Capítulo 18: Fantasmas del Pasado

1132 Words
Lucio Piccolomini no era un hombre de muchas palabras y ciertamente no era un capo que se dedicara a enviar mensajes de texto a sus trabajadores en vano, así que cuando vi el escueto mensaje suyo en mi teléfono, creí palidecer. Si Marco vio como mi rostro perdió todo color, no dijo nada, más sí pude notar que las dulces fracciones de su cara se endurecieron cuando vieron el remitente del texto. Había despedido a mi chofer la noche anterior. Era evidente que no necesitaría un aventón a mi apartamento esa madrugada por la forma en la que Marco se aferró a mi mano desde que bajé del coche, y en caso de hacerlo, siempre podía llamar a un servicio de taxi. Esa mañana, opté por tomar un taxi afuera de la calzada del pintor y pedirle que me llevara a mi casa. En mi apartamento, tomé un rápido baño y me colé en uno de mis atuendos de negocios. Opté por conducir yo misma hasta la Residenza y así obligarme a mantener mi natural estoica apariencia de todos los días, aunque la realidad era que aún estaba sumida en una especie de burbuja que sabía que estaba destinada a explotar en cualquier momento. La respuesta al incómodo hormigueo que se instaló en mi estómago tan pronto como leí el mensaje de Lucio, la encontré tan pronto llegué a la casa de los Piccolomini. Aleksy estaba en Italia. Aleksy Ivankov era el sobrino mayor de la señora Ekaterina y el encargado de llevar los negocios de la familia Ivankov, ahora que su padre había sucumbido a unas extrañas fiebres que se lo llevaron en cuestión de días. Si alguien sospechó de Aleks, de seguro no tuvo el valor de decírselo a la cara, o ya estaba flotando en algún río, dada la violencia con la que aquel bruto trataba a sus enemigos. Costaba creer que yo hubiera estado prometida en matrimonio a aquel hombre durante tres años, y, sin embargo, era cierto. —Скучать Salvatore —me saludó uno de sus guardaespaldas al verme salir de mi auto. —Здравствуйте, Smirnov —le devolví el saludo en ruso y me adentré en la casa. Si Aleks estaba en Roma, solo significaba que, de alguna forma, él quería llevar los negocios con la familia Piccolomini a otro nivel. Afuera del estudio de Lucio, un par de guardias de Aleks me saludaron en una reverencia y, como si se tratara de un movimiento orquestado, ambos abrieron la puerta del estudio para mí como si se tratara de un m*****o de los caídos zares rusos. En medio de la sala, Lucio y Ekaterina charlaban animadamente con un hombre de estatura colosal y larga cabellera rubia recogida en un moño bajo, que al verme me dedicó una peligrosa sonrisa. Rafael esperaba en la esquina opuesta con tanta tensión en la mandíbula que parecía que se iba a partir los dientes si seguía apretándolos y Lucrezia revisaba un manojo de papeles que parecían tener más formulas químicas que cuentas, con uno de sus contadores al lado. —Ali —me saludó el hombre curvando sus voluminosos labios en una sonrisa casi imperceptible y obligándome a adoptar la misma rigidez que demostraba Rafael. —Aleks —respondí el saludo con un tono reseco y tomé asiento en un extremo de la larga mesa de reuniones que estaba dispuesta en el estudio. —Parece ser que tenemos a toda la familia reunida —sonrió Ekaterina con una malicia brillando en sus ojos azules que al parecer compartían todos los miembros del clan Ivankov—. Podemos ir directo al grano entonces. Todos los presentes tomaron asiento alrededor de la mesa en los puestos que silenciosamente habían sido asignado a lo largo de las juntas. Ekaterina y Lucrezia a ambos lados de Lucio. Rafael junto a su hermana y Aleksy junto a su tía paterna. A una distancia prudencial de ambos, me encontraba yo. El contador de Lucrezia me entregó el manojo de fórmulas que había estado revisando la mujer y le presté toda mi atención al ver que era todo un informe detallado del número de ingresos que había reportado la nueva droga de laboratorio que ella había creado y las expectativas que tenía de convertirla en un producto de consumo internacional. —Supongo que todos tenemos asuntos más placenteros a los que dedicarnos —comenzó Aleks—, por lo que seré breve. Separé mis ojos de los alarmantes números de aquel informe y los enfoqué en los azules orbes del ruso, que dirigía casi que exclusivamente a mí. —La familia Ivankov va a llevar a cabo la compra del grupo farmacéutico británico Royal Grace —anunció haciendo que se me helaran las entrañas por un momento—. Y la familia requiere el apoyo de los Piccolomini con la adición de la droga GB54. Era impensable que una reconocida familia rusa de la mafia fuera a hacerse cargo de forma pública de una empresa farmacéutica británica, pero con unos cuantos billones y las conexiones adecuadas, todo podía lograrse en este mundo corrupto en el que vivíamos. Yo sabía bien que era completamente posible. Si Lucio quería jugar a ser alcalde de Roma, solo tenía que pedirlo y en par de meses se limpiaría tanto su imagen y se sumarían tantos votos a su favor que ni el mismo Papa Francisco sería más digno de tal oficina que él. Ese mundillo funcionaba así, más todos los grandes capos preferían mantenerse en las sombras del anonimato y no anunciar públicamente que eran los dueños de una empresa con cimientos legales. Tales fundaciones requerían impuestos y obligaciones que eran difíciles de evadir, incluso en las manos de los mejores abogados. Era casi impensable siquiera que el señor Lucio pudiera considerar aquella opción, aunque últimamente todo lo que creía saber sobre aquella familia estaba empezando a cambiar drásticamente. —¿En qué necesita el apoyo de la familia, Aleksy? —requirió Rafael con la poca prudencia que lo caracterizaba—. ¿En formar parte de una junta en una empresa que estará en la mira de la OMS tan pronto anuncie su nuevo CEO? ¿O en ir a la cárcel por ti? Ekaterina miró al chico con un desdén tan entrañado que parecía que lo iba a fulminar en ese preciso instante. Después de todo, no era un secreto para nadie que la misma mujer había expresado abiertamente su deseo de tener un hijo como Aleksy y no uno como Rafael. —No planearás vivir del absurdo negocio de las falsificaciones de arte por siempre, Rafael —le espetó su madre sin un ápice de apego. No había ninguna duda. Aquella reunión nos tomaría horas, y estaba completamente segura que no saldría de ahí con ningún acuerdo favorable.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD