. El suelo estaba lleno de cristales y botellas vacías; el olor del alcohol impregnaba todo. Sin decir una palabra, empezó a recoger los trozos rotos mientras yo me dejaba caer en el sofá, con la cabeza latiéndome como un tambor. La observé en silencio. Cada movimiento suyo era sereno, cuidadoso, como si temiera romper algo más que el vidrio. Era la misma mujer que había soportado mis silencios, mis arranques, mis huidas. Y aun así… seguía aquí. —Ve a ducharte —murmuró sin mirarme. —Yo prepararé algo de café. Asentí sin fuerzas. El agua fría me golpeó la piel, pero no bastó para borrar el peso en el pecho. Aún podía sentir su mano cálida, su mirada triste. Cuando regresé, ella estaba en la cocina, con una taza entre las manos. —Bébelo —m

