CAPÍTULO 2
Esa noche, Iris no pudo dormir pensando en cómo sería su vida a partir del día siguiente. Sentía miedo de lo desconocido y, si su ahora esposo resultaba ser peor que su madrastra, ¿qué haría?
—Creo que me equivoqué —murmuró Iris, preocupada en su habitación. Pero ya era tarde: el sol había salido y una camioneta negra llegó con el abogado y un chófer para recogerla. El miedo le oprimía el pecho.
—Debí pensar en esto antes. Un matrimonio arreglado benefició mucho a la familia. Lo bueno es que ya no tendré que pagar vigilancia extra y que, gracias a tu esposo, tendremos un negocio millonario. Todos ganamos —dijo Crecida, mirándola con desprecio.
—¿Por qué me odia tanto? ¿Qué le hice? —preguntó Iris, incapaz de comprender cuál había sido su gran pecado.
—Nacer. En el momento en que la zorra de tu madre te dio la vida, arruinaste la mía. Ahora, lárgate. Te espera tu esposo —espetó Crecida, empujándola fuera de la casa sin importar que Iris vestía un vestido viejo y malgastado.
Cuando Iris colocó un pie fuera de aquella casa, que había sido su prisión durante 18 años, sintió una extraña sensación. Caminó con temor y lentitud, abrazándose a sí misma mientras el frío de la mañana calaba sus huesos. Se dirigió, con paso vacilante, hacia la camioneta negra de vidrios oscuros que la esperaba en la entrada.
Antes de subir, miró por última vez la mansión. En una de las ventanas del segundo piso, su hermana menor, Isabel, se despidió con una pequeña mano.
Isabel siempre tenía prohibido acercarse a Iris. Si no obedecía a su madre, era castigada o enviada con sus abuelos, quienes eran muy estrictos. Por eso, Isabel siempre obedeció. Sin embargo, cuando Iris era castigada sin comer durante días, su hermana dejaba comida escondida en las habitaciones para que ella la encontrara al momento de limpiarlas. Iris siempre le agradeció ese gesto, pues sin su ayuda, tal vez no habría sobrevivido tanto tiempo en aquella casa.
—Señora Ivanova, la llevaremos con su esposo —anunció el abogado, abriendo la puerta del auto para una Iris temblorosa, que subió con el miedo y la incertidumbre oprimiendo el pecho.
Una vez dentro, se acurrucó en una esquina. El calor de la calefacción alivió el frío de su cuerpo, pero no el de su alma. Observó por las ventanas con una mezcla de temor y asombro. Era la primera vez que salía de esa casa. Jamás había ido a una escuela, a un parque o a una tienda. Nunca tuvo amigos, excepto los empleados de la mansión. Su vida había estado llena de desprecio, ausencia y soledad.
Antón, desde su casa, la observaba a través de las cámaras instaladas en la camioneta. Miró con fascinación cómo su reina sonreía al ver el mundo exterior, en especial cuando su mirada se posó en unos niños que corrían en un parque.
—Te haré muy feliz, mi hermosa reina —susurró Antón, embelesado con la pureza e inocencia de esa sonrisa.
—Sara, que todo esté listo. Mi reina está a punto de llegar —ordenó, sin despegar los ojos de la pantalla.
—Sí, señor, enseguida —respondió Sara con entusiasmo. Conocía a Iris desde que trabajó en la mansión de los Muller, y había sido ella quien le mostró a Antón la foto de la joven. Ahora, se alegraba de que por fin Iris fuera libre.
La camioneta se detuvo frente a una enorme reja. El chófer informó por radio la llegada de la nueva señora de la casa, y las puertas se abrieron para dar paso al vehículo. Iris contuvo el aliento al observar la inmensidad de los jardines, llenos de plantas verdes y perfectamente cuidadas. A lo lejos, una majestuosa mansión semejante a un castillo se alzaba imponente.
Cuando el auto se detuvo, el abogado descendió y le abrió la puerta.
—Hasta aquí te acompaño. Felicidades por tu boda y espero que seas muy feliz —le dijo con amabilidad, extendiendo la mano.
Iris bajó con cuidado. El frío volvió a envolverla, pero el asombro por la mansión le impidió temblar. Subió las escaleras con pasos inseguros y, antes de entrar, miró al abogado, quien asintió en señal de aprobación.
Inspiró profundamente y abrió la puerta. El calor la recibió, reconfortándola. Dio un paso dentro y cerró tras de sí, sin saber hacia dónde dirigirse.
—¡Bienvenida, señora! Seré yo quien la lleve a su habitación —dijo una voz familiar.
Iris giró y vio a Sara. Su rostro se iluminó.
—¿Sara? ¡Eres tú! No lo puedo creer —exclamó, corriendo a abrazarla.
Sara le devolvió el gesto con calidez. Sabía lo mucho que había sufrido Iris y estaba feliz de verla lejos de aquella casa.
—Sí, soy yo. Te llevaré a tu habitación para que tomes una ducha caliente y, después, nos reunimos con tu esposo —informó con una sonrisa.
La palabra esposo dejó a Iris petrificada.
Su mente se inundó de preguntas: ¿Cómo sería él? ¿La trataría mal? ¿Se decepcionaría al verla y la echaría a la calle? El miedo creció dentro de ella, fruto de los años de maltrato que habían quebrado su autoestima.
Sin embargo, dio un paso adelante, siguiendo a Sara. Y, aunque el miedo seguía allí, también lo hacía una pequeña esperanza de que, quizás, su nueva vida fuera diferente.