Capítulo 19: El Ángel de la Muerte

1496 Words
Ekaterina era una mujer de pocas palabras. La familia Ivankov se caracterizaba por hacer negocios que involucraban armas y grupos contrarios en cualquier conflicto bélico. Su deslealtad era tan arraigada que no creían en otra religión que la de protegerse a ellos mismos a toda costa, y no le tenían devoción a ningún ideal en particular. Poco les importaba venderle armas a grupos paramilitares opositores que querían iniciar una guerrilla de territorios, o meter sus manos enguantadas en un conflicto que involucraba países enteros. Ekaterina fue educada así y acató las responsabilidades que su familia fue inculcando en su crianza con el paso de los años Aleksy, por otro lado, era conocido como El Ángel de la Muerte por otros motivos completamente fuera de un código familiar. Aleksy Ivankov tenía 35 años cumplidos, y ya era el hombre más temido dentro y fuera de Rusia. Su reputación venía de su apellido, pero tan pronto se acordó que Ekaterina, la hija menor del jefe, fuera enviada a Italia para afianzar los lazos con la familia Piccolomini como esposa del joven jefe Lucio, en aquellos momentos, estaba decidido que Aleks iba a ser el natural sucesor de su padre, el heredero de los negocios en aquellos momentos, como cabeza de familia y, por tanto, se le corrompió en todas las formas en las que se pueden romper a un inocente. El problema siempre residió que Aleks, nunca fue muy inocente. Yo debería saberlo. Yo estuve prometida para ser su esposa durante tres años. El Ángel de la Muerte podía aparentar ser eso, un encantador ángel. Desde que lo conocí, acostumbraba a llevar su cabello largo hasta media espalda y recogido en una cola de caballo baja. Era tan rubio que a veces, bajo la luz indicada, parecía blanco. Su piel, pulcra en su totalidad y cubierta solo con los tatuajes que eran muestras de su valor para los ojos de los suyos, pero siempre en lugares que quedaban cubiertos por los trajes oscuros que siempre llevaba. Sus ojos eran azules, como los del resto de su clan, sin embargo, había algo en ellos que brillaba diferente a los de Ekaterina. Era una suerte de advertencia combinada con una invitación. —Quizás, madre —habló Rafael, intentando alzarse por encima de Aleks en un intento de ser notado por los que estaban en aquella habitación—, hay formas menos públicas de hacer el tipo de negocios a los que estamos acostumbrados. —He ahí el problema, primito —nadie detestaba más a Rafael que Aleksy y el detonante principal de aquel desdén era la propia sexualidad del italiano. Lo único bueno era que Rafael sentía tan poco cariño por las manías de su primo que era casi recíproco el odio—. No vamos a hacer los naturales negocios a los que acostumbramos. Al menos, no de forma pública. La risa maliciosa en el rostro del rubio me estremeció en el asiento, pero más escalofrío me dio sus ojos clavados en mí todo el tiempo que hablaba. —Lo que pretendes es que nuestras familias se apoderen de un negocio legítimo y lo convirtamos en un accesorio de la mafia —dijo Lucrezia cruzada de brazos. —Si te pones a pensar, todas las grandes empresas que dominan el mundo actualmente, son eso —se encogió de hombros Aleksy. Mientras el ruso explicaba su nuevo plan maligno para someter el mundo a su voluntad, Lucio Piccolomini revisaba los informes que Lucrezia había pasado de mi mano a la suya. Si algo me preocupaba, no era el interés de Ekaterina en tal negocio; ella siempre apoyaría a Aleks en todo lo que él decidiera. Lo que realmente me tenía en un temblor interno era que Lucio estuviera analizando los informes. Antes de ser cabeza de familia, Los Piccolomini eran los encargados de la contabilidad de la familia Bianchi y Lucio siempre fue un joven prodigio con los números. Tanto así que logró hacerles un desfalco, dejarlos en bancarrota y endeudados con otra familia que terminaron por eliminarlos, y Lucio emergió de ellos con un mini imperio en construcción; impune y con una reputación consolidada. —¿Qué opinas, Alicia? —me preguntó el regordete capo y la pregunta que tanto había desde que Aleksy comenzó a explicar sus intenciones, había llegado. Todos los que esperaban alrededor de la mesa de reuniones, se volvieron hacia mí y parecía que estaban a la expectativa de saber si mi respuesta caería en un lado o en otro de la balanza, inclinando las cosas hasta que Lucio tomara una decisión. Después de todo, Aleksy quería comenzar un negocio contando con un producto desarrollado en su totalidad por los Piccolomini. Luego de un prolongado silencio de mi parte, crucé las manos encima de la mesa y me decidí a hablar. —Si me pregunta si aconsejo a favor o en contra de la proposición de comerciar públicamente con el GB54, —comencé—, tengo que decir que estoy en contra. Aleks estrechó los ojos y me dedicó una sonrisa casi imperceptible, de las que él siempre dejaba escapar cuando descubría un reto en un rival que le decía que no, o en un aliado que le ocultaba algo. Quizás me preocupaba más que conociera mis secretos, a que me tuviera por un rival. —Y yo debo agregar que no me asombra —secundó Rafael—. ¿Qué dirá la opinión pública? Jefe de una importante casa de la Mafia Rusa se hace CEO de Royal Grace Pharma... Nos preguntamos dónde obtuvo su diploma de administración de empresas, economía y finanzas. —En Harvard —respondió cortante Aleksy—. Graduación de 2016 de Harvard Bussiness School. Era cierto. Mientras Rafael había obtenido sus títulos universitarios en Navarra, España, yo había conocido a Aleksy mientras ambos estudiábamos en la reconocida universidad estadounidense. Solo al ver sus tatuajes, una vez que nos escurrimos en un dormitorio, fue que supe que él era m*****o de la familia Ivankov. —Si algo ha hecho bien nuestras familias es legitimar con respaldos en títulos universitarios las posiciones de sus hijos y aliados, ¿no es cierto, Ali? —presionó el rubio sonriendo de verdad aquella vez. —Es un terreno dudoso de cualquier forma, primo —dijo Lucrezia con la cautela que la caracterizaba—. ¿Te desligarás de todos los negocios de tu familia? —Mi familia actuará como actúe yo —dijo con una voz que pareció estremecer la mesa y todos a su alrededor—. Que no se te olvide que yo soy la cabeza de la mafia rusa. —Y, por tanto, si tú sales del juego y vas a lo legal, no podremos controlar los movimientos de los opositores —presionó Lucrezia, que, en su vida pasada, tuvo que haber sido una experta ajedrecista, por la forma en la que jugaba con todos los posibles escenarios dentro de su cabeza. —Salir a la luz no quiere decir que tenga que dejar de planificar mis movimientos en las sombras —alzó una ceja Aleks con un aire altanero—. Se llama compartimentar mi poder, y no centralizarlo. —En cualquier caso —dije yo, y me sorprendí a mí misma interviniendo en un asunto del que sabía que era mejor quedarme afuera e ilesa—, supongamos que la opinión pública no te destruye. —La opinión pública se puede comprar, Ali —me interrumpió el rubio y yo ya estaba comenzando a sentir mi sangre hervir de la rabia cada vez que aquel hombre me llamaba por aquel nombre. —Supongamos eso, Aleksy —continué en un tono cortante—. Solo la producción de un medicamento de prueba con una dosis más baja de todos los químicos para que pase los controles de la farmacovigilancia de la OMS, te tomará años y millones. Aleks volvió a reír y esa vez hizo gala de un encanto que me hizo recordar amargamente por qué me había enamorado alguna vez de aquel hombre. —No pretendo recortar las dosis de nada, mi preciosa Ali —dijo—. Y no debemos preocuparnos por ninguna institución. Tú estarás a mi lado como mi abogada, ¿no es cierto? Si no había palidecido hasta ese momento, fue evidente que en mi rostro se reflejó una sombra de tal envergadura como si se hubiera caído el mundo sobre mis hombros. Conocía a Aleksy Ivankov lo suficiente como para saber que, si él hablaba con tanta seguridad de mi posición, era porque estaba en posesión de un secreto mío que con el que podía negociar mis lealtades. —De cualquier forma —se apresuró a hablar con sobrada calma—, no vine a presionarlos en tomar una decisión apresurada. Mi estadía en Roma es definitiva esta vez, así que pueden considerarlo tanto como quieran. No pienso ir a ningún lado. Era una amenaza. Aleks estaba amenazándome con su llegada a mi ciudad.
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