Era una indudable lucha de poderes, aquello que Marco y yo llevábamos sobre aquel sofá. Era una danza peligrosa, donde los espíritus de ambos querían liderar, mas no era posible otra cosa que ceder ante los naturales impulsos que gritaban nuestros cuerpos.
—¿Quieres más de esto? —pregunté, a sabiendas de que estaba tentando a mi suerte con aquella clara instigación.
Mi experiencia me dictaba que él iba a asentir; que iba a actuar sumiso y dispuesto a disfrutar de mi completa atención, sin embargo, aquello que sucedió con Marco Novona me tomó de sorpresa, como todo lo que provenía de aquel pintor.
El chico me tomó por la cintura y en un movimiento que fue tan rudo como delicado, me tendió sobre el sofá. Marco tenía poder sobre mi cuerpo y sabía que era superior, incluso si yo me esforzaba por no aparentarlo frente a él.
—Tú sabes que yo quiero más —me susurró el pintor al oído y se apoderó de mis labios en un húmedo beso—. Pero lo tomaré solo si tú me lo pides.
Yo estaba en un tipo de éxtasis incluso más peligroso que el inducido por cualquier droga o alcohol. A esa hora de la madrugada, estaba claro que Marco sería adictivo para mí.
—Haz de mí lo que quieras —le respondí, delineando su mentón con mi pulgar, y por primera vez me descubrí perdida en aquellos ojos verdes suyos.
El pintor rió, más no había nada de malicia a segundas intenciones en aquella sonrisa que brillaba en su rostro y lo dibujó de un color sonrosado.
Incluso si supuse que con mis palabras el chico iba a ir a por todas, Marco también se tomó su tiempo para rebuscar y explotar todas las formas que tenía a su alcance el darme placer.
Él volvió a bajar a besos por mi cuello, y parecía que ya tenía el camino grabado en su mente. Con su lengua, delineó mis clavículas y siguió el paso con sus dedos hasta llegar a mis hombros. Yo estaba arqueada por su toque y un escalofrío se extendía desde mi nuca hasta mis muslos en un peligroso recorrido.
Con una mano se apoderó de mi busto y lo hizo suyo con su boca. De la forma en la que Marco besaba, no era a tientas. Había en él una seguridad que contrastaba con la violencia de sus ganas y la delicadeza de su toque. Depositó pequeños besos en la base de mi busto y dedicó toda su inamovible atención a mis pezones que se erguían duros a la espera de sus caricias. Si yo creía que él no podía superar lo logrado con su lengua en mi sexo, había quedado bien claro que no sabía absolutamente nada de placer cuando aquel hombre se hizo dueño de mis senos. Como me hacía romperme en jadeos era un arte que nunca nadie había logrado antes.
—Marco, no puedo más —imploré yo en una súplica que me tenía hasta con los ojos cerrados—. Te necesito ya —rogué mirando como él sonreía por tenerme diciendo su nombre con un gemido en mis labios.
El pintor se irguió para alcanzar un condón que esperaba dentro de una de las gavetas de la mesita donde estaba la única lámpara de la estancia. Y él se irguió para que yo viera todo de él. Marco era una obra de arte en todos los sentidos. Su cuerpo estaba cubierto por una fina capa de sudor que se mezclaba con su perfume y me hacía recordar cosas que nunca había vivido con él, o con nadie. Los lugares donde la tinta negra de sus tatuajes se hacía más oscura, parecían danzar mientras él abría el envoltorio y colocaba el condón en su glande. Su respiración excitada agitaba su pecho y sus abdominales se tensaban cada vez más, haciendo que a mí me fuera imposible apartar mis ojos de cada centímetro de su figura. Y su sexo... Estaba segura que podía romperme de la primera estocada si era lo que él deseaba. Era tanto para mí que tenía miedo de los lugares a los que me haría llegar si lograba hacerme todo aquello que el juego previo me había prometido.
Aun en aquel punto de la madrugada, todavía me asombraba cada vez que el pintor hacía algo que yo no esperaba. Si bien, suponía que Marco iba a ir a por todo de mí, el chico se contentó con ir despacio y con cuidado de que yo estuviera disfrutando tanto como él lo hacía. Él se apoyó ambas manos a los lados de mi rostro y bañó el sofá con mi cabello. Sonrió al ver mi rostro de sorpresa cuando se dedicó a limpiar las gotas de sudor que bajaban por mis sonrojadas mejillas.
—¿Acaso crees que no estoy cumpliendo con las expectativas? —preguntó luego de darme un beso en la punta de la nariz y degustar mi asombrada mirada.
Fue imposible no responder con una sonrisa, y por el brillo en su mirada, había dejado ver mucho más de lo que yo pretendía.
—Has roto todo lo que conocía —acepté—. Y no creo que tu descuidado tropiezo al romper mi monótona realidad pueda ser corregido alguna vez.
—Me declaro culpable —dijo él rozando mi nariz con la suya y los mechones de su rebelde cabello azabache cayeron sobre mi frente—. Tengo que cumplir mi condena, entonces.
Marco presionó mi centro contra su palpitante glande y ahogué un gemido arqueando mi cuello, gesto que él aprovechó para torturarme incluso más cuando se dispuso a morder con delicadeza mis clavículas.
—¿Cuál es mi condena, Consigliere? —presionó él acercándose a mi entrada, para que yo estuviera a un paso del cielo y del infierno a la vez—. Tengo entendido que uted no es misericordiosa.
Atrapé su cuello entre mis manos y con un simple gesto mío, él volvió a mi boca.
—Tu condena será hacerme el amor todas las noches —afirmé y él asintió con una sonrisa antes de volver a hacer suyos mis labios con un beso tan impregnado de deseo que era incluso peligroso.
Marco se introdujo en mí con una lentitud que era tanto tortuosa como deliciosa. No se abalanzó a probar todo su vigor en mí, a sabiendas que podía destruirme con solo una estocada, sino que se abrió paso en mi interior poco a poco, sin un vaivén destinado a saciar su sed, sino con una prodigiosa lentitud, encaminada a que yo sintiera todo de él y mi interior se ajustara a su delicioso grosor y tamaño.
Si creía que la rapidez de una estocada hasta la empuñadura me hubiera hecho gritar más, estaba muy equivocada. El pintor no se detuvo hasta que todo de él estuvo dentro de mí, e incluso cuando su lento movimiento no hizo más que arrancarme gemidos y ruegos por él, sentir que había llegado al límite de su enorme glande no fue más que el comienzo de una deliciosa tortura.
El vaivén de sus caderas comenzó entonces. Y gemí cuando me dejó vacía otra vez. Y grité cuando se adentró en mí hasta el fondo otra vez. Alcé mis manos y clavé mis uñas en su espalda mientras me arqueaba debajo de él. El pintor no se detuvo ni un segundo en su bendita tarea de hacerme llegar al cielo y al infierno de una vez y continuó embistiéndome con la misma intensidad que lo había hecho antes, aumentando la velocidad hasta que yo creía desfallecer y luego torturándome con un movimiento lento y controlado, que me hacía perder más todos mis sentidos. Mis caderas se descontrolaban y sentí como sus movimientos se sincronizan con los míos. Era irreal el placer que estábamos sintiendo los dos.
Marco llevó sus manos hasta las mías, las aprisionó contra el cojín del sofá, por encima de mi cabeza y me atrapó en un beso tan necesitado de mí que me hizo difícil respirar, cosa que hizo que él solo se excitara más y dejara escapar unos gemidos demasiado provocadores. Por ende, yo estaba extasiada al ver su rostro explotando de placer... un placer que duró toda la noche hasta el amanecer.
El vaivén de sus caderas hacía que fuera demasiado difícil para mí contenerme mucho más y, dejando escapar un gemido, exploté luego de unas embestidas más mientras que mis piernas se aferraban fuertemente a su cintura y mis dedos se entrelazaban con los de él, enterrándose en el sofá.
Al ver como terminaba entre gemidos y llegaba al máximo de un clímax que había sido explotado hasta el límite, Marco sonrió y perdió su rostro entre mi cabello. Sus embestidas fueron rápidas y mis besos sobre su cuello hicieron que el chico ahogara un gemido ronco junto a mi oído a la vez que llegó a su punto de placer y explotó en mi centro con una violencia que había sido todo un espectáculo digno de admirar.
Él se desplomó sobre mí mientras intentaba recuperar el aliento y su fatiga, acompañada de una tierna sonrisa me hizo sentir algo más en mi interior, más allá de cualquier satisfacción de índole s****l. Repasé su rostro con mis manos y lo besé en los labios con una inocencia que lo hizo perderse en lo dulce de mis labios, con los ojos cerrados y las gotas de su sudor cayendo sobre mi cuerpo.
—Esto es un desastre —reí yo sintiendo su espalda con mis manos, y él se incorporó con una expresión sorprendida en su rostro jadeante. Yo sonreí y volví a su boca—. Me has hecho adicta a ti, Marco.
Mis manos volvieron a enredarse entre su delicioso cabello y con un beso apasionado de su parte, todo volvió a comenzar.