Nunca me había gustado dormir acompañada, mucho menos en un lugar que no fuera mi casa, y si encima, me hubieran dicho que sería en un estrecho sofá en un apartamento que estaba en el sótano de un edificio, me habría reído tan descaradamente en la cara de quien hubiera imaginado tal cosa, que un millar de disculpas no serían suficientes. Pero, aun así, sí dormí junto a Marco en aquel sofá en su estudio.
Desperté por el ruido de una sirena que se colaba por la diminuta ventana de aquel estudio que daba hacia la calle. Sobre mi cuerpo sentí la tela de la camisa oscura que Marco había llevado la noche anterior y al verla descubrí que, en ni esfuerzo por dejarlo al desnudo, había roto varios de sus botones. Yo seguía desnuda debajo de la camisa, pero suponía que, en algún momento de la noche, el chico habría sentido que mi cuerpo necesitaba una cobija y optó por utilizar su camisa, o bien, un momento de pudor se apoderó de él al verme desnuda a su lado cuando despertó.
Marco no estaba en el apartamento. La abrumadora soledad me descolocó por un momento y pasé mis ojos por toda la estancia, intentando recordar todo lo que había tenido lugar debajo de aquel techo. Los botones de la camisa de Marco esperaban apilados sobre a la mesita que estaba al lado del sofá. Mi ropa interior y mi vestido estaba junto a mis zapatos, sobre el soporte vacío de un cuadro. No había ningún indicio del pintor en su propia casa y saberme allí, desnuda y vulnerable, me dio un mal sabor de boca. Me apresuré a levantarme del sofá y la debilidad de mis piernas me obligó a tomar asiento otra vez. Había recordado todo lo sucedido durante la madrugada anterior, y era lógico que mi cuerpo estuviera débil, luego de haber alcanzado el placer más veces de las que podía recordar.
Me apresuré a hacerme de mi ropa para vestirme, y entre la tela de mi vestido encontré un post-it naranja con una apresurada escritura.
No te vayas. Fui a buscarnos el desayuno.
Si no había reído hasta el momento, con aquella nota entre mis dedos, mi rostro se iluminó con algo más que puro alivio de estar sola en una casa que no era la mía. Me encontré sonriendo ante el hecho de que aquel chico, aparentemente desconocido para mía hacía cuestión de solo unos días, se sentía por mucho como un lugar seguro para mí.
Ante la seguridad de saber que Marco regresaría, me colé en mi ropa interior, pero opté por quedarme con su camisa por encima. Aún conservaba su olor a busque húmedo y, de alguna bizarra manera que se escapaba por completo de mi entendimiento, se sentía como una segunda piel para mí.
Poco a poco me fui liberando de mis ataduras y caminé por toda la casa. Me dediqué a espiar, por así decirlo, cada uno de sus cuadros. Había bocetos a medio hacer parecidos a aquel que decidió exhibir en la galería de arte; otros de paisajes que parecían ser de Gran Bretaña. Incluso si Marco tenía un acento perfecto, y claramente, sus raíces se remontaban a Italia, la Decana Devi me había dejado saber que el pintor realmente era de Inglaterra y había vivido allá casi toda su vida. Junto a los bocetos, esperaban cosas de lo más inusuales: un manojo de libros de escritores clásicos rusos y alemanes, y una caja de cigarrillos abierta junto a un paquete de caramelos de menta.
—Todavía fumo —escuché la voz del pintor detrás de mí, mientras sacaba uno de los caramelos de su envoltorio y lo metía con prisas en mi boca. Debía tener un mal aliento horrible—. Es un vicio que no he podido dejar del todo, pero los caramelos ayudan —continuó dejando los dos cafés y los bocadillos sobre la mesita de al lado del sofá y arropándome en un abrazo —Y no hueles tan mal como para no poder darte un beso.
¿Qué se había hecho la Alicia Salvatore que no podía siquiera despertar con sus amantes? La que le decía a Corlio que se deshiciera de ellos como si se tratara de algún cuerpo en una escena del crimen.
Marco me hundió en un tierno beso que me transportó de vuelta a la noche anterior y a todas sus pasiones.
—De seguro tienes muchos de los que están a simple vista —le dije, ceñida a su diminuta cintura.
—Y te los diré todos con el tiempo.
—¿Eso es una promesa a una amenaza para hacer que yo te devele los míos, Marco Novona? —pregunté y lo vi sonreír— ¿Por qué ríes?
—Me gusta cómo suena mi nombre en tu boca —respondió dándome otro beso y se dirigió a los cafés que figuraban como nuestro desayuno.
—Y, sin embargo, yo he notado que a ti te cuesta horriblemente decir mi nombre —dije frunciendo mis cejas y ladeando mi cabeza—. Anoche incluso me llamaste Consigliere —hice notar.
Él solo se encogió de hombros y apartó la mirada de mis ojos.
—Alicia no es un nombre que vaya contigo —dijo levantando una ceja y restándole cualquier importancia al asunto.
—Seguro tengo rostro de “Stella —reí comiendo un bocado del sándwich que el chico había llevado para desayunar y escogiendo el latte largo.
—Quizás, de Natalie —rió él y yo rodé los ojos en blanco ante su absurda respuesta.
Mi teléfono vibrando sobre el sofá me hizo caer otra vez a la realidad y salir de mi ensueño momentáneo causado por aquel pintor. En la pantalla del móvil vi el conciso mensaje de il signore Lucio avisándome que tendría lugar una importante junta esa tarde y no podía dejar de asistir.
3:45 PM. LA RESIDENZA
Nada más era necesario para que la inusual alegría matinal que exhibía esa mañana se esfumara de mi rostro y una expresión de consternación se apoderara de mí.
—¿Qué sucede? —preguntó Marco al ver el repentino cambio de mi mirada al leer el mensaje el teléfono.
—Es un asunto de negocios —le dije y vistiéndome con el vestido de la noche anterior, le dije —. Tengo que irme.
—Al menos, termina tu desayuno —presionó él poniéndose de pie y considerando a tientas si debía ayudarme con el zipper trasero del vestido o dejar que yo sola lo hiciera, para ganar un poco de tiempo.
—Ya es tarde —me excusé y le di un beso en la boca a modo de despedida que incluso me tomó desprevenida a mí—. Prometo que te llamaré cuando todo termine.
—Esperaré tu llamada —dijo él y antes de irme, me tomo por el brazo y me sumió en un beso tan apasionado como todos los de la noche anterior.
Si aquello era una promesa, no tenía cómo me había permitido ser tan descuidada cuando se trataba de arco. ¿En qué momento me había convertido en el tipo chica de llama a su casi algo luego de una apasionada noche? Me desconocía totalmente, pero mientras que una parte de mí estaba aterrada por todos los cambios que estaban teniendo lugar desde que aquel pintor se había abierto paso en mi vida, otra parte estaba emocionada de volver a sentir otra vez.
Tal sentimiento se esfumó tan pronto vi el auto de Aleksy Ivankov en el patio de los Piccolomini.